Pablo Hiriart, director del periódico La razón de México, escribió una columna que me provocó una respuesta. El título fue “Una vieja minoría autoritaria”, que pueden encontrar aquí. La respuesta no fue contestada, aunque sigo esperando que lo haga, ya que varios días después, Hiriart reconsideró su discurso contra la marcha provocada por los estudiantes de la Ibero en su texto “Escuchar a los pacíficos”.

Mi carta fue la siguiente:

Estimado Pablo Hiriart.

 Me he dado un permiso personal (casi espiritual) para escribirte esto. Lo he hecho porque he leído en tu columna “Una vieja minoría autoritaria” varias cosas que me han alarmado. Sé que un comentario por Twitter o un desplante con mis amigos no serviría de nada si no te externo lo que pienso y por qué. Y es que mi preocupación es tan grande, es tan alarmante, que dejar pasar lo que ha sido verosímil con mis ideas sería un acto de traición a mí mismo.

Las tecnologías de los medios han cambiado, la forma en que la comunicación era vertida a los ciudadanos también. Aunque desgraciadamente los periodistas y los personajes detrás de las plumas y los monitores se resisten a entender y aceptar que el viejo mundo unilateral ha dejado, o dejará, de existir.

A veces intento entender si estas columnas desesperadas de exponer a los groseros y montoneros twitteros (no es la primera que leo, Carlos Loret de Mola y Héctor Aguilar Camín se te adelantaron) son un reclamo a volver a los obsoletos procesos en los que ustedes hablaban y nosotros los escuchábamos.

¿Te ofendieron esos mensajes, los repruebas, están mal, deberían cambiar, qué flojera, imponen el miedo, puras mentiras? Ahora ya sabes lo que sentimos nosotros al prender la televisión y leer los periódicos y encontrarnos con notas llenas de mentiras y parcialidades; la impotencia que sentimos al ver que los medios manipulan la verdad a su conveniencia; la desesperación de ver a periodistas mediocres, impertinentes, precipitados y vendidos pararse frente a una pluma y un micrófono.

Así como tú reclamas ahora, nosotros también lo haremos. Es más, lo hemos empezado a hacer. Sé que es difícil ahorita, pero no te preocupes, te acostumbrarás. Nosotros lo hicimos.

Quiero ir punto por punto de acuerdo a tu texto. Espero que la calma y dedicación que le he dado en leer y revisar tu texto se vean reflejadas también en el mío. Aunque tienes toda la libertad y el derecho de mandar a la papelera mi documento y pensar que nada de esto pasó.

La dinámica entre los públicos ya no es pasiva, afortunadamente. Ese despertar, tal vez consecuencia de un cambio paradigmático de las tecnologías, no necesariamente debe responder a intereses macabros de grupos de poder. Créeme, yo no respondo a ningún partido, candidato o grupo político o fáctico, y aún así he decidido cuestionar lo que planteas. La generalización en el periodismo es tan dañina como en la política y en la vida.

Las redes sociales son una herramienta mucho más útil de lo que tu mirada parece alcanzar a ver. Y es que si te quitaras el nombre del medio en el que trabajas no serías muy diferente a un twittero o un bloguero. ¿Ves mi punto?

También veo con preocupación tu afirmación de que los regímenes totalitarios les importan más lo que se diga a través de Twitter o se grite en las calles, y no lo que pase en las urnas. No creo que puedas estar más equivocado. Tú y yo tenemos la libertad y los derechos que tenemos por grupos que decidieron salir a la calle y demandar. Algunos incluso tomando las armas. Que cuestionaron y confrontaron a los sistemas totalitarios.

Y si tu planteamiento viene por las marchas a favor de Andrés Manuel López Obrador, te recuerdo que él es sólo un candidato, no está en el poder y por lo tanto su representación totalitaria es más que una suposición arriesgada y bastante irresponsable.

Las calles son el lugar en donde se hace la política. Las urnas son el espacio que las élites políticas y mediáticas nos han hecho pensar que está la política.

Me preocupa que a los ciudadanos se nos vea como una papeleta. Que el ejercicio político de la democracia se limite a votar y regresar a la casa a esperar a que los gobiernos tomen el poder y nos seduzcan cuando estén sedientes de nosotros, cuando nos necesiten, cuando les volvamos a ser útiles. Y me preocupa que alguien desde los medios le dé más poder al poder, y que apague otras dinámicas para hacer política.

Otra afirmación preocupante es la de convertir en algo anecdótico las marchas de los estudiantes. Con un movimiento de pluma y un ejercicio de consciencia bastante superficial, has llegado a la conclusión que la organización, unión y manifestación de estudiantes de diferentes espacios e instituciones es pasajera y efímera.

¿Qué es permanente, entonces? ¿Las campañas políticas en donde por cinco meses vivimos bajo la promesa de un México mejor y diferente? ¿O tal vez sean las reformas estructurales que las cámaras y el ejecutivo parece no quieren discutir y aprobar jamás?

Sé que no somos Egipto, ni Siria, ni tampoco Libia. Pero te recuerdo que Egipto no es la Francia del siglo XVIII, Libia no es la India de Gandhi, ni Siria es la Checoslovaquia de la revolución de terciopelo.

Seguramente en Egipto los medios también tenían un Pablo Hiriart que les cuestionó de la misma manera como tú lo haces ahora, que les dijo que los cambios de los estudiantes, de los ciudadanos, de los campesinos, de los padres que han visto desaparecer a sus hijos, de los jóvenes cansados de vivir azorados por un sistemas político y televisivo que sólo tiene interés en su partido o su empresa, sólo podían ser accedidos por otros países, otras sociedades. Seguramente también los acusó de pasajeros, anecdóticos.

Triste y lamentable tu comparación.

Y no te confundas, Pablo, el cuestionamiento es un ejercicio normal y corriente en las democracias. Los medios vivieron en laureles unilaterales que ahora están viendo cuestionados, y al no saber cómo responder, los acusan de despreciar los ejercicios de la política.

Pero lo que están cuestionando, y es mejor que te acostumbres, es a la pasividad del espectador. A la irresponsabilidad de los periodistas de trasgredir la realidad y pasar inmaculados. De esa visión de que sólo la historia los juzgaría. Eso ha cambiado y la historia ya no tiene paciencia para los cuestionamientos.

Las redes sociales han hecho en 5 años los que los medios no han podido en 50, en 80, en siglos enteros. Las redes sociales les dieron voz a los públicos silenciosos que ustedes tuvieron a su merced.

¿Viste la marcha de los 132, en contra de Televisa? Ese reclamo tan válido y necesario fue la puerta de entrada a este nuevo mundo. Si no puedes con él, entonces ve reconsiderando tu trabajo, o el lugar en donde lo haces, en donde hablar no conlleva ninguna responsabilidad más allá de la satisfacción personal, y en donde las sociedades son tan pasivas e indiferentes que jamás tendrás que rendirle cuentas a nadie.

Juan M. Fernández Chico.

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Me he propuesto no tener piedad con los despiadados. Mi falta de piedad con los asesinos, con los verdugos que actúan desde el poder se reduce a descubrirlos, dejarlos desnudos ante la historia y la sociedad y reivindicar de alguna manera a los de abajo, a los humillados y ofendidos, a los que en todas las épocas salieron a la calle a dar sus gritos de protesta y fueron masacrados, tratados como delincuentes, torturados, robados, tirados en alguna fosa común.

Osvaldo Bayer, En camino al paraíso.

No soy pejista, o miembro de alguna agrupación simpatizante de López Obrador (AMLO), nunca me he afiliado a ningún partido político u otra vertiente desprendida de alguno de ellos. Lo más cerca que estuve , fue cuando estaba en la secundaria y mi vecina, Teresa Rascón, se lanzó como candidata para una diputación por parte del PRD, y Beto y yo nos juntábamos con algunos de los hijos de los encargados de la campaña. Recuerdo que nos regalaron camisetas y nos dejaban ver el fútbol en el camión de campaña.

Hago esta aclaración porque me dolería que mañana se me acusara de provenir de un planeta que no conozco y del que nunca me ha interesado pertenecer.

El único organismo al que pertenezco es a Colectivo Vagón, una agrupación artística en Ciudad Juárez que no tiene y nunca ha tenido alguna afiliación política y que no cuenta con fondos de ninguna instancia, de gobierno o no gubernamental, para existir.

A la única a la que le debo lo que digo, cómo y por qué lo digo, es a mi integridad (si aún existe), a mi inteligencia, a mi nombre, a la gente que quiero y me quiere, a los que admiro y aprecio y busco ganarme el respeto que ellos se han ganado en mí. Y si soy lacayo de alguien o algo, es de mis ideas, que espero me representen mejor de lo que yo las puedo representar a ellas.

Si digo algo que me compromete, lo hago con toda responsabilidad de pensar que es lo mejor para el país, para la gente que habita en sus múltiples realidades y para las que lo harán en algún momento. Tal vez esté equivocado, pero eso sólo la historia nos lo dirá.

No creo en soluciones milagrosas, en que una persona o un grupo limitado van a cambiar a todo un país. Por eso tampoco soy un seguidor de las vidas intachables. Me gusta el humano que se equivoca, que se cae y se levanta, que no le da miedo exponerse por decir lo que siente y que se arriesga. No simpatizo con los personajes que son tratados con algodones o los que viven en esferas asépticas para que nada los toque. Que evaden la crítica para inventarse un mundo perfecto e intachable. Y esto lo digo por los cuatro candidatos, que es lo que me atañe hoy.

En pocas palabras, soy alguien que dice lo que piensa y que asume un posicionamiento político e ideológico crítico. Nada más.

No estoy tratando de convencer a nadie. No es mi punto y nunca lo ha sido. Si critico una línea política, un candidato o todo un partido, es porque siempre me ha dolido la indiferencia, el silencio autoproclamado, el olvido y la censura (tanto autoimpuesta como obligada).  Porque no me puedo quedar callado cuando veo el abuso, el autoritarismo y la corrupción. Y si la vemos, no importa que sea en nuestro lado, debemos denunciarla. El silencio no debe imperar jamás ante la injusticia, no importa de donde venga, no importa que trastoque en lo que creemos. Sé que es difícil, pero en algún lugar debemos de empezar para construirnos como seres críticos y propositivos.

Lo hago porque me duele Atenco, la violencia, la censura, la ignorancia y la corrupción milenarista de un partido que pensó en algún momento que el país y todo lo que había dentro de él le pertenecía. Porque me duele la violencia emprendida en una guerra cruenta y sin objetivo, fallida desde su gestación, con una mirada conservadora y autoritaria. Me duele Ciudad Juárez, los indígenas, las mujeres asesinadas, los homicidios contra jóvenes y niños. Por eso lo hago, porque este país me duele mucho y constante.

Pero peor aún, porque me dolería la violación a nuestra memoria histórica y de nuestra dignidad.

Tampoco me complace quedarme en la comodidad de la crítica y la denuncia. Valoro quienes han asumido esa responsabilidad con decencia, pero es necesario movernos un poco más. Esto me recuerda a lo que una vez escribió Jean-Paul Sartre: “lo importante no es lo que han hecho de nosotros, sino lo que nosotros hacemos con lo que han hecho de nosotros”. El hastío en algún momento se debe convertir en decisiones. A veces no siempre tendremos las mejores opciones o circunstancias para decidir lo que queremos, pero debemos decidir. Como Ortega y Gasset lo dijo, incluso en el pabellón de fusilamiento tenemos la libertad de decidir morir como un cobarde o morir como un valiente.

Por eso he decidido votar por AMLO. Porque me cansé de los sistemas obsoletos y estrategias caducas que representan los otros candidatos. Porque creo que es momento que llegue otra fuerza que nos presente una forma diferente de gobierno, aunque esta nos sea desconocida en la práctica.

No voy a enlistar sus propuestas políticas o su plan de gobierno, eso le corresponde a cada uno de nosotros conocer a profundidad y decidir qué proyecto quiere que tome las riendas del país por seis años.

Yo voy por AMLO porque me ha convencido su equipo de trabajo, las personas que lo acompañan y que gobernarían junto con él. Tal vez he caído encantado por un discurso que se muestra más honesto y humano que los otros pero que en el fondo puede ser falso. Lo admito, pero dar mi voto por él no es darle mi silencio. Creo que es susceptible a la crítica como cualquier otro. Y si ocupa un lugar privilegiado en la administración pública, más. De hecho, cuando decidió tomar las calles del DF después de las elecciones de 2006, cuestioné severamente sus acciones que, para mí, fueron precipitadas y erróneas.

Y espero que quienes han tenido la inteligencia y la sensibilidad de cuestionar y exponer al PRI y al PAN respectivamente, lo hagan también con él, con sus partidos y sus compañeros de gobierno cuando sea necesario y justo.

Ahora me he propuesto votar por la persona detrás de la figura que han retratado o inventado los medios. No voy a votar por un mesías. Eso lo tengo claro. Y no porque he decidido mi voto tengo que responder las preguntas que sólo Andrés Manuel y su equipo debe saber. No soy su vocero, ni su representante de campaña. No tengo todas las respuestas a su proyecto político, y mucho menos sé si es la solución que el país necesita (cosa que incluso en el fondo, ni siquiera él sabe con seguridad). Lo que estoy haciendo es una deducción basada enormemente en lo que no quiero.

Si el país y la coyuntura fueran los propicios para anular el voto, seguramente lo haría. Pero ahora más que alzar mi voz a través del descontento legítimo de la anulación del sufragio, quiero que el poder cambie de manos y que las elites políticas sepan que los dos diferentes gobiernos que tomaron el poder en los últimos ochenta años no respondieron a las necesidades del país.

Y si me equivoco, yo seré el primero en reconocerlo sin arrepentimientos, porque seguí a esa voz rasposa y profunda en mi interior que me decía que era momento de cambiar de rumbo, aunque no tuviera a ciencia cierta al lugar al que nos llevaría.

Cundo leí por primera vez El objeto del siglo de Gérard Wajcman, me invadió un miedo terrible de pensar en el País museo que indirectamente Wajcman plantea. Ese lugar en donde la memoria recae en los objetos (desde las estatuas de bronce y las placas conmemorativas, hasta los libros escolares de historia) y el pasado es convertido en una pieza de museo que, como escribe Wajcman, nos pide que no recordemos pues él lo hará por nosotros.

El origen de mi miedo fue pensar que no sólo México se convirtiera en un país en donde los únicos capaces de recordar fueran los objetos y no las personas, sino el mundo entero. Y es que el riesgo que corremos, como dice el filósofo español Manuel Cruz, es que la voz de las víctimas, el pasado atropellado, se convierta en un gesto político de dar voz y revivir una sensación que se ha quedado enclavada en algún lugar del tiempo. El pasado sustituye al presente en un guiño, pero no en acciones que bloqueen el regreso de las condiciones que permitieron el acto atroz. La memoria, escribe Manuel Cruz, no es un fin, sino la búsqueda de algo más allá de la misma memoria. Planteado como fórmula queda algo así: recordar menos y vivir mejor.

Pero el efecto parece ser el contrario. No sólo en las políticas memorísticas sin sentido que buscan, por medio de una placa o cualquier insignia vistosa, restituir el pasado, reivindicar la voz de las víctimas, dejar claro que el país no olvida y pasar al siguiente asunto. Ahora las grandes y pequeñas compañías de comunicación en México se suman a la edificación de ese gran museo convirtiéndose en portavoces similares a la sentencia de Wajcman: no investiguen, no critiquen, no busquen, no cuestionen, nosotros lo haremos por ustedes.

La discusión se ha acentuado en las elecciones presidenciales este 2012, principalmente con la figura de Enrique Peña Nieto, candidato del PRI y ex gobernados del Estado de México con una carrera política de rápida ascendencia. El punto cúspide, hasta el momento y como yo lo veo, fue la presentación de Peña Nieto en la Universidad Ibero, en la Ciudad de México, y las notas que vinieron después como consecuencia de que el candidato fuera abucheado, acorralado y perseguido hasta el vehículo que lo pondría a salvo fuera de la universidad.

Y entonces el miedo regresó, veía con asombro que, por ejemplo,  la Organización Editorial Mexicana (OEM) veía el acto del reclamo de los estudiantes como un boicot, y el silencio (fuera de su intervención final, cuando afirmó que la decisión en Atenco fue personal y legítima, evocando los fantasmas de Díaz Ordaz y Echeverría) como un acto de victoria. Me sorprendió y asustó aún más las respuestas de algunos periodistas y personajes que reclamaban a los estudiantes su actitud violenta e intolerante. Y me sorprendió ver cómo la memoria activa, eso que va más allá de la simple reacción de recordar y dejar pasar, era pisoteada y ninguneada. Me dio miedo vivir en un país en donde los hechos atroces de violencia y autoritarismo tienen fecha de caducidad, y que sean los medios de comunicación y las élites políticas quienes la decidan. Me dio pavor esa mirada que nos ve como a menores de edad incapaces de hilar dos hechos aparentemente azarosos en una misma realidad.

Los estudiantes, así como muchos de los que han reclamado legítimamente ante un sistema que se burla de nosotros y de nuestra capacidad para recordar, le han hecho justicia a la memoria, y la memoria, parafraseando a Elena Garro, es lo que somos, y lo que somos es la memoria que de nosotros se tenga.

La política en México sufre de una terrible enfermedad: el miedo a la crítica. Es más, una fobia. Una obsesión temerosa a la confrontación, al cuestionamiento, al mostrarse tal como es sin tapujos ni explicaciones circulares. Un miedo que incluso trastocó (como lo ha hecho siempre) en las dinámicas del debate entre los candidatos presidenciales el día de ayer. Lo que es sólo un síntoma del pavor político de México. De esas alegorías como sacar las uñas metiendo la cola. Algo así. Incluso por eso mismo la izquierda y la derecha en México son, o fantasmales, o moribundas: el posicionamiento tajante es temible, obsoleto, tan viejo como el polvo mismo, enfermizo.

La política (vaya usted a saber lo que quiere decir esto, yo me dedico a contar historias y no me siento con la autoridad religiosa de definirla) debería, en todo caso, ser el arte de la desnudez. Pero la desnudez de la política es falsa como la pornografía soft. Los candidatos no se exponen con lo que dicen y creen. Se reservan lo que les cueste votos, y se aferran a las fuerzas del sentido común que les traerán simpatizantes.

Por eso los debates en México terminan siendo lo que fueron ayer: desplantes lúdicos con fines de entretenimiento. Y es que aunque suene trillado, la crítica comienza con la exposición de uno. Recordemos la reflexión de Slavoj Žižek sobre la escena en que el personaje interpretado por Edward Norton se deshace en golpes provocados por sí mismo para humillar a su jefe en el El club de la pelea (debería citar el libro para conservar el caché, pero la verdad es que no lo leí). Žižek dice que la exposición autodestructiva aniquila al otro bajo el argumento de “sé que quieres golpearme hasta el cansancio, pero no te preocupes, yo lo haré por ti”. La conclusión de Žižek es que no se puede pasar de un estado pasivo a uno crítico sin que haya un quiebre doloroso desde dentro con lo que nos somete. La acción escondida del jefe por golpearlo es ridiculizada, pues su fantasía interna es expuesta cruelmente. El amo, dice Žižek, se da cuenta que no es necesario y que su poder es ilusorio.

¿Qué pasaría, por ejemplo, si los candidatos el día de ayer hubieran asumido esa autocrítica antes que el otro, es decir, hubieran sacado ellos mismos sus más oscuros secretos expuestos sin la necesidad vouyerista del otro? Escribe Žižek que el paso a la revolución es acabar con el vínculo de la única amenaza que somete al esclavo. En término populares: cuando Homero Simpson gana la lotería mintiéndole a Marge, y luego es chantajeado por Bart diciendo que si no hace lo que él quiere le revelará la verdad a su madre, Homero decide hacer él mismo el único acto atroz que lo somete a la dictadura de Bart: decide revelarle la verdad sobre el boleto de lotería. Es decir, se desnuda a sí mismo para desenmascarar el poder ilusorio de su hijo.

Pero mientras la política mexicana se toque con algodones, y los personajes que circulan en ella se vean con desprecio y lejanía, mandando quemar en el anonimato los papeles que contienen sus más graves y oscuros secretos, no habrá nadie que gane. A veces, por lo mismo, no sé si reír o llorar cuando salen los anuncios de los ganadores y perdedores de los debates. Y es que los que deben de ganar son los ciudadanos, no los candidatos. Los ciudadanos ganan cuando los candidatos pierden. O mejor dicho, cuando los candidatos son expuestos, desnudados hasta el hueso, y los ciudadanos pueden recorrer con el dedo cada detalle de sus radiografías. Cuando los ciudadanos pierden, todos pierden, y la política se vuelve un juego histriónico sin sentido.

Así como el cuento de Hans Christian Andersen, El traje nuevo del emperador, debemos sacar al niño que levanta la mano y grita “pero si está desnudo el emperador”, y no caer en el engaño de unos truhanes exaltando los hilos de telas que no existen.

 

En muchos momentos de la historia, la política (el arte de lo imposible, escuché una vez, o mejor dicho, el arte de la administración de lo público) y el fútbol se han tocado. Aunque parezca que ambas sobreviven (porque hoy en día no hay otra manera de decirlo) en lejanía, la verdad es que están más cerca de lo que creemos. Los partidos de fútbol se han convertido, como dijo Juan Villoro, en las guerras del presente. La guerra, tengan ustedes sus reservas con la frase, es el diálogo de la política por otros medios (la poética es mía). México no es la excepción. Menos cuando el fútbol en este país es un circo ambulante que las dos grandes televisoras de México han secuestrado (difícil, cruda, cruel, palabra que seguramente me condenará más adelante).

Basta recordar en qué condiciones escribo esto: Salinas Pliego, zar de TV Azteca y dueño de casi 30 ó 40% de lo que la televisión arroja en las pantallas, escribió en su blog que la gente no está interesada en ver el debate político entre los cuatro candidatos a la presidencia de la república (2012). Salinas Pliego, en una situación bastante oscura, como todo lo que ocurre con los poderes mediáticos en México, se ha opuesto a cambiar la hora de un partido de fútbol para mostrar el debate. Su argumento: perderá espectadores. Su otro argumento: a la gente no le importa el debate. Pero, vamos, si no fuera tan importante como dice entonces no creo que fuera necesario dar tan explicación, ¿me explico? Es como dijera el personaje de Einstein en una obra de teatro: si en verdad estuvieran tan seguros que la relatividad es una falsedad, nada más necesitarían un solo argumento para comprobarlo.

Pero en el fútbol, sin rascar tanto, tiene defensores dignos desde done se puede hablar. Desde ese lugar que Jorge Valdano propuso: “el fútbol es lo más importante de los menos importante”. Desde ahí.

Pep Guardiola, ese hombre entallado hasta el hueso en un traje gris y una corbata negra, con la cabeza rapada y la barba crecida, es el ejemplo claro del político que no existe en México. Su diferencia es idéntica a la Guardiola con Mourinho: uno quiere ganar, ganarlo todo, tenerlo todo, llenar las vitrinas con premios y trofeos. El otro buscaba cambiar la historia. Todo se resume en una frase: “si perdemos, seguiremos siendo el mejor equipo del mundo. Si ganamos, seremos eternos”. ¿Ven la diferencia?

Ahora Guardiola, en el mejor momento de su carrera (ojo, de su carrera, no del club) ha decidido dar varios pasos atrás. Seguramente convencido de lo que una vez dijo: “lo hemos pervertido. Lo hemos convertido en una parte de negocio del que vivimos”. Y cuando eso llega, acá no se salen con el olé a la espalda y el estadio lleno gritando tu nombre, sabiendo que algún día regresará mejor que nunca.

“Si nos levantamos pronto, sin reproches, sin excusas, somos un país imparable”. Cuánta falta le haces, le harás, nos haces, a todos.

Hace un año leí un fragmento de la biografía del ridículo y esotérico músico Marilyn Manson, que dicho sea de paso, se le confundía con lo que había quedado del mejor amigo de Kevin en la serie Los años maravillosos, un muchacho delgado bien peinado y con lentes de pasta, en donde decía más o menos así: “quiero que la gente me odie por las razones indicadas”. Hasta la fecha, es una de las expresiones más recurrentes en mis días, y ahora le encuentro un mayor sentido con el debate mediático que ha surgido por la serie de leyes que buscan frenar la piratería en la Internet, y que se han reducido al nombre de SOPA.

Y es que como estoy enfermo de una manía obsesiva que busca extraer la raíz de toda acción, me pregunté si en verdad estamos odiando (los que la odiamos) a la ley SOPA, y las reformas que vienen detrás, por las razones indicadas.

Para contextualizar un poco, varias compañías en Internet y empresas de tecnología informática se han declarado hoy 18 de enero en una huelga internacional para protestar que la cámara de representantes en Estados Unidos construyera, e intentara y siguiera intentado, pasar una ley que básicamente le permitiría a instituciones públicas de Estados Unidos cerrar y castigar sitios que de alguna manera violen los derechos de autor, así como exigir que las empresas dedicadas a otorgar el servicio de Internet la hagan de chivatos cuando vean algo sospechoso. Algo similar sucedió en España con la famosa Ley Sinde (que no está de más decir que Sinde, la mujer detrás de esa acta que buscaba objetivos bastante similares, es una aclamada guionista de cine).

Entre quienes han decidido levantarse en protesta, destaca el sitio Wikipedia (la enciclopedia más visitada en el mundo) y Google (el buscador más potente que tiene la Internet). Pero, por supuesto, también hay retractores, como son asociaciones de productoras cinematográficas y musicales (no todas, pero por lo menos las más fuertes en Estados Unidos).

Algunas de las protestas toman la bandera de la defensa de la libertad de expresión, la cual es validad y necesaria como un derecho que nos permite demandar otros más esenciales como la comida, la salud y la libertad. ¿Pero qué tan real es la defensa de la libertad de expresión que ha provocado la contrarespuesta a la Ley Sopa? Pensemos por ejemplo en cuántas manifestaciones o muestras de repudio se han hecho para defender a los blogueros iraníes encarcelados y condenados a pena de muerte por oponerse al gobierno, o cuántas protestas han surgido desde el gremio en contra de la censura China, o en defensa de la organización Wikileaks cuando se filtraron los cables del Departamento de Estado de Estados Unidos, o de la censura en países como Corea del Norte o Cuba. Si el argumento de una Internet libre es la de acceder sin problema a productos de artistas, productoras o empresas que no comparten nuestra visión del CC, parecería que nos hemos saltado otros muchos más esenciales. No quiero sonar como el pesimista que arruina las buenas acciones, pero tampoco deseo que quienes no quieran compartir sus creaciones artísticas e intelectuales estén obligados a hacerlo.

Aunque creo que ese no es el punto primordial del debate de la Ley Sopa (o, poniéndonos mansonianos, no son las razones indicadas para odiarla). Es decir, no se trata que grupos musicales o escritores suban sus obras en la Internet para que se descarguen de forma gratuita (se les agradece, pero en esta ocasión su muestra de protesta es un tanto irrelevante) o que, en contra parte, se pongan candados en discos musicales o protectores de escaneo en las páginas de los libros.

Se trata de ir un poco más lejos.

Es decir, necesitamos una Internet más segura, El libro de Knake, La guerra en la Red, da una excelente explicación de cómo navegar en la Internet es un peligro constante por virus, gusanos y troyanos que exponen nuestra identidad y patrimonios a grupos delictivos (en México, por ejemplo, no existe alguna fiscalía o institución sobre seguridad Internet, para variar). Necesitamos, en primer lugar, defender la libertad de expresión en su esencialidad, como es el oponerse a los castigos de blogueros o webmasters que son encarcelados o asesinados por expresarse en contra de sus gobiernos o prácticas autoritarias, o en donde se censura el acceso a información “sensible” a los usuarios (que por lo menos tenga una respuesta similar a lo que provocó la Ley Sopa). Debemos abogar por leyes y actas que rompan con el viejo modelo industrial que no permite un acceso más rápido y masivo de la información, y que se empecina en poner candados a prácticas tan básicas como el intercambio, y que prefieren adecuar el mundo que es más grande y se mueve más rápido que ellos, a cambiar sus prácticas monolíticas. Leyes que tomen en cuenta también a los que estamos a favor del software libre y los CC, pero que de igual manera incluyan los intereses de los creadores, quienes tienen tanto derecho de compartir su trabajo como de oponerse a ello. Que se acabe con el monopolio de Microsoft y Apple, en donde el primero ha invertido más dinero en campañas de lobbyng en las cámaras legislativas que en mejorar sus productos. Leyes que incluyan más voces en los debates sobre Internet, que no sólo tomen en consideración a las grandes empresas que no han podido ni querido cambiar los estrechos puentes entre sus productos y los usuarios. Que se acabe con los agujeros negros en donde no existe la Internet, y que sectores privados y públicos inviertan en infraestructuras que den mayor acceso.

Parece que quienes pensaron en la Ley SOPA, y otras similares, no se han dado cuenta que existen otras prioridades, algunas que deben ser resultas inmediatamente, y que hay otras perspectivas. Tal vez esa es la razón más indicada por la cual odiamos (o por lo menos yo odio) este intento de acción legislativa: nos han hecho creer que todo lo demás está resuelto, y que nuestra única obligación, es seguir poniendo videos de YouTube en Facebook (si es que la ley nos lo permite aún).

Cuando estaba en la prearatoria, unos amigos y yo decidimos ir a un concierto en San Antonio. Como sería un viaje en carretera de más de diez horas, decidí comprar un libro para leerlo en el camino. Fui a una de estas librerías de viejo, y compré el de Crítica religiosa, de Voltaire, el cual consistía, en el corpus principal, en una larga lista de preguntas que el pensador francés le hacía a la biblia. La mayoría de las preguntas eran de inconsistencias lógicas e históricas. Cuando lo terminé, muchas de esas preguntas se quedaron en mi cabeza por largo tiempo. Y después, cuando tuve una plática con alguien religioso (tal vez en la escuela, no recuerdo bien), esa preguntas brotaron como por arte de magia. Y la respuesta inmediata fue “que todo es un acto de fe”. Es decir, la biblia estaba plagada de incongruencias porque todo lo que ocurría ahí, o la mayoría de las cosas que ocurrían, no tenían sentido de manera intencionada. Al final, de lo que se trataba, era de creer algo que en sí ya era in-creíble, es decir, algo que por su misma naturaleza explicativa no debía tener veracidad.

En fin. Así comenzó todo.

Después de mucho tiempo, me di cuenta que el único soporte que tiene la gente religiosa para comprobar que dios existe son unos cuantos viejos libros y los testimonios de algunas personas que han encontrado a dios, y que vistos desde la lejanía, parecen ser pruebas fehacientes de la asertividad de un creador que se asemeja más a un mal vendedor de seguros que no puede subir su tasa de ventas mensuales.

Pero el punto no es dar argumentos de la existencia o no de dios. No en este momento. Estoy convencido de que no hay alguna fuerza sobrenatural que haya creado todo y nos proteja mientras dormimos y nos guía al paraíso cuando morimos, creo que hay explicaciones muy sensatas que nos permiten conocer cómo se generó el universo, la vida, y todas las cosas posibles que habitan en el cosmos sin la necesidad de dios.

El  punto al que quiero llegar es que habría que ser ateos a pesar de que dios existiera. Es decir, no debería ser nuestra responsabilidad creer en él, o hacer esas cosas tan extrañas que vienen en la biblia para complacerle. Deberíamos vivir como si dios no existiera, incluso si existiera.

Recuerdo que un día platicaba con unos amigos que me decían que si no me inquietaba saber que al momento de morir no pasaría nada, y que todo se acabaría. Y es que algunos religiosos creen que estar conscientes de nuestra vida es algo sumamente importante. Recuerdo que les respondí que al contrario de lo que pensaban, cuando mueres suceden muchas cosas a niveles microscópicos, cosas que involucran a partículas y elementos tan pequeños e instantáneos que somos incapaces de verlos.

Pero volvamos al punto: debemos ser ateos a pesar de dios. Si es tan inteligente como dicen, él lo entenderá. Sabrá que debemos arreglárnoslas sin él. Que sería más justo para todos saber que por dentro, biológicamente, somos iguales, que no hay nadie que es preferido por el buen padre (a veces escucho que me dicen que dios me ama a pesar de que yo no, aunque eso no me exime de que me vaya al infierno).

Cuando un amigo me preguntó si no es bueno que todos pensemos que somos hijos de un mismo dios, incluso para fines pacifistas (arrastro lo político hasta donde puedo), yo le contesté que si a todos nos hubieran enseñado que la vida es un instante en donde un organismos multicelular es consciente de su presencia en el mundo a través de su fragilidad por perder esa capacidad de consciencia, de que lo que nos compone biológica y químicamente es lo mismo que compone al mundo y a todos los seres vivos y objetos de todos los espacios posibles, entonces tal vez habríamos entendido mejor nuestra igualdad, incluso habríamos hecho el intento por entender mejor las similitudes antes de nuestras diferencias.

Ale.