Como de la globalización, o de la posmodernidad, o de los chicos con aretes en la lengua, el once de septiembre o el muro de Berlín, nadie se quiere perder su pedacito de gloria frente a lo que hace un par de días hizo la organización Wikileak. Después de las filtraciones, han comenzado los artículos, reflexiones, opiniones diversas y aplicaciones de Factbook en donde tus amigos te wikilikean revelando información personal (esto no sé si existe, pero si surge, apadrino la idea).

Y es que lo atractivo, como cualquier buen producto comercial, es la cubierta de colores que lleva. Más allá de las filtraciones de cables que desnudaron (desnudar como una versión pornográfica de Los Picapiedra) la política exterior de Estados Unidos, en los que profundizaré más adelante, es el hombre público de la organización: un rostro pálido, un guerrillero de traje con el cabello rubio y los ojos de Marlon Brando. Se llama Julian Assange, nunca fue a la escuela, posee una inteligencia desafiante y fina, se paseaba en motocicleta y tiene una extraña relación con el protagonista de la novela Asfixia, de Chuck Palahniuk, con una madre que le quería enseñar a dormir bien, y no comer bien. Tal vez en unos años, los nuevos revolucionarios evoquen su nombre como lo hacen con muchos otros que no les tocaron ni en vida ni en proyecto, como el Che, Abbie Hoffman o Salvador Allende.

Debo decir que estoy sorprendido, sorprendido y feliz, encantado que alguien se atreviera a retar en su propio terreno al país más poderoso del mundo. De joven, Assange formaba parte de un grupo de hackers que se remitían a la Internacional comunista, y accedían a información secreta de Estado para revelarla. Hoy en día es el hombre más polémico y buscado del mundo, pero, más interesante aún, uno de los primeros revolucionarios digitales, que cambió el fusil por una computadora, y se concentró en liberar la información, y no cambiar el andar del planeta.

Intento pensar en todas las barreras que debieron caer, que no son pocas, para llegar a ese núcleo duro y tan difícil de roer, como es la información de las relaciones de Estados Unidos con el mundo. El país más seguro del mundo, cibernéticamente hablando: una hazaña tan legendaria como las conquistas de Gengis Khan.

Assange es un nuevo y extraño héroe, pues es joven y sabe hablar en público, tiene un carisma tan desgarrador que incluso las mujeres y hombres de Estados pensarían que sería un buen prospecto para sus hijas, pero más importante aún, sigue vivo, y no lo ha enterrado su nombre ni el tiempo, no aún. Y es que a veces falta tenerles aquí, respirando junto con nosotros, para sentirlos cerca y apropiarnos de sus acciones. Tal vez de manera sutil, con la ventaja de la enorme proyección global de los periódicos digitales y el peso jocoso de los cables emitidos, Wikileak puede llegar a representar una esperanza, y un recordatorio que los gobiernos son los que deben temer a su pueblo, y no al revés.

Lo que leo en estas filtraciones, son dos cosas muy precisas: una, no existe un mundo político homogéneo, sino ondas de chismorreo que van de un lado a otro, como en la película Burn after read, de los hermanos Cohen, con un hombre sentados tras un escritorio en le pentágono sin saber mucho de nada (lo cual no es una sorpresa, las fiestas salvajes de Berlusconi y la ineficiencia de Felipe Calderón y su gabinete para tomar decisiones en materia de seguridad son bien conocidos); la otra, que las redes informáticas son tan débiles y frágiles, que en cualquier momento pueden desbordarse. Coincido con Umberto Eco y Noam Chomsky, que el peso de estas filtraciones no se encuentra en lo que revelan, sino que su medio es el mensaje. Un amigo dice que seguramente después de esto, las relaciones políticas globales volverán a ser cara a cara, pero la verdad es que lo dudo, porque el mundo político muchas veces quiere esconderse, lo cual es imposible en el espacio físico, pero sí creo que de ahora en adelante, se la van a pensar dos veces antes de decir lo que dicen de la manera en lo que lo dicen, porque así como Assange, muchos otros vendrán con ideas peores, en que la información no es un privilegio, sino un derecho innegable.

El título lo tomé de un post en Facebook de mi amigo Rogelio Valenzuela, que sirve para entender que lo peor que le puede pasar a los que se incomodaron con estos cables filtrados, es que todos lo comencemos a ver como parte de nuestro día a día, y los exijamos como tal.

 

A-G.

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