Tengo un perro blanco del tamaño de una aspiradora personal. Es muy exigente, porque siempre quiere tu atención. Se para en sus dos patas y te ve fijamente a los ojos como si se fuera a meter en ellos. Es muy observadora, y si algo se mueve, va hasta el fondo para saber por qué.

Recuerdo que un día mi amigo Poncho (aquí le diré el chico, porque tengo dos grandes amigos a los que les decimos Poncho, y uno es grande, y otro es chico) me dijo que en una clase el maestro comentó que los perros no pueden apreciar el futuro: piensan sólo en términos de pasado y presente. Saben que no estás ahí porque normalmente estás, saben van a comer porque normalmente comen a esa hora. O, en su efecto, comen porque tienen hambre o te saludan porque te ven. Mi perro, que realmente es una perra, no sé si no es capaz de apreciar el futuro como ese señor que desconozco dijo.

Y cuando la veo, y pienso en eso, trato de imaginar cómo sería no apreciar el futuro, no distinguirlo entre los demás tiempos. Qué sería si el humano desconociera esa incertidumbre de lo que aún no sucede.

Me recuerda una canción de Bob Dylan que dice: “¿cuántos caminos necesita el hombre cruzar para que se le llame hombre?”. No sé, pero qué extraño. Pero tal vez no ha pasado, tal vez tenemos el cerebro de un perro y el corazón de una víbora. Tal vez no distinguimos el futuro, sólo que ese miedo, esa alegría, esa incertidumbre de lo que ignoramos, hemos comenzado a llamarle, de una forma, futuro.

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