A la que se robó mi nombre.

No puedo escribir lo que necesitas. No puedo por la simple razón de que no lo sé. Podría ser un abrazo, un amigo, unas palabras de aliento, una nieve, un golpe, una caída. ¿Cómo podría saberlo si para un ser infinito como tú, las posibilidades de existencia también lo son? Podrías recomenzar la lista, pero nunca acabaríamos. Y qué bueno que no acaba. Si un día le ves fin a la lista de tus posibilidades infinitas, entonces sabré lo que necesitas: volver a mirar, con más detenimiento, con los ojos claros de que esa pared al fondo es sólo una ilusión.

Ahora parece que te estoy diciendo lo que en un principio aclaré que no podría. Pero créeme, no puedo. Sigo sin pensar que pueda decírtelo. Una vez escuché que todos necesitamos un buen final. Un buen final para limpiar lo que no pudimos mientras nos encontrábamos presentes. Seguramente eso lo tengo bien claro, y te lo digo: piensa en un buen final. Algo por lo que te recuerden. “Ah, mira, aquí yace Cynthia, o Felipe, o Carmencita, tan buen chico, tan amable muchachita. Lástima que al final se volvió loco, o ya no le quedaron fuerzas.”

No me mal interpretes. No es que yo crea eso. Para nada: debemos de ser holistas en la forma en la que vemos a los demás. Pero a veces la vida es más que lo que pensamos. Más que muchas cosas que nos gustarían fueran así.

Soy una persona reservada. Tal vez lo sabes. No tengo tantos amigos, y me he visto perseguido por una paranoia de quedarme solo. Me persiguen muchos fantasmas que poco a poco se han ido acumulando a lo largo de los años. A veces pesan, dice Mario Benedetti, como culpas. A veces, lo admito, me he dado el lujo de no ser feliz. Deja tú el  lujo, el privilegio. El privilegio de pensarme sólo en distancia. Veo el mundo, y no me encuentro en él. Soy como una isla naufraga en la enormidad del océano. ¿Qué podría decirte yo sobre la vida, sobre tu vida? Soy del tipo de persona que cree que nadie puede dar un buen consejo. No dudo que a veces lleguen personas que con un par de palabras nos regresan a la orbita de la que nos habíamos alejado. Lo sé, y se los agradezco. Pero al final, sólo era yo el que decidía. Era yo el que me la jugaba, el que se exponía, el que dejaba la piel y el corazón. Nadie más. No ellos, ni él, ni Dios, ni nadie. Era yo. No solo, con muchos alrededor. Pero era yo el que soportada los golpes. Y eso nadie lo puede negar. Si el caso fueras tú, lo sabría, entendería perfectamente que por momentos te sintieras el humano más desdichado y feliz del planeta.

Ves, otra vez parece que sé lo que digo. Pero no lo sé. No sé qué decirte. Puedo cantarte algo, el Hallelujah, de Leonard Cohen, por ejemplo. Puedo quedarme callado, si es lo que  pides, eso lo sé hacer bien. Puedo recitar un poema de memoria que seguramente inventaré en el momento. Te puedo llevar de viaje y sentarte frente a alguna playa. No sé. Pídemelo, lo que quieras, y lo haré. Pero no me preguntes cosas que sabes no podré contestar. No me preguntes por mi silencio, que ya es tuyo, siempre lo fue, siempre lo ha sido. El resto sólo el espacio entre tú y el cielo, nada más.

Ale.

No puedo escribir lo que necesitas. No puedo por la simple razón de que no lo sé. Podría ser un abrazo, un amigo, unas palabras de aliento, una nieve, un golpe, una caída. ¿Cómo podría saberlo si para un ser infinito como tú, las posibilidades de existencia también lo son? Podrías recomenzar la lista, pero nunca acabaríamos. Y qué bueno que no acaba. Si un día le ves fin a la lista de tus posibilidades infinitas, entonces sabré lo que necesitas: volver a mirar, con más detenimiento, con los ojos claros de que esa pared al fondo es sólo una ilusión.

Ahora parece que te estoy diciendo lo que en un principio aclaré que no podría. Pero créeme, no puedo. Sigo sin pensar que pueda decírtelo. Una vez escuché que todos necesitamos un buen final. Un buen final para limpiar lo que no pudimos mientras nos encontrábamos presentes. Seguramente eso lo tengo bien claro, y te lo digo: piensa en un buen final. Algo por lo que te recuerden. “Ah, mira, aquí yace Cynthia, o Felipe, o Carmencita, tan buen chico, tan amable muchachita. Lástima que al final se volvió loco, o ya no le quedaron fuerzas.”

No me mal interpretes. No es que yo crea eso. Para nada: debemos de ser holistas en la forma en la que vemos a los demás. Pero a veces la vida es más que lo que pensamos. Más que muchas cosas que nos gustarían fueran así.

Soy una persona reservada. Tal vez lo sabes. No tengo tantos amigos, y me he visto perseguido por una paranoia de quedarme solo. Me persiguen muchos fantasmas que poco a poco se han ido acumulando a lo largo de los años. A veces pesan, dice Mario Benedetti, como culpas. A veces, lo admito, me he dado el lujo de no ser feliz. Deja tú el lujo, el privilegio. El privilegio de pensarme sólo en distancia. Veo el mundo, y no me encuentro en él. Soy como una isla naufraga en la enormidad del océano. ¿Qué podría decirte yo sobre la vida, sobre tu vida? Soy del tipo de persona que cree que nadie puede dar un buen consejo. No dudo que a veces lleguen personas que con un par de palabras nos regresan a la orbita de la que nos habíamos alejado. Lo sé, y se los agradezco. Pero al final, sólo era yo el que decidía. Era yo el que me la jugaba, el que se exponía, el que dejaba la piel y el corazón. Nadie más. No ellos, ni él, ni Dios, ni nadie. Era yo. No solo, con muchos alrededor. Pero era yo el que soportada los golpes. Y eso nadie lo puede negar. Si el caso fueras tú, lo sabría, entendería perfectamente que por momentos te sintieras el humano más desdichado y feliz del planeta.

Ves, otra vez parece que sé lo que digo. Pero no lo sé. No sé qué decirte. Puedo cantarte algo, el Hallelujah, de Leonard Cohen, por ejemplo. Puedo quedarme callado, si es lo que pides, eso lo sé hacer bien. Puedo recitar un poema de memoria que seguramente inventaré en el momento. Te puedo llevar de viaje y sentarte frente a alguna playa. No sé. Pídemelo, lo que quieras, y lo haré. Pero no me preguntes cosas que sabes no podré contestar. No me preguntes por mi silencio, que ya es tuyo, siempre lo fue, siempre lo ha sido. El resto sólo el espacio entre tú y el cielo, nada más.

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