El comienzo del artículo sobre la liberación de los supuestos indígenas responsables de la masacre en Acteal, Chiapas, hace doce años, de 45 tzotziles, en el periódico El País, dice: “¿En México qué es una verdad? Una mentira con dos testigos.”

El caso se extendió entre dudas, pruebas ambivalentes que incluso tenía su referencia en Wikipedia (sí, en la enciclopedia que todos hacemos de manera libre), la cual fue utilizada por el juez Martín Rangel Cervantes, inocentes que luego terminaban en la lista de culpables y asesinados, culpables que morían en libertad.

Si tuviera que leer de nuevo el artículo, seguramente pensaría que la respuesta a la pregunta de ¿qué es en México una verdad? Una mentira, un sombrero colgado de una estatua, un niño corriendo por la calle, una paloma cagándose sobre alguno de nosotros. Por eso en México la justicia es sinónimo de verdad. Cincuenta hombres encarcelados sin pruebas suficientes para estarlo, y cuarenta y cinco personas asesinadas sin que nada se haya resuelto.

Mariano Luna Ruiz, sobreviviente de la masacre, identifica a los presos como los responsables de la masacre. Pero los jueces han decidido otra cosa. Incluso el presidente Felipe Calderón ha dicho, desde Colombia, que estará atento de la comunidad de Acteal, aunque, admitió, no conoce mucho del tema. ¿No es eso también la verdad de un país? Nunca se conoce suficiente. La verdad es que no existe la verdad. Tal vez Terry Eagleton se echaría a reír si escuchara que México es un país posmoderno. No lo culpo.

Esto definitivamente no es Ruanda, no es equipara en los resultados y la cantidad de homicidios, pero es que ayer ganamos en el fútbol al país más poderoso bélica y económicamente (si nada sale mal), y en algún lugar de mí todavía sigue habiendo un poco de remordimiento.

Porque, ¿qué es una verdad en México?

Ale.

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