Con mucho cariño para Hugo, mi primo.

Me dijo mi carnal. Más bien, mi medio carnal. Estábamos cenando para el Día de Gracias y me llamó desde mi cuarto.

–Mira, carnal, ya estuvo de estar de jodidos. Siempre preocupados de que falta el alimento, los billes, que nos agarre la migra, los hijos…

Teníamos viviendo en un pueblo en Oklahoma ya para cuatro años, y el único trabajo que pudimos conseguir, sin que nos la hicieran de emoción por ser mojados, fue en la obra. Dejamos Real de Catorce, en San Luis Potosí, cuando mi hijo tenía apenas dos años. El canijo ahora ya me ayuda con la mezcla, pero todavía no aprende inglés. Como quiere ser jugador de hokey. Y la mera verdad no lo he mandado a la escuela por miedo que nos deporten, y ni modo que le enseñe uno si está igual o más pendejo que los hijos.

–Con feria, carnal, se acabaron nuestros problemas.

–Pues yo sé, carnal—le respondí mientras me sobaba los pelos de la cabeza—pero no hay. Puro camello y bien poca lana.

–Mire, carnal, tengo un amigo que nos va a ayudar, dice que es muy fácil.

–No nos vaya a meter en una bronca, carnal.

–No sea pendejo. Esto es seguro.

–¿Pos qué hay que hacer?

–Mire, pelada; bien papita. Fíjese bien. Nos van a dar unos pasaportes gabachos…

–No chingue, carnal, si estamos de mojadotes aquí—me acerqué por la ventana para ver la entrada de la casa tráiler.

–No, carnal, déjeme le explico. Si esto es bien seguro. Mire que se lo digo yo…

–¿Tú, cabrón? Si has estado en el bote tres veces.

–Escúcheme bien. Es sencillo, y muy seguro. Nos van a dar unos pasaportes gabachos pa cruzar droga—casi interrumpiéndose así mismo—.Pero no crea que va a ser complicado, porque los pasaportes que nos van a dar, me dice mi amigo, se parecen harto a nosotros. Dice que igualitos.

–¿Y cómo sabe que semos igualitos?

–Porque vio las fotos de la carne asada de Joaquinsito y…

–¿Y qué chingados le está enseñado las fotos de la fiesta de mijo?

–Eso es lo de menos, carnal, lo importante es que dijo que nos parecemos bien canijo, y así, si eres gabacho, ni quién te la haga de tos.

–Pos eso sí—me pasé de nuevo la mano por los pelos de la cabeza—Pero de todos modos está cabrón. Imagínese que nos cachan, a la chingada con toda nuestra vida aquí, todos los años de trabajo.

–¿Nuestra vida? Llevamos cuatro años chingándole como pinches burros para vivir como ciudadanos de quinta. Cuatro años escondidos, jalando sin seguro, sin prestaciones, sin nada. Con unas casas tráiler que parecen latas de atún.

–¿Y la troca qué, carnal?

–Carnal, vea allá afuera. Todo el mundo tiene muebles del año, de lujo. La troca ésa, seguramente era de un güero que la cambió por algo mejor, y usted ya se siente soñado porque se come las migajas del plato de un pinche gringo racista. ¿Qué no quiere vivir bien? ¿No quiere que sus hijos crezcan con buena educación, con salud, con buenos juguetes? ¿No quiere que conozcan Disneilandia? ¿No quiere una casa grande para su señora, carnal?

–Sí, sí quiero.

–¿Se acuerda cuando vivíamos en Real? Pura pobreza y hambre. ¿Se acuerda cuando estábamos en Matehuala, buscando trabajo en un restaurante, y que, sentado frente a la plaza, dijimos que nos íbamos a ir para el otro lado para buscar una vida mejor? Pinche chinga que nos metimos con el pollero, y vamos con todas las mugres, las viejas y los niños. Esta es nuestra oportunidad, carnal, nuestra oportunidad de vivir bien, por fin, nos lo merecemos.

–Pos sí.

­–Mire, piénselo y luego me dice

–¿Y cuánto pagan?

–Harto, carnal, harto. Na’más por cruzarla, 30 milas.

–¿30 milas? ¿Para los dos?

–Y si nos la aventamos a California, me dijo mi compa que nos dan otros 15.

–¿45 mil dólares para los dos? O sea que como… veinte, por ahí, ¿no?

–Sí, carnal, le digo, de aquí a vivir bien, como reyes.

Me raspé la barba con la palma de la mano. Era mucho dinero. Lo suficiente para mi familia y yo. Me sentí el bigote un poco largo, fuera del lugar. Mi carnal tenía razón, era vivir como reyes.

–Déjeme lo pienso y le digo mañana—contesté mientras salía del cuarto.

–Ya dijo.

-*-

Al día siguiente hablé con mi carnal por teléfono para avisarle que le entraba, pero que si algo salía mal, él sería el culpable de todo.

–No se preocupe—me dijo detrás de una pequeña carcajada—Yo le pago con lo sea si nos agarran.

A la semana llegó a la casa con los pasaportes. Eran azules, del tamaño de una cartera. En el lomo decía United States. Olían a cebolla cruda, y el mío tenía una mancha por atrás que ya había comenzado a arrugarse. Lo abrí y me fijé en el rostro del hombre.

–Ahora se llama Jaime Ruíz Gómez, carnal.

–No mame, carnal, pos si éste cabrón está bien gordo.

–No sea exagerado, no está tan gordo. Aparte, mire, también tiene bigote, como usted—puso el pasaporte, abierto en la fotografía, en seguida de mi cara—lo de la gordura se arregla, todavía tenemos dos semanas.

–Chingada madre, lo que me faltaba, subir de peso—dejé el pasaporte en la mesa de la cocina—Y para todo esto, ¿a dónde vamos?

–A  Ciudad Juárez

-*-

Dos semanas en McDonald’s. Subí lo que nunca en mi vida, pero el condenado de la foto seguía estando más gordo que yo. Parecía que la fotografía comía lo mismo. Mi esposa me preguntó que por qué tanto McDonald’s.

–Pos se me antoja, vieja. Aparte está bueno, y a Joaquinsito le gusta mucho.

–Tú andas muy raro, Ramiro, algo traes.

–Pero cómo crees, vieja. ¿Ya vas a empezar de celosa?

–Mira, mira, mira… ¿celosa? Pos serás Brad Pitt, cabrón. Tú andas tramando algo, Ramiro, lo sé. Tu hermano es muy pendejo, y tú no te quedas atrás.

–¿Le estás diciendo pendejo a mi carnal?

–No, cómo crees… les estoy diciendo a los dos.

–Ah, pues no le digas así, y menos a mí que soy tu esposo.

–Serás cabrón.

Dejé la soda en la mesa y me metí dos papas a la boca. Levanté la mirada para encontrarme con los ojos de mi vieja. Aunque ya no era la misma de antes, sus ojos conservaban muchas cosas de ayer. Era como volver al tiempo.

–Vieja, fíjate que un amigo de mi carnal nos consiguió un trabajito en la pizca, allá por Texas, y nos queremos ir esta siguiente semana, ¿cómo la ves?—le tomé de la mano tiernamente, como la primera vez que nos conocimos.

–Estás pendejo, no vas.

–¿Por qué no?—le solté la mano y eché los hombros para atrás.

–Porque ya tienes muchos años que no haces eso, de seguro te partes la madre.

–Vieja, no digas esas palabrotras en seguida de Joaquinsito—tomé del hombro a mijo y lo mandé a jugar afuera—es mucho dinero. Dice que un amigo de él ganó hasta veinte mil dólares.

–Ah, chingado ¿Pos qué robó?

–Puro camello, vieja, ándale, na’más son unos días.

–Deja veo, porque si te agarra la migra yo no te voy a estar juntado pa’l coyote otra vez.

Era en la mañana, muy temprano, cuando sonó el claxon. Por la ventana vi la mano de mi carnal recargada en la puerta con un cigarro. Me despedí de mi vieja y agarré mis cosas. Iba en una camioneta nada nueva, de hecho, estaba bastante cateada. Con unos choques en el frente y la puerta de otro color.

–Está madreada, pero sí aguanta. Súbete.

Eché la mochila y nos fuimos manejando hasta El Paso, Texas. En cada gasolinera, mi carnal me compraba un litro de soda, unas papitas grandes y un rol completo de canela.

–No se queje, cabrón, todo es un sacrificio por el bien de nuestras familias.

–Pues tú también sacrifícate, carnal.

–Ya con ver cómo engordas estoy pagando mi precio.

-*-

Cruzamos a Ciudad Juárez. Me dijo mi carnal que si nos preguntaba, la troca era de un primo que vivía en El Paso, pero que había sufrido un accidente y ahora le teníamos que comprar el mandado acá, en Juárez. Hacía un calor del demonio, y con los kilos que había subido, sentía como si trajera una chamarra de koala.

En el centro, un joven nos encontró y nos dijo que lo siguiéramos. Él caminaba por la banqueta mientras nosotros íbamos atrás de él en el mueble. Se paró en un garaje negro en donde comenzó a gritar. Pasó una patrulla, y yo sentí que me desmayaba. Pero el joven volteó y levantó la mano en forma de saludo. Los de la patrulla también levantaron la mano y se fueron. Un hombre corpulento abrió el portón y nos dijo que entráramos. Ya adentro, otro hombre, mucho mayor que los otros dos, nos saludó de manera bastante cordial. El hombre corpulento nos revisó de pies a cabeza, mientras el otro nos invitaba a pasar a lo que parecía una oficina.

–¿Se van a aventar todo el jale, verdad, cruzar y transportarlo hasta San Bernardino?

–Sí—dijo mi carnal.

–Muy bien—sonrió—, me imagino que ya saben qué hay que hacer, ¿verdad? Llegan a la línea, esperan a que los llame el migra, y enseñan el pasaporte. Es muy importante que digan “American, sir…”. Que no se les olvide—hizo una pausa para tomar agua y revisar por la ventana que todo fuera bien—Luego se van a San Bernardino. Aquí tienen un mapa. Ya allá, van a hablar a éste número. Hagan todo lo que les digan—me acercó un pedazo de papel que yo le di inmediatamente a mi carnal.

–¿Y el dinero dónde nos lo dan?—interrumpió.

–A eso iba. El dinero se los van a dar en cuanto se revise que todo está completo.

–Muy bien—dije yo.

–Eso sí—su voz cambió drásticamente—si me juegan chueco, la van a pasar muy mal. Nos gustan las cosas derechas, nada de tranzas. Si se van con mi mercancía, los voy a buscar y, créanme, los voy a encontrar. ¿Entendido?—levantó el dedo señalándonos—Ahora vamos para afuera.

El joven y el hombre corpulento habían terminado de subir todos los paquetes en un compartimiento en el fondo de la camioneta. El más fuerte, con una cajita en la mano, dijo:

–Jefe, faltó esto—no era muy grande, apenas y cabía en su mano—si lo metemos abajo, se revienta todo el marrano.

–Chingado—dijo el hombre quitándosela de las manos—Haber, préstame tu cachucha—le dijo al más joven. Luego tomó el paquete y me lo puso en la cabeza—No te muevas, gordito—la ajustó con la cachucha—Ya estuvo. Los gringos son bien pendejos, no se van a fijar. Y no se te ocurra quitártelo, porque te la corto—con el dedo hizo una línea en su cuello—Buena suerte y buen viaje.

-*-

Mi carnal me jaló a la camioneta y puso la reversa.

–No mames, ya valió madre, pinche macetota que se me ve en la cabeza.

–No se nota. Aparte, qué no oyó, son bien pendejos los gringos.

–Pero para esto no hay que estar pendejo, sino ciego.

–Ándele, no se mueva, que se le va a caer.

Condujo hasta el puente, en donde esperamos más de una hora. Aunque no era muy pesada, sentía como la cajita me iba hundiendo en el asiento como si fuera un ancla. Antes de llegar con el migra, mi carnal se volteó, tomándome del hombre, y me dijo:

–Todo va a salir bien, no se apure.

Sentí más calor de repente. Los ojos se me cerraron sin querer.

–Deme la mano, carnal.

–No sea pendejo, van a creer que somos jotos.

–Esos gueyes caen bien, ándele.

–Aquí no. Ya no se esté moviendo tanto.

Me miré de nuevo en el espejo. Me dio la impresión que había aumentado de tamaño. El semáforo está en verde. El hombre de la migra movió la mano para que avanzaramos. Saqué el pasaporte y miré por última vez el rostro. “Pinche gordo, deberías de estar tú aquí y no yo”, pensé.

–American, sir…

–¿Qué llevan de Juárez?

–Nada, sir.

Tomó los pasaportes y entró en la cabinita de revisión. Los pasó por la computadora. Comencé a sudar aún más. Las gotas se escurrían hasta mi barbilla. Por un momento pensé que iba a vomitar. El migra, vestido de azul, con una placa en el pecho que decía Campbell, dio la vuelta a la camioneta hasta donde estaba yo. Metió la cabeza por la ventanilla. Como pude, eché la cabeza hacia donde estaba mi carnal. “No vaya a oler algo, este cabrón”, pensé mientras recorría la mirada.

–Bájese, por favor—me dijo mientras abría la puerta.

Me desabroché el cinturón y bajé con cuidado. Me quedé parado frente a él, mirándolo a los ojos, eché la cabeza para atrás de nuevo. Sentí cómo el paquete se ladeaba conforme la movía.

–Párese allá—señaló con el dedo la parte trasera de la camioneta.

Mientras caminaba, apreté bien la cachucha a mi cabeza. A mi carnal también lo mandó hacia donde estaba yo. Nos quedamos muy juntos, cruzados de brazos, viendo con detenimiento cómo esculcaba en nuestras mochilas y revisaba por debajo de los asientos.

–Me voy a mear, carnal.

–Cállese, que nos va a oír.

–Esta madre me está matando, carnal.

–Chingada madre, que se calle.

El migra se levantó de repente. Caminó tranquilamente hacia nosotros, con sus ojos mirando directamente nuestras caras. Pensé que todo se había acabado.

–¿Qué es esto?—dijo mientas estiraba la mano.

–¿Un mango? –dijo mi carnal.

–Esto no puede pasar. Es ilegal.

–¿A poco? Chirriones, no sabía… No sabíamos, ¿verdad tú? –me dio un codazo.

–No, jefe, no sabíamos, me agarré el bigote—Digo, no sabíamos, sir.

–Lo voy a confiscar.

–Confísquelo—dijo mi carnal—ni modo, todo por un mango.

Se acercó a mí lentamente. Eché de nuevo la cabeza hacia atrás como si buscara algo en el techo que cubría las garitas.

–Si vuelve a pasar, los llevo adentro y les pongo una multa. ¿Entendido?

–Sí, señor—dije sin dejar de ver el techo—Yes, sir.

–Súbanse.

–Claro que sí, sir.

Nos trepamos en chinga y nos fuimos. Sentí mi cuerpo liviano, como una pluma. Me quité la cachucha y la dejé, con todo y paquete, en el asiento de atrás.

–Ve, le dije, carnal, pa-pi-ta. Nombre, ya me estoy viendo con la lanota que nos van a dar.

Tomamos la interestatal diez con rumbo a California. “Sólo diez horas más”, pensé, “y ya estuvo”.

-*-

En San Bernardino nos detuvimos en el primer teléfono público que vimos. Sacó mi carnal el pedazo de papel y marcó. Sonó unas cinco veces hasta que surgió la voz de una mujer quien nos dijo que manejáramos hasta un Home Depot que se encontraba por la misma calle. No estaba lejos, y sólo esperamos unos cuantos minutos hasta que llegó una camioneta bastante lujosa llena de gente. Aún era de noche y hacía frío. Al final, después de una serie de hombres que bajaban del vehículo, descendió una hermosa mujer. Tenía el cabello hasta los hombros, unas piernas largas y unos ojos grandes que le cubrían casi toda la cara. Me pidió las llaves y mi carnal se las dio inmediatamente. “Mamacita”, pensé, “está rebuena”.

Abrió la camioneta y, dudando unos segundos, quitó la falsa cubierta en el fondo. Con una señal rápida, tres hombres comenzaron a descargar todo. Se movían como cerillitos guardado el mandado. “¿Por qué aquí no hay cerillitos?”, pensé mientras los veía. Cuando terminaron, la mujer nos dio las gracias y se subió. Estaban a punto de irse cuando mi carnal se acercó a la ventana.

–Oiga, ¿y nuestro pago?

El hombre que ocupaba el lugar del piloto, lanzó un discreto gruñido. La mujer, sentada en medio, en el asiento de atrás, le tocó el hombro.

–Tenga—dijo mientras le daba las llaves—quédese con la camioneta.

–Pero si esta madre está bien vieja.

–Nadie me habla así—dijo la mujer en un tono bastante serio.

–Discúlpeme—dijo mi carnal—pero nos dijeron que iban a ser 45 mil dólares.

–¿Y esa camioneta cuánto cuesta?

–Pues—echó una mirada rápida, sosteniéndose la barbilla-como mil o dos mil dólares, algo así.

–Mire, así ya sólo les faltarían 43 mil más. Porque si no, entonces también me la llevo.

–No, pues no. Pero, ¿no tendrá para la gasolina, tan siquiera?

La mujer soltó una carcajada mientras volteaba a su derecha, en donde encontró una sonrisa cómplice.

–Claro—dijo—a ver muchachos, ¿cuánto tienen?

Todos se movieron rápidamente. Sacaban monedas, billetes, recibos viejos. Entre todos juntaron unos doscientos dólares.

–Con eso, y ya no la lloren, que pa’l pinche jale que hicieron. Dale Manuel—y se fueron.

Mi carnal se sentó en el marco de la puerta trasera de la camioneta. Una lágrima rodó por su mejilla que inmediatamente limpió con la manga de su camisa.

–Pinche vieja puta. Ojalá que se embarren y se muera—dijo mi carnal, con la mirada puesta en sus botas viejas.

–¿Ve, carnal? ¿Ve? Somos jodidos, y la gente nos trata como jodidos. Así somos y así nos vamos a morir, y nuestros hijos serán unos jodidos como nosotros cuando crezcan. Y si queremos hacer algo para dejar de serlo, sale peor. Somos unos pinches jodidos.

Levantó los ojos. Movió la cabeza arriba abajo.

–Vámonos, carnal, tengo sueño, y todavía falta un huevo.

Me recargué en la camioneta.

–Sí, ya es tarde—le puse la mano en el hombro—pinche vieja puta.

Nos subimos a la camioneta, y mi carnal se detuvo en un McDonald’s.

–No, carnal, no chingue. Lléveme a un Subway, que éstas pinches hamburguesas no las puedo ver ni en fotografía. Pinche engordadera dioquis.

–Pues haga ejercicio, carnal, no sea huevón.

El Subway estaba cerrado. A lo lejos pude ver que comenzaba a amanecer. Eché la cabeza para atrás y cerré los ojos. Mi carnal hizo lo mismo.

–Vamos a aventarnos una rolita, carnal—le dije para que se animara—total, na’mas nos costó un viaje y como quince kilos darnos cuenta que somos unos pendejos.

–Y jodidos, carnal. Echele Hermoso cariño, pues.

Cantamos hasta que el sol se coló por la ventana. El aire fresco comenzaba a desaparecer por una brisa cálida, pero mi carnal y yo seguimos cantando.

Alejandra.

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