Georgina Gudiño. Ciudad Juárez, Chihuahua.

Metió el dedo en la espuma caliente de su café. Estaba frío. Poco a poco lo introdujo hasta el fondo, y se encontró con un suave calor que lo envolvió hasta el nudillo. Lo sacó rápidamente cuando escuchó a Fernando a su espalda decir “¿Qué haces?” Le miró a los ojos en busca de alguna complicidad. Pero no, Fernando ya estaba cansado, y era la sexta vez que iba al baño desde que llegaron a la cafetería.

–¿Ya te quieres ir?—pregunta ella.

–No, ¿por qué?

–Pregunto.

–Estoy bien, en serio. Ya deberías de creerme, tan siquiera de vez en cuando.

La punta de su dedo tocó la comisura de su labio. Sintió el calor del café como si su cuerpo fuera una extensión de él. Cerró los ojos por un par de segundo. Los abrió sorprendida.

–No creas que estoy cansada. Sólo cerré los ojos para imaginar algo. No tengo sueño; me la estoy pasando muy bien. Te lo juro.

–No te preocupes; nunca pensé eso.

Fernando sacó de nuevo el teléfono móvil. Lo dejó en la mesa, junto a su vaso.

–En todo caso lo entendería, porque ya es tarde.

–No es tarde. ¿Tú te quieres ir?

–¿Otra vez?—respondió Fernando—No me quiero ir. Deja de hacer esa pregunta.

Se sintió ridícula. Es verdad, ya había formulado muy seguido esa pregunta. Si la hacía de nuevo, era porque estaba esperando que él respondiera que sí, que estaba cansado, que toda esta salida había sido un error y que nunca, en toda su vida, volvería a invitarla de nuevo.

–Parece que estás esperando que diga que sí me quiero ir—dijo Fernando.

“¿Me habrá escuchado?” Pensó ella.

–¿Dije algo?—preguntó.

–Pues preguntaste que si me quería ir.

–Pero después de eso—respondió ella.

–¿Cómo? No, sólo dijiste eso. ¿Por qué no hablamos de otra cosa, mejor?

–Sí, cuéntame de tu vida. Algo de ti.

Fernando limpió el borde de la taza con su dedo. La crema dulce se había transformado en una débil costra color marrón. Con la uña reparó los relieves.

–¿De mí vida? ¿Qué te gustaría saber?

–Lo que quieras.

–Es algo muy general, ¿no crees?—dijo Fernando con una voz que se hundía poco a poco en un abismo entre los dos.

–De tu relación con tu familia. ¿Es buena?

Fernando dejó la taza en la mesa, como el ancla de un barco. Junto con ese movimiento abrió los ojos, grandes, clavándolos en los de   ella. Era un gesto de cansancio.

–Es buena. Son unas personas bastante agradables, a decir verdad. Me llevo bien con todos.

–¿Con todos?

–Sí, con todos.

–Qué bien. Digo, qué bien por ti.

–Gracias –responió aliviado–Voy al baño rápido. No tardo.

Apartó la silla en donde estaba sentado y marchó por un largo pasillo hasta perderse entre la gente. Miró alrededor, barriendo cada rincón del restaurante italiano que ella había escogido. A su lado, una pareja se tomaba de la mano y reía. Pensó en las cosas que él debía decirle a ella, y en las otras que ella debía imaginar con él. Los podía ver desnudos bajo las sabanas, jugando como niños. Luego volteó a una pareja más joven. El hombre, un jovencito de no más de dieciocho años, levantaba las manos en el aire diciendo: “entonces el pájaro se echo hacia atrás y  fue el momento en que tomé la foto. Cuando la veas no vas a creerlo.”

A su otro lado unos amigos  reían. Atrás alguien contaba una historia. Un camello, un hombre y una mujer entrada en años salen de un bar. El hombre dice: yo voy con mi esposa e hijos. La mujer: yo voy con mi madre y mi padre. El camello: yo regresaré al bar; un camello alcohólico no se ve todos los días.

Fernando regresa. Extienda las manos en la mesa.

–Mariana, será mejor que nos vayamos.

–¿Pasa algo?—responde ella asustada.

–No, pero será mejor que nos vayamos. Te dejaré en tu casa.

En el coche Fernando no dice nada. Ella mira por la ventana capturando los neones que brillan como estrellas en la noche. El cielo está oscuro. Sus manos no pueden estar en un lugar, fijas. Las mete en su bolso. Entre su cabello. Las cruza. Nada parece ser lo suficientemente cómodo. Voltea hacia Fernando.

–Me la pasé bien hoy. Gracias.

Fernando detiene el coche ante una luz roja del semáforo.

–Qué bueno. Me da mucho gusto—regresa la mirada hacia el frente.

Ya en su casa ella dice lo mismo para que él también responda igual. Se baja del coche como un espectro es arrojado fuera de su cuerpo. Sus pies encuentran el piso y comienzan a caminar. Cada paso la aleja de él. Cada paso es como un pez que ve vaciarse su pecera. Voltea una vez más y se despide con la mano. Fernando levanta la ceja, discretamente, y pone en marcha el motor.

Mariana abre la puerta. A su espalda la lluvia se detiene. El cielo está oscuro como una boca profunda. Se sienta en el suelo, ya dentro, y comienza a llorar.

Alejandra.

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