Dedicado a quienes no podrán ver los mejores buenos día que vienen

Nadie puede decir que la vida de un pato es fácil, y menos un humano egoísta que se pasa toda la vida siendo un humano.

No, la vida de un pato nunca es fácil, y, en caso que lo fuera, no debería correspondernos a nosotros juzgarlo. Y es que con tantas cosas alrededor de la ciudad en donde vivimos, se nos ha olvidado preguntar por ustedes. Tal vez porque creemos que somos los únicos que sufrimos gravemente, mientras ustedes se la pasan nadando en el agua, preocupados de comer y dormir lo suficiente. Incluso llegamos a pensar que si tienen un problema con algún hermano pato, sólo se mueven a otra sección del parque. Lo cual sigue siendo ese pensamiento egoísta de humanos insolentes. Incluso hemos llegado a pensar que todos los patos son iguales, y, por lo tanto, todos deberían llevarse bien siempre. Si uno de ustedes enferma y fuera retirado de su lugar habitual, no nos importa pensar en qué lugar lo recogimos: lo dejamos en un montón de otros patos que tal vez ese pato enfermo nunca había visto en su vida. Entonces, además de convaleciente, no tiene a ningún amigo cercano con quien compartir sus experiencias, para luego andar solitario picando en el suelo una comida que no pretende encontrar

Qué pena me da mi especie cuando me comparo con ustedes y la manera en que los hemos convertido por nuestra necesidad de no tomarlos enserio.

Recuerdo aquella vez que Mayra y yo íbamos corriendo cerca del lago artificial y encontramos el cuerpo de un pato tirado junto un árbol, muerto, con la cabeza hundida en el agua. Por varios días el cuerpo permaneció ahí, estático, pegado al árbol y con la cabeza en el agua. Nadie se había preocupado por recogerlo, y nosotros tampoco nos molestamos en avisar. En ningún momento nadie midió las consecuencias de estas acciones en la comunidad patuna del parque.

Qué pena me da ahora que lo recuerdo.

Porque no hemos comprendido qué es ser un pato en una ciudad como esta. Sabemos qué es ser ingeniero, panadero, mujer golpeada, obrero de maquila, cura, violador, hotelero, narco, sicario, policía, soldado, incluso sabemos qué es ser pocho y chicano, jarocho y torreonero. Pero nunca un pato. Y nuestra única comprensión se reduce a “qué bonito pato, mamá” o “mijito, llévale este pedacito de pan”. O sólo “pobrecito, se murió”, para luego subirnos al automóvil y meternos en la ciudad humana que hemos construido. Una ciudad humana en la que a veces no podemos vivir ni siquiera nosotros. No quiero pensar cómo lo hará un pato.

Qué pena nuestra ciudad humana inadecuada para todos.

Pero lo sé, y por eso mismo, de un tiempo para acá, he tratado de comprenderlos. Tal vez por la razón que yo también me siento como un extraño aquí, no igual a un pato que camina perdido en una ciudad llena de motores y luces, pero algo parecido. Siento que deberíamos detenernos un poco a escucharlos para preocuparnos más por ustedes y menos por nosotros. Tal vez necesitamos más patos y menos Prozac; más pan molido y menos deudas; más lagos artificiales y menos maquiladoras; más cuac cuac y menos bang bang.

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