En una de estas famosas escenas de la primer entrega de El Padrino de Francis Ford Coppola, vemos a Vito Corleone esperando a una fila de personas con la intención de pedirle algún favor. Asesinatos, dinero, protección… A cambio, por supuesto, porque siempre hay algo a cambio, el padrino pide lealtad a la familia y un trato respetuoso hacia él. ¿No es este accionar una clara representación de la obscenidad política propuesta por Slavoj Zizek[1] que sirve como base a al estructura legal, y una postura contrapuesta a la política del espectáculo de los posmodernos como Maffesoli y Lipovetsky[2]? Debería ser la política en su forma más simple y real. No con los protocolos televisivos, ni los discursos preparados, sino una acción utilitarista sencilla en donde los hombres de poder se unen para hacer los pactos diplomáticos con el necesitado. Es, sin duda, la representación del poder fáctico ilegal.

Puede sonar controversial, pero sin duda esto es lo que México y Ciudad Juárez necesitan. La razón principal es la de no terminar siendo un intelectual más, de estos que Zizek acusa con el “seamos realistas, pidamos lo imposible”, en donde sólo se pide lo que no se puede alcanzar para mantener una forma de vida. Es verdad que por mucho tiempo hemos padecido esto, incluso en la actualidad persiste, por eso necesitamos que los líderes del narcotráfico intervengan de manera más inteligente entre ellos.

Las figuras recreadas por Mario Puzo, autor de las novelas que luego se convertirían en la trilogía hollywoodense, son personajes tomados, si se quiere, de la realidad nacional. Esto nos lleva a pensar en una pregunta que surge con la analogía: ¿realmente necesitamos policías o gobiernos que detengan el narcotráfico o un Vito Corleone generalizado capaz de organizar las mafias?

Recordemos otra escena: cuando Sonny, el hijo de Vito Corleone, es asesinado salvajemente por una familia contraria, la reacción es simple y dramática: llamar a todas las familias para detener la guerra. O, en otros términos, “Deja el arma, toma el cannoli”, es decir, corta el problema y hablemos. Talvez estoy siendo víctima del miedo. Es lo que menos me importa en este momento, porque todos en esta ciudad, en ciudad Juárez, están sumidos en el miedo.

Así que vayamos al grano: el problema del narcotráfico en México no es la droga (lo es, en un sentido figurativo, pero no es lo que nos preocupa tanto en este momento, porque la droga existe y, probablemente, existirá por siempre), sino las consecuencias perversas: asesinatos, extorsiones, corrupción, impotencia. La medida normal que los gobiernos toman es una lucha frontal, la guerra declarada. Lo cual no está mal, al contrario, está obligado a tomar este tipo de medidas, sólo que terminan siendo batallas ridículas que no concluyen nunca.

Vamos, ahora sí seamos realistas: lo que necesitamos es un Vito Corelone, o una mejor organización de las cabezas de los grupos de narcotraficantes. Y es que los que estamos en la ciudad sitiada, esta de la que habla el sociólogo Bauman, sabemos que la batalla se está perdiendo y nosotros, los ciudadanos desperados, no sabemos qué hacer. ¿Apostar por una seguridad pública más exigente, cediendo en mayor medida nuestra libertad? Algunos dirán que sí, y está bien, pero habrá un límite. Nos podemos esconder, podemos huir, pero nunca estaremos totalmente fuera de la línea de fuego.

Yo ya me di cuenta. Me di cuenta que el sueño de Mario Puzo se está convirtiendo en la única esperanza de Juárez.


[1] Es pertinente remarcar que la obscenidad destacada por Zizek tiene que ver con estos usos y hábitos que de alguna manera coexisten con la estructura real, es decir legal. Un ejemplo utilizado por Zizek es el ejercito: por un lado existen reglas a respetar, cargos, términos, jerarquías; por otro, un lenguaje soez, apodos, sentidos distorsionados.

[2] Muchos ven con desconfianza esta política del espectáculo, pues se sirve de elementos discursivos y de simple simulación para resolver problemas reales.

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