Cuando Darwin compraba su verduras, si algunas vez lo hizo, nunca pensaba en que la selección natural de la que hablaría unos años después ya estaba ahí presente. Su mano curiosa buscando el tomate perfecto, dejando atrás aquellos que no cumplían con el requisito de ser comprados. Escogiendo a unos cuantos supervivientes sólo por su forma y color. Dejando otros por estar aplastados o pequeños, o muy verdes o negros. El tomate perfecto no es la búsqueda platónica de un tomate ideal (que probablemente ni siquiera exista) sino aquél que supere a los otros. Que sea comprado ya sea porque el movimiento natural ha empujado a los destacables al fondo (una muerte lenta pero segura) o porque, en su efecto, ese tomate es el mejor de la camada. La búsqueda concluye cuando nos hemos hecho a la idea de tener los mejor tomates. Y, entonces, partimos con un falso orgullo de satisfacción.

En algunas ocasiones compraremos tomates porque, de un vistazo perdido, hemos visto su bello color envolviéndonos de una manera que nos convence y los llevamos. En otras, cuando es necesario llevar y la variedad es sumamente pobre, escogemos los menos peores. Aquellos sobrevivientes de una larga estancia en la trastienda. En otras tomaremos los que a simple vista destacan de los otros, sin ninguna búsqueda exhaustiva o metódica. El tomate perfecto, entonces, habrá de quedar ahí, entre los anómalos, esperando a la mano curiosa de un darvinista que visite el supermercado.

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