Qué terror con el cine.

El cine de terror estadounidense juega con la estupidez desmedida del estadounidense. Jóvenes brutos que corren sin cesar por un bosque hasta que, por fin, son alcanzados por un hombre de ultratumba, una mujer enana que se hace pasar por niña para engañar a varias familias para que la adopten, una nave espacial escondida bajo tierra por miles de años, un sureño fantasma, una anciana decrepita, un decapitado. Pero el problema es que ese ya no es el ingrediente del terror, sino lo contrario, su antípoda: el que corre, huye, escapa, se esconde… Ese es el verdadero terror estadounidense. El que por una cuestión fuera de cualquier forma humana, no es capaz de idearse una salida, deducirse alguna pista o buscar la escapatoria menos arriesgada.

No sólo se trata de una innovación tecnológica, fotográfica o musical. El guión, en el terror estadounidense, es un elemento omitido casi de manera natural. Situaciones absurdas con personas que, o son idiotas, o están muy lejos de la realidad que ellos mismos están viviendo. Son tan estúpidos, pero tan estúpidos, que si hubiera un concurso de estúpidos… vamos, hasta la historia para reverenciarlos lo es.

La última prueba de esto, sin duda, es La huérfana, que lleva al máximo este reciclaje de gente sin sentido común ante una situación ridículamente tétrica. Con una utilización del sonido y la imagen bastante bien aplicada, aunque también retomada de otras cintas, que no permiten darle forma a un guión que, aunque se esfuerza, no deja de ser un cúmulo de irregularidades, pastiches cansados y pésimas justificaciones argumentativas (además de soso, falso, flojo y sumamente ridículo).

Es como El orfanato, pero en una versión pésima y agringada totalmente, o como El ángel malvado, pero con un guión mil veces más incongruente y salido de un mundo de fenómenos de circo: unos extremadamente raros y otros demasiado retrasados.

¿Un reclamo? Para nada. A este tipo de cine ya le han reclamado más y mejores voces que yo. ¿Exigir un mensaje? Para nada, no creo que valga la pena, ya se lo han buscado otros, y de igual manera fracasan. Tal vez sólo una suma más. Una suma a que respeten, claro está, al espectador. Respetarle su inteligencia, si la tiene. Respetarle su lugar en el mundo del cine, el cual es sumamente importante. Respetarle su tiempo. Su espacio. Respetarle su dignidad para no salir de una sala contento ante una historia que no tiene ni pies ni cabeza. Pero, bueno, está demás. Ya muchos lo han hecho.

Sólo queda, entonces, pedir un respeto a los mismos productores: de que, al voltear la vista atrás, encuentren algo que valga la pena mirar. Respetar al guionista diciendo “no, gracias, pero eso no pasa”.

Cambiar de cine. La estética del hambre.

Las últimas películas que he visto tienen una peculiaridad: retratan la pobreza, la violencia extrema, la marginalización extrema, la indiferencia del primer mundo y la crudeza del último (por no caer en el cliché del tercer mundo, que por mucho los que vemos en la actualidad rebasa esa simple denominación).

He dedicado mucho tiempo y la búsqueda de este tipo de películas, que por momentos, cuando veo alguna producción hollywoodense, me siento un poco fuera de lugar. Me estoy acostumbrando a la lente sucia, a los presupuestos cortos y a pasar casi dos horas sin reírme un poquito porque no hay oportunidad para hacerlo.

¿Ver hacia la estética del hambre propuesto por Rodríguez? Robert Stam, en su libro sobre teoría del cine, dedica varios capítulos a este cine que nace de las favelas de los barrios de Brasil y los barrios argentinos.

La escafandra y la mariposa, Julian Schnabel.

Hay películas que te tocan la vida. Te tocan muy dentro, como si fueran pétalos de flores entre las venas. Tan despacio, tan profundo, tan claro. Hay películas… no, hay historias que el cine utiliza que llegan a cambiarte la vida incluso. El más reciente caso se llama La escafandra y la mariposa, una producción francesa que me provoca, todavía después de terminarla de ver por un tiempo, que las manos me tiemblen y la voz se me encierre en algún lugar de la garganta.

Podría escribir sobre ella, y no terminaría hasta dentro de dos meses. Es tan conmovedora, tan real, tan human. Llena de tantos matices, de escenas que te hacen sentirte bien al final del día, de recuerdos que se olvidaron, de cosas por hacer que se quedaron pendientes, de empujes para seguir empujando.

Jean-Dominique Bauby ha sufrido un ataque cardiovascular que lo ha sumido en algo que se llama síndrome de cautiverio, el cual consiste en estar encerrado en tu cuerpo, totalmente perceptivo, pero sin ninguna posibilidad de movimiento. Lo único que lo une con el mundo, es su ojo: cada parpadeo es un sí, un no, una palabra que debe ser buscada letra por letra. Ese cautiverio será su escafandra, su cárcel, su fotografía diaria al abrir los ojos. Pero Jean-Dominique tiene un objetivo: escribir un libro sobre su vida. En él contará lo que es estar encerrado, el hospital, el faro blanco con rojo, el amor que siente por sus hijos, por el teatro y por las obras de Alejandro Dumas.

Conforme su vida continúa, se encuentra con bellas mujeres que le hacen volver a creer en la vida. Mujeres que conocía y conocerá. Que le hablan cerca del oído, que repiten el abecedario cientos de veces para formar una sola palabra. Que le regresan un pedazo de vida, de humanidad, de amor. Serán mariposas, a las que él se comienza a convertir también en una. Se enamora de ellas por su perseverancia, por su amor a la vida; ella de él por su valentía, por sus ganas de pretender vivir con todos los enormes obstáculos que lo regresan a su silla de ruedas.

Sin duda, una de las producciones cinematográficas más bellas y conmovedoras de mucho tiempo, que encuentra a su similar en la cinta Mar adentro, en donde también un joven que sufre un accidente encuentra su lado más humano y poético cuando se enfrenta al cautiverio de su propio cuerpo.

¿El mensaje? No sé, pero creo que me surge uno: volver hacia atrás, hacia el origen de nuestro adentro, también es una forma de comenzar a vivir.

El olvido de la razón, Juan José Sebreli.

¿Por qué leer este libro, que es un recorrido crítico por la filosofía europea contemporánea, de Schopenhauer a los postescruturalistas? Es decir, ¿por qué este, y no otro? Hay un par de buenas razones: porque leer otro libro, sería no leer a alguien que no es Sebreli, por lo que nos lo perderíamos. Porque, además de ser reflexivo, nos da verdaderos elementos de crítica a los filósofos pilares de la segunda mitad del siglo XX. A diferencia de otros libros, este realmente tiene la función de buscar en lo más profundo de las raíces de la filosofía, para atacarla. No le rinde cuentas a nadie, porque Sebreli tiene esa peculiaridad, ni le debe a nadie nada (y en caso de que así fuera, tal vez a Jean-Paul Sartre, quien, de hecho, no defiende, sino que destaca).

El olvido de la razón es un libro que tiene la función de abrir puertas. Y el que se encuentre con él se dará cuenta que no se puede ser indiferente ante el conocimiento, que los proyectos de la razón comenzados en el siglo XIX con el pesimismo alemán, hasta los sesentas franceses, muchas veces fueron construidos en bases bastante frágiles.

Es mirar eso, la razón, con otros ojos. Ojos que no quieren ser la repetición de lo que se ha dicho, que se ha repetido, y se ha convertido en ley.

Con las alas rotas (2002), Mir Bergman.

Esta película de Mir Bergman tiene que ser vista en fragmentos. Como si fueran poros que se unen por pedazos de silencio y piel. En fragmentos porque a veces es excelente, y en otras se pierde en clichés que la vuelven una de esas películas que obliga el discurso a ser parte de algo que no es realmente.

Con los brazos rotos es la vida de una familia que ha perdido a un miembro: al padre y esposo. Poco a poco los lazos que la unían se comienzan a desaparecer, y todos, de alguna manera, se culpan por ello. Rehacer su vida no será fácil, incluso imposible, pero a veces, y eso se le agradece a la película, los caminos a la felicidad no siempre deben llevarnos al objetivo. Es decir, que con pensar que queremos paz, ya la hemos conseguido.

Es una excelente película, bastante recomendable, con un montón de premios, una buena fotografía y unas actuaciones infantiles bastante interesantes. Y cuidado con Israel, que en los últimos años ha dado sorpresas cinematográficas, tal vez es hora de ver por allá, sólo para desacostumbrar al ojo.

En el nombre del padre y el nombre del padre.

De acuerdo con Jacques Lacan, Sigmund Freud tuvo un gran descuido al dejar a la figura paterna como un eterno rival del hijo en la lucha por la madre. Para Lacan, la recuperación del padre consistía en una verdadera revolución, pues el padre es quien dará el permiso al hijo para nacer, crecer y desarrollarse. Desde que es un niño indefenso, e incapaz de defenderse así mismo, el padre será el responsable de otorgarle el nombre, es decir, la identidad.

En la película En el nombre del padre (Jim Sheridan, 1993), estalarizada por el talentoso Daniel Day-Lewis, vemos a un joven irlandés despreocupado de la vida ser acusado de un ataque terrorista en una ciudad inglesa, junto con otros tres jóvenes, el cual nunca cometió. Estaba en el lugar equivocado en el momento equivocado. Su padre, al querer ayudarle a salir de prisión, también es condenado por complicidad, y ahora los dos juntos pasarán el resto de su vida dentro de una cárcel de manera injusta. El escenario son los conflictos de los setentas entre los grupos radicales de Irlanda contra Inglaterra (el famoso IRA), por lo que el joven  es tomado como un chivo expiatorio, sometiéndolo a constantes torturas físicas y mentales hasta que decide adjudicarse la culpa para que su familia no sufra ningún daño. Desde el inicio, padre e hijo comienzan una guerra mediática para probar su inocencia. Pero no será hasta que una abogada tome el caso y dé con una declaración del hombre detrás del teatro para poder liberarlos, demostrando su inocencia y la corrupción del sistema británico.

Volvamos a Lacan.

El padre de Jerry, el joven acusado de terrorismo, y sentenciado a cadena perpetua, siempre le acompaña como una sombra/conciencia que le recuerda cómo se debe comportar y las cosas que debe de dejar de hacer para no meterse en problemas. El padre, de acuerdo con la argumentación de Lacan, le ha dado su nombre, sólo que Jerry se escapa de él: no quiere saber nada, de su responsabilidad como hijo, porque prefiere vivir en el margen. Lo interesante de la película es que Jerry, el hijo rebelde, niega el nombre del padre, no de su padre directamente, sino del sistema patriarcal que lo quiere castigar.

No nos compliquemos mucho la existencia en esto.

Se cometió una injusticia, se encerró a un montón de gente inocente bajo el nombre de la ley y ahora ellos desean revertir los hechos. Es como si el padre punitivo diera su dictamen irrevocable. Esta figura es negada por Jerry: para él, la ley está equivocada. y no debe ser obedecida. Es decir, niega el dictamen del padre. Por eso, hasta que el verdadero padre muere, hasta que la figura del nombre del padre ya no está presente, Jerry decide luchar y cooperar con la abogada para limpiar su nombre y el de su padre. Es el momento en el que la figura paterna es cuestionada y la mentira que se había montado comienza a caer. Slavoj Zizek hace una reflexión sismilar de Jurassic Park, en donde el paleontólogo, al perderse con los niños, es sometido a la figura del padre representada por el hueso que cuelga de su cuello. Hasta que este hueso no se pierde, es decir, hasta que el nombre del padre no desaparece, el hombre no puede tomar decisiones, no es libre, y está sometido constantemente a obedecer sin cuestionar nada.

En la película, que retrata la delicada situación entre Iralanda y Gran Bretaña en los años setentas, aprendemos que la figura del padre, ese que da el nombre que creará la identidad, no debe ser vista como intocable y lejana. O, en otras palabras, que se puede trasgredir lo que se toma como natural no trasgredir. Que se puede cuestionar lo que normalmente está dictado a no cuestionarse. EL nombre del padre puede ser revolucionado y cambiar, todo depende hasta dónde lleguemos. En el nombre del padre, además de que el título hace referencia al culto católico, que cuando se persigna se menciona en el nombre… como un guardián protector invisible, encontramos una inspiración ante la debilidad.

Una recomendación viejita, pero clásica. Con música de Bono y una temática envolvente, se puede convertir en  una imporntante  película de culto sobre la historia universal contemporánea, si es que no lo es ya.Y debe ser vista como un buen comienzo ante cualquier intento de cambio social (aprovechando la coyontura por la que pasa Ciudad Juárez en lo referente a seguridad).

Las 10 de las 10…

En la revista Replicante, original de Tijuana, encontré un artículo que, por razones obvias, me veo obligado a poner. El título es bastante respetuoso con el lector: “Las 10 peores películas de los últimos diez años”. Pero no se asuste, estimado visitante, no son las diez peores películas de todos los tiempo, o, bueno, sí, pero no del mundo, sino de México.

Los críticos que llegaron a este acuerdo fueron: Alberto Acuña Navarijo, Francisco Arvizu Hugues, Jorge Ayala Blanco, Jesús A. Castañeda, José Felipe Coria, Javier Marías, Raquel Romero, Héctor Villareal, Rogelio Villareal y Naief Yehya.

La lista es la siguiente:

Primero, antes de ir con el número diez, las películas mencionadas por el jurado que no aparecen en la lista:

Adán y Eva, Vivir mata, Kilómetro 31, El viaje de la nona, Niñas mal, Tiempo real, Así del precipicio, Matando cabos, Nicotina, Dramamex y El búfalo de la noche.

10. Voy a explotar, de Gerardo Naranjo.

Una película idiota de dos chavitos con serios problemas de actuación. Un guión chuleteado de un millón de películas más viejas y mejores. Un merecido lugar número diez (inmerecido, también, porque seguramente debería estar en los primeros cinco). Vamos, es de esas películas que da coraje ver.

9. El coronel no tiene quien le escriba, de Arturo Ripstein.

Adaptada de un libro de García Márquez que fácilmente se lee en una hora, que el director convirtió en dos.

8. La misma luna, de Patricia Riggen.

Me había rehusado a ver esta película por la simple razón de que me daba hueva. La vi porque la pusieron en el camión cuando regresaba de Cuatro Cienegas. Al terminar, me di cuenta que mi inconsciente tenía razón.No es mala, la verdad. Creo que está bien hecha. Pero tiene ese algo que la hace un producto telenovelezco chafa, idealista, mal armado y que busca, por medio de la relación madre-hijo, tocar la sensibilidad política de dos mundos dispares.

La crítica de Felipe Coria es que, en su afán de dar un lugar digno a los espaldas mojadas que van a Estados Unidos, banaliza la situación a un grado ridículo.

7. Babel, de Alejandro Gonzáles Iñárritu.

Voy a ser honesto, a mí me gustó la película. Creo que Iñárriu es un buen director de escena, tiene un buen equipo de fotografía y Arriaga sabe lo que hace cuando escribe. Pero cuando la inminencia de Javier Marías dice que pensemos dos veces la historia, y, lo hacemos, nos damos cuenta que todo el gran teatro que se había construido, se cae a pedazos.¿De cacería en ese desierto marroquí, donde hay dos cabras y tres pajaritos volando? Chin.

6. Un día sin mexicanos, de Sergio Arau.

¿Vale la pena decir algo de esta película, en serio? Esto aplica perfectamente a lo que Hegel llama la doble negación, es decir la negación de la negación. Es decir, un patriotismo enraizado en un antipatriotismo gringo. ¿Y si un gringo, un republicano evangelista, hiciera una película en donde los gringos desaparecieran de nuestras vidas, con el subtítulo: “El mundo va a llorar de miedo”? No, demasiado gringo… ah, es cierto, pero esta es demasiado aztecoide.

5. Y tu mamá también, de Alfonso Cuarón.

Vestigios de que las divas no son divas hasta que alguien las hace. Es una buena película, y, la neta, creo que los críticos se pasaron al ponerla en quinto.

4. Déficit, de Gael García Bernal.

Ayala Blanco, mi crítico mexicano predilecto, y crítico voraz de la f’romula DL&GGB, dice: no se sabe si es un homevideo sin imaginación o un documental de la vida cotidiana de los protagonistas.

3. Todos los días son tuyos, de José Luis Gutiérrez.

Dos, dos… he visto peores. No la recomendaría. Creo que ni siquiera diría que la he visto.

2. Arráncame la vida, de Roberto Sneider.

El jurado coincide que, para empezar, la novela es bastante mala, la historia no tiene buena argumentación y Ángeles Mastretta es un honorable representante de la subliteratura femenina. De la película, que tiene una mala dirección de escena y una pésima actuación.

1. Rudo y cursi, de Carlos Cuarón.

De nuevo Ayala Blanco, y de nuevo Diego y Gael. Ayala escribe que esta película finaliza el proceso de volver insoportables a las nuevas divas mexicanas. Por su parte, Castañeda dice que es un regreso a las viejas películas del chánfle, con dos futbolistas estúpidos que hacen todo lo posible por la fama, incluso lo necesario para dejar de serlo.

Lo mejor, la canción de Rudo. Una película para el olvido, con una canción que vivirá en nuestros recuerdos.

Coincido en algunso casos, aunque en otros, honestamente, creo que les ganó más el coraje y la crítica antinstitucional que otra cosa. Dudo que Babel o Y tu mamá también deban estar en los lugares que les corresponde. Tampoco creo que Gael García y Diego Luna sean tan asquerosamente malos como para que aparezcan cuatro veces (dos, en el caso de Luna).

Beto dijo algo cierto: el cine es para disfrutarlo. Y creo que tiene una razón religiosa. Pero también debo defender la postura de los críticos, y en especial los que respaldan esta lista, pues no podemos seguir pensando que el cine mexicano deba vivir bajo la sombra de los buenos viejos tiempos. Es la tarea del crítico exigir mejor calidad en los que se produce. Y en este caso, exigir más a los que llevan la bandera de “cine mexicano” en el mundo. Es cierto, nuestra tarea como espectadores y clientes, es la de consumir, y la tarea de los críticos es remarcar los errores para que estos no se repitan. No se trata de sólo pensar si gustó o no la película. Decir eso es tan grosero y estúpido como pensar que una buena película es la que vende más (o que un buen vino es el que te emborracha más rápido). El cine tiene que ser respetado como arte, no como producto en venta, y el ser severos con Iñárritu, los Cuarón, Luna, García Bernal… es ser exigente ante la responsabilidad del buen cine.

No se trata, estimado lector, de pensar en hacer leña del árbol caído (o patear la tumba del muerto), en otras palabras, criticar lo nuestro por envidia o por malinchismo de cuarta. Se trata de cine, así de simple. Cuando se haga publicidad, un comercial para Coca Cola o Home Depot, perfecto, hablemos de funcionalidad y resultados comerciales. El cine no es eso. Y es cierto, el espectador mexicano aún está muy lejos de estar en un lugar crítico hacia el cine, pero dejemos que los que saben hagan su trabajo, levantando la voz a los que ahora representan el cine mexicano.

La teta asustada (2008).

Fausta sufre de una extraña enfermedad que su madre le trasmitió cuando nació. El padecimiento es perder el alma, pues se nace con tanto miedo que sólo se puede huir. Antes de nacer, su padre fue asesinado y su madre violada repetidas veces y obligada a comer el pene de su esposo muerto. Ese miedo trasmitido por la teta asustada, imposibilita a Fausta en su vida diaria: no puede caminar sola por la calle, siempre tiene que estar pegada a una pared, y, para no ser violada por un hombre, ha metido una papa en su vagian (la cual ha comenzado a crecer y a causar problemas graves de salud en ella).

Fausta iniciará un largo recorrido en busca de su alma a través de perdonar a su pasado. Conoce a una pianista quien le da trabajo y un jardinero que, por medio de las flores, le hace percibir la vida en sabores más dulces.

Sin duda, la obra más representativa de Claudia Llosa, es una película que estamos obligados a ver. Retratada de una manera impecable, en donde convive lo mágico con lo crudo, es por mucho una de las mejores obras de América Latina en los últimos años.

Les dejo el trailer.

Teeth y W.

Hay dos películas con las que he coincidido de manera casual. W., de Oliver Stone y Teeth, de Mitchell Lichtestein. La primera es una biografía poco amable de la vida poco amable de George W. Bush. En ella conoceremos al expresidente de Estados Unidos desde sus tiempos más locos en la universidad, sus constantes fracasos laborales, su actitud egocéntrica y explosiva y sus años llenos de errores y descuidos en sus dos mandatos. Oliver Stone, excombatiente en Vietnam, desde un principio se pronunció en contra de Bush, lo que, seguramente, lo empujó a llevar su vida al cine antes que algún grupo episcopal que hubiera hecho de éste villano mundial, un héroe local.

La otra película, Teeth, retrata la vida de una chica, obsesionada con conservar su virginidad, que ha nacido con la vagina llena de dientes. Lo primero por destacar es la forma en que trae el estilo de los viejos filmes de los cincuentas en Estados Unidos con toques sobrenaturales: insectos gigantes, cerebros voladores y campos de maíz radioactivos. Esta impresión la vemos desde el paneo inicial por una verde suburbio, terminando en un planta nuclear hasta bajar a la casa donde una pareja toma el sol mientras los niños juegan en la alberca. Lo que la pone al margen es que no sólo imita el género del cine sobrenatural de carretera, sino que lo satiriza. El hecho de ser una comedia terror termina con cerrar el círculo de las viejas películas en donde el misterio envolvía la historia siempre bajo un velo de incertidumbre.

¿No son estas dos películas un crítica atroz a la cotidianidad Estado Unidense desde una visión completamente irónica? Bush, el expresiente, es mostrado como un clown que detona emocionalmente de todo, y que en cada reunión, auqnue sea para planear la guerra en Irak, termina con una oración. La pequeña chica del suburbio visualiza su castida en la forma de su vagina detanada, pero no como parte de ella misma, sino como algo fuera de sí, independiente, vivo. Diderot alguna vez escribió sobre una vagina parlante, lo cual no está para nada lejos. Tal vez los fanáticos de Gilles Deleuze debería ver esta película.

Tanto la vagina con dientes como el exmandatario convertido en un chiste de sí mismo viviendo a la sombra de su padre, son, como luego lo tomará Zizek, órganos sin cuerpos: libres, pero condenados a no ser más que extensiones incompletas.

Las recomendaciones de hoy, de su buen amigo y compañero Sammy Pérez… digo, Juan.

París, Texas, Wim Wenders.

Hay filmes que llegan tarde. Muchos años después que se rodaron, se mostraron, se galardonaron y pasaron a la lista de las mejores películas de la historia. Eso me pasó con París, Texas (1984). Una buena road movie que retrata la vida de un hombre misterioso que derepente llega a la de su hermano, cuatro años después de haber desaparecido sin dejar huella, abandonando a su único hijo. La historia es buena, y no será hasta el final que se endereza: es decir, se reivindica ante una situación anomarl sin explicación.

Es la recomendación de hoy, una recomendación que llega muy tarde, talvez demasido, pero que no deja de ser una recomendación bastante recomendable.

The burning plain, Guillermo Arriaga.

Qué otra cosa se puede esperar de Guillermo Arriaga. Una película seria, dramática, llena de muertes trágicas, amores fallidos y humanos que, desde Babel, no entienden nada de lo que dicen cuando tratan de comunicarse. Cuando supe de la nueva película de Arriaga, no esperaba otra cosa.

The burning plain (2008), dirigida y escrita por Arriaga, está entre ser una buena película y una más. La fotografía es, como se puede esperar de él, excelente, y los colores contrastados en el tiempo entre el azul del presente y un amarillo cálido para el pasado son un detalle simple pero que se agradece.

El guión, escrito especialmente para cine, nos lleva a la frontera entre el amor y la salvación. Comienza: una mujer, quien vive con su esposo y cuatro hijos, se ha enamorado de un mexicano pobre. Con él inicia una relación emocionalmente fuerte que opaca y descuida la que lleva con su familia. Su hija, quien la ha descubierto, se convertirá en el elemento de salvación personal de su madre y su amante. La hija es el Judas secreto, que ha pagado el nombre de su madre por el bien de un amor eterno. Pero que luego ella pagará su salvación buscando relaciones vacías con hombres que sólo quieren acostarse con ella. Slavoj Zizek propone una lectura similar al filme Breaking the waves (1996), en donde la protagonista busca su salvación y la de su esposo a través de relaciones peligrosas y promiscuas.

Sin duda no nos va a cambiar la vida, pero el discreto Arriaga, que a diferencia de su compañero de fórmula por tres filmes, Iñárritu, poco a poco construye un estilo nuevo y viejo, original y desgastado, un nombre que tiene la referencia de hacer las cosas bien, paso a paso, sin prisa.

Arriaga es tan Arriaga. Formal, con poco sentido del humor y sin ser integrado en la lista de los tres directores mexicanos (en la que tampoco está Reygadas) que le han cambiado el rostro al cine mexicano a nivel nacional (Cuarón, del Toro e Iñárritu).

I’m a cybork but that’s ok, Park Chan-wook.

Hay películas que no pueden pasar desapercibidas. Es imposible no darse cuenta del impacto que logran tener en uno. Esta película, que terminé hace un rato de ver, tuvo ese efecto. Estoy hablando de “I’m a Cyborg, but that’s OK”, de Park Chan-wook, una producción de Corea del Sur de 2006 que tiene una propuesta muy original en contenido y forma. Hecha con toda la mano, y ese estilo oriental que tanto nos gusta, que lo vuelve un filme único, original y muy, pero muy, propositivo.

Con una trama tan original como “Atrapado sin salida”, por  retratar a una chica que, por creerse un cyborg, llega a un manicómio en donde conocera a un lista de personajes únicos; un estilo tan bello como las películas de Kim Ki Duk y con una implementación tecnológica que Stanley Kubrick hizo famosa.

Una recomendación más de su amigo Juan Fernández. Y si son bien macanas como yo, la pueden ver gratis en cinetube.

Crónica del pájaro que da cuerda al mundo, Haruki Murakami

Con esta, sería la tercer novela que leo del laureado escritor japonés Haruki Murakami. Quien, junto con Banana Yoshimoto, se ha convertido en el más importante referente de la literatura nipona. Y le cae. Es decir, le sienta bien. Talvez será, desde mi punto de vista, porque recupera dos tradiciones de escritura (¿en verdad lo hará, o es sólo una necesidad interpretativa mía?): la oriental (silenciosa, hermética, un poco fría) y la estadounidense (espiritual, solitaria, la búsqueda del amor).

Pero no es esto lo que hace de la tercer novela leída por mí de Murakami lo que me hace escribir esto. Es la novela por sí misma. La historia comienza con la vida de un joven casado y desempleado, quien recibe una extraña llamada telefónica. De ahí, se pierde el gato, descubre un pozo en un callejón a la vuelta, su esposa se fuga, y un par de mujeres psíquicas lo comienzan a visitar. No quisiera entrar en detalles con la historia. Sólo puedo decir lo mínimo: es un libro de lectura obligada. Talvez sin ser fiel a la literatura portátil de Vila-Matas, pues la novela son más de novecientas páginas, no debemos temer a la cantidad. En un par de sentadas habremos terminado.

¿Por qué leer Crónica del pájaro…? Porque es un lugar ad hoc. Como un pozo, en donde descendemos para estar solos y entender nuestros silencios. Porque todos los personajes que circulan ahí han nacido más de una vez. Han nacido tantas veces que llega un momento en que una sola persona habla miles de otras voces. Porque el amor de una sola persona es capaz de atravesar los miedos más crueles, las historias más oscuras y las situaciones más peligrosas, aunque al final la historia de amor quede inconclusa. Porque todos buscan algo sin saber bien qué.

Crónica del pájaro que da cuerda es un regalo bien merecido para todos aquellos que lo lean.


Luis Alfonso Herrera, Juárez: el desgobierno de la ciudad y la política de abandono. Miradas desde la frontera norte de México.

Antes de empezar

Me es demasiado difícil escribir la reseña de este libro. Incluso, si soy honesto conmigo mismo, no creo ni siquiera que se acerque a lo que una reseña pretendería ser. Conozco a Luis desde hace muchos años, no tantos como parecen, pero sí los suficientes para llamarlo amigo (tiempo suficiente como para soportarme por dos meses en su casa en Barcelona). Pero si algo se ha respetado en nuestra amistad, es la honestidad con la que hablamos acerca de nuestras ideas y escritos. Me justifico, entonces, diciendo que esto es un acto de rectitud a nuestra amistad. Que si no se acerca a las reseñas que los “amigos” académicos hacen entre ellos, es porque, tanto él como yo, nos hemos tomado bastante en serio nuestro oficio de pensar y escribir.

Leí el libro El desgobierno… unos días antes de salir a Barcelona; de hecho, tomé los últimos apuntes en el aeropuerto de la Ciudad de México. Pero no fue hasta que pasó más de un mes que decidí hacer una reseña crítica al libro, y me metí de lleno a él. No puedo decir que me desencantara lo que encontré ahí, sino sentí que había una línea bastante marcada entre lo que estaba escrito y lo que yo pensaba. Iba en el tren rumbo a la Universidad y, como si pasara por una estación a otra, recorrí parsimoniosamente cada una de las páginas. El resultado fue el siguiente.

Escribir

No quiero detenerme mucho aquí, esto de la forma (que me suena bastante estructuralista) de escribir sin duda tiene que ver con estilos y ritmos, pues todos buscamos en el libro un estilo identificable. Podemos ser invitados a las palabras de una infinidad de formas, por eso el escritor hace una obra viva dispuesta a seducir (en términos incluso de Baudrillard) al lector que se acerca a ella. Pero creo que esto, a muchos investigadores sociales y sociólogos, se les ha olvidado. Muchos se centran en escribir lo que hay que oír, decir cosa tras cosa como si se trata de un desfile militar estalinista. No se trata de un estilo, sino de una ausencia del sentido de la escritura y de la participación del lector. Creo que en repetidas ocasiones este libro pasa por esto: es demasiado sociológico. Y cuando no lo intenta ser, es como la risa falsa de la anciana amargada, que enseña los dientes podridos y arruga la boca como papel periódico mojado, porque caen en constante repeticiones y los párrafos no siguen un hilo conductor, y se extravían en momentos.

Esta ausencia del sentido de la escritura a veces hace que muchos cierren los libros: las palabras también se piensan, hay que verlas como ideas en búsqueda de una conclusión, que conspiran junto con el texto.

Pero no me quedaré más aquí: las formas son para los formalistas.

El libro

Primero comenzaré por explicar un poco lo que Luis hace en el libro: el recorrido por el interior de Juárez a través de dos conceptos, el desgobierno de la ciudad y la política de abandono. El primero, como se explica en el libro, consiste en una ausencia de gobierno (mando) en la ciudad, no negando que existen autoridades presenciales en ella, sólo que estas son incapaces de tomar el control. El otro concepto puede tener dos líneas de lectura, de acuerdo con el libro: el abandono de la política social, y lo que instrumentaliza el desgobierno. Aunque también existen otros dos puntos que el libro enfatiza: Juárez se encuentra, sino es que ya está, en una transición de ser una sociedad industrial a una de consumo; el otro es un apunte sobre la mujer en la ciudad, rescatando los bastante mencionados asesinatos sin resolver y su participación en la vida laboral, política, económica y social.

El recorrido histórico y actual concluye con un capitulo titulado La ciudad ideal, que se sumerge en una serie de propuestas para políticas sociales y de seguridad (más parques, museos, librerías, centros comunitarios, mejor transporte público y planeación urbana…), además de una serie de consejos para salir del desgobierno por el que atraviesa la ciudad. La hipótesis es un último resumen del libro, recordando el papel de la mujer y el paso acelerado que la ciudad ha tomada a al sociedad de consumo.

Cuando preguntan qué piensas

Desde el principio de la lectura, hubo muchas cosas con las que no estoy de acuerdo. Se me hizo un esfuerzo importante para descifrar la sociedad contemporánea juarense, pero en bastantes aspectos quedaba debiendo explicaciones y soluciones precisas. El concepto de abandono no me termina de convencer: creo que se queda corto, además de forzar demasiado los hechos para entrar conceptualmente.

Aunque lo que me detuvo desde el inicio fue la sorpresa de saber que Juárez está sufriendo desgobierno. Incluso me hace sentir un poco culpable de no estar al tanto de ella. Pero lo que me sorprendió aún más, es que no sólo está desgobernada, sino abandonada. La sorpresa irónica no parece surtir el efecto que la afirmación debería provocar. Y es que los mismos conceptos utilizados parecen caer en una inocente contradicción, pues se dice que existe un desgobierno total (sic), pero, a la vez, existe una “política” de abandono. Se quiere vaciar un vaso llenándolo: me suena que el desgobierno entonces sí tiene un gobierno, sólo que está mal encauzado. Aunque el problema principal del libro no es este, sino el hecho de estar dividido en partes que no tiene mucha congruencia, sino es que ni una, entre sí. Y en caso de que la hubiera, entonces sería porque los conceptos de desgobierno y abandono se han forzado de una manera que abarcan la transición de la sociedad industrial a la de consumo, y el papel de la mujer en la vida laboral, económica y política de la ciudad.

Es con el término “abandono” con el que más choco (y con las lecturas que hace de la teoría de sistemas y conceptos fuera de lugar, como caos, complejidad, autopoiesis: se podría extrañar a un Georges Balandier, por ejemplo). O no lo entiendo, o estoy en un grave desacuerdo. Creo comprender lo que se trata de decir con él (abandono como la ausencia repentina de algo o alguien…), admito que es la consciencia sartreana la que no me deja tranquilo. Siento que la debilidad del concepto consiste en ser un calificativo arbitrario, que adecua la realidad a lo que es, en vez de ser él resultado de la observación de lo social. Porque cuando se dice abandono, es porque, de alguna manera, se está “acogiendo” algo más: incluso la pregunta de quién abandona parece acabaría metiendo al concepto en un debate. El gobierno parece ser el culpable, si se relaciona con el otro concepto, el desgobierno, pero entonces ya nos habríamos perdido con la cita de Moisés Maimónides y las cuatro formas de gobierno.

Por algo termina siendo una acción inconclusa, como quedarse en medio de un dibujo sin la intención de terminarlo. Incluso se usa el ejemplo de la antigua Grecia para justificar que el abandono siempre ha existido, reforzando la idea de flexibilizar lo social al concepto, cuando se abandonaban los niños malformados por la belleza. No sé si esto entonces hizo que los griegos abrazaran lo bello con mayor ahínco.

El abandono, de acuerdo con mi lectura, es un dejar la ciudad a su suerte, cuando la suerte de la ciudad es también la suerte del que abandona: no se trata de un extranjero que llega, arrasa y huye. En lo personal, no creo que “abandono” represente, y menos de la forma en que es explicado, lo que pasa con un supuesto desgobierno: el proyecto de un grupo fue mal dirigido y mal planeado, con la intención de “no abandonar” a un grupo exclusivo. Y aún me enredo más cuando se relaciona con la sociedad sitiada de Bauman, si él mismo, en su libro, escribe de la anulación del afuera y el adentro en <<un mundo agotado>>: cómo se abandona si no hay hacia dónde ir.

Lo que creo que puede fallar aquí es ver la ciudad exclusivamente como los “de a pie”, mientras se olvida que los <<otros>> (si ellos son los otros), los de arriba, también son la ciudad: ¿entonces a quién se abandona? Aumenta la pobreza en Juárez como aumentan las familias ricas. Se cierran escuelas públicas como se abren privadas. Se abandonan niños como se adoptan. Se abandona la escuela como aumenta el ingreso de alumnos. Parece que este concepto de abandono trata de pasar por alto la idea de que abandonar es, como lo escribe Slavoj Zizek, un discurso victimario al estilo “¿Padre, por qué me has abandonado? Si es el mismo Dios quien está en la cruz”.

Lo que debería sumarse a la crítica sobre la transición de una sociedad industrial a una de consumo. Jean Baudrillard escribió que el consumo nace con la sociedad de masa; Gilles Lipovetsky no está muy lejos de esta afirmación, tampoco éste libro. Pues lo que se acusa no es el “consumo”, sino el “consumo occidentalizado”. Porque mantiene el discurso del pequeño negocio y su caída inminente ante las grandes trasnacionales como efecto de esta sumisión a la sociedad de consumo. La pregunta entonces es: ¿qué se hacía antes del consumo cuando se compraba ropa, comida y automóviles en la sociedad industrial? Entiendo que se hace la distinción entre consumo tradicional y consumo de masa, pero si se sigue la pauta del libro, entonces la sociedad de consumo está construida en una base de malos hábitos que se pueden reivindicar en cualquier momento si decidimos comprar en la tienda de la esquina. Y admito es esta parte la más convincente, aunque se aleje mucho de la idea central del libro, e incluso se contraponga a la misma idea de “abandonar”.

Cuando se mencionan los problemas coyunturales y estructurales, y la complicación cuando los primeros pasan a los segundos, es donde mejor me siento. Aunque, después de un rato, de igual manera, me vuelvo a perder. En el libro se menciona el temor que los feminicidios (coyunturales) pasen a ser estructurales. Pero, ¿cómo se hace para que el asesinato sea estructural? En una guerra étnica lo entendería: hay una razón profunda para que un soldado ataque a otro, que va más allá de las mismas reglas de la batalla.

En el libro, por ejemplo, se dice que el narcotráfico es estructural, mientras los asesinatos de mujeres no. No quiero ser pesimista, pero esto no me cuadra. Me parece que termina siendo una precipitación generalista y reduccionista, afirmando “mato porque aquí matan”.

El libro, que es la primera obra de Luis Herrera, tiene que ser leída (claro que se debe leer), pero con cuidado, ir despacio para no caer en algunos baches que sin duda son los suficientemente grandes como para dejar a una ciudad en el mismo lugar donde se encontró. Talvez esto se deba a que la parte de La ciudad ideal (la conclusión y aportaciones), no tiene suficiente fuerza: las propuestas en política social son bastante escuetas, y caen en lo mismo que el libro intenta criticar: un discurso político utilizado para ganar votos, pero que termina traspapelándose en algún lugar del escritorio.

Me gusta el esfuerzo de Luis, y las ganas que siempre demuestra para explicar las sociedades contemporáneas, aunque después de esto me doy cuenta que nos movemos por espacios distantes, pero siempre con la mira en el mismo objetivo.

Me quedo con la invitación al debate y la escritura, pues desde aquí también se pueden construir puentes de diálogo y entendimiento. Eso sí, cuando se decide escribir no hay marcha atrás. Pienso, incluso, en apostar por una escritura de compromiso militante. Pero esos ya son otros parajes.

Chuck Palahniuk, Nana

Pasemos primero a la historia: un hombre ha matado a su esposa e hija, pero él no lo sabe. En realidad, hasta ese momento, él es inocente. Se le inculpa por algo que él no cometió, hasta este momento, entonces huye y cambia su identidad: ahora es un reportero, uno bastante bueno, que cubre las repentinas muertes de bebes en sus camas. Se da cuenta que todos mueren placidamente mientras duermen, sin un culpable real. Pero esa no es la única coincidencia: en todas las casas donde amanecen los niños muertos está el mismo libro de poemas. Conoce el libro, él también lo tenía en su casa un día antes de que su esposa e hija murieran.

Va por el libro, se fija en una página separada y lo prueba, no hay nada que perder, con su jefe. Al día siguiente el jefe está muerto. La respuesta: uno de los poemas del libro es un nana, una canción sacrifical africana. Esto lo llevo directamente con una mujer que vende y compra casas. Pero no cualquier tipo de casas: casas grandes y viejas. También mató a su hijo, solo que ella sí lo sabe. Aunque en este punto de la historia, él también sabe que mató a su esposa e hija. Entonces los dos, junto con la secretaria de Helen, la vendedora de bienes raíces, y el novio de Mona, la secretaria, Ostra, un ecologista radical, van en busca de todos los libros disponibles en cualquier lugar del país. El problema es que Carl, el protagonista, al igual que Helen, han memorizado el poema y pueden matar a cualquiera cuando se les antoje, provocando una paranoia por las súbitas muertes de los que se cruzan en el camino de unos de estos dos. Matan a gente en la radio, a corredores nocturnos, locos en la calle, compañeros de trabajo…

La ambición de poder, ¿qué sé yo?, los hace ir en busca de un libro que contiene todos los demás conjuros de poder. Mona, la secretaria, y su novio, Ostra, logran hacerse del libro (el cual contiene conjuros para volar, hacer crecer la hierba, revivir a los animales, hacer hablar a los muertos…). Para resumir: Helen se enamora de Carl, sólo que Helen ha sufrido un problema: ha hecho un conjuro para cambiar de cuerpo (un policía viejo y negro) para sacar a Carl de la cárcel, después de entregarse por todos los delitos cometidos, y ya no puede regresar porque éste ha muerto. El viejo Helen y Carl van en busca de un par de chicos locos que hacen un montón de cosas locas por todo el país.

¿Hay moraleja en este libro de Palahniuk? Como cualquier cosa que este joven escritor hace, podemos apostar que sí. El autor de la novela en la que se basó la película El club de la pelea, es un crítico mordaz con una finura inigualable. No sólo habla del sistema, que ya los escritores de izquierda han hecho hasta el cansancio, de ellos y nosotros, sino que se va contra la misma crítica de la crítica. Ostra, por ejemplo, manda publicar todos los días unos pequeños anuncios sobre demandas colectivas contra grandes empresas, acusándolas de enfermedades, desordenes psicológicos o molestias causadas por consumir su servicio. Su razón es quitarle poder desacreditándolas.

Pero sin duda el punto nodal es la delgada línea entre la vida y la muerte: un pensamiento es más que suficiente para mandar a alguien al otro mundo. Vivir es tan frágil como no hacerlo. Por es el nana que cantan las madres a sus pequeños bebes antes de dormir, sin la seguridad de si despertaran al día siguiente, es la melodía con la que nosotros despertamos todos los días, con el café en mano y el control de la televisión en la otra.

Ryu Murakami, Azul casi transparente

La primera vez que leí el punto número siete, el último del Tractatus, de Ludwig Wittgenstein, me quedé sentado esperando que la respuesta surgiera por sí misma. La mente de un hombre tan polémico como solo podría ser Wittgenstein encerraba, con un par de palabras, el sentido sin sentido de la misma filosofía: “Acerca de lo que no se puede hablar, más vale callarse” (tomada de la traducción de Manuel Cruz, en su libro Filosofía contemporánea, aunque también se puede leer como “Sobre lo que no se puede hablar, debe callar”). Pero, ¿qué deberíamos callar si no es el silencio mismo?

Será el encierro de Wittgenstein en una vieja cabaña en Noruega o en el frente de la guerra Austro-Húngara la que terminaron con la imposibilidad de una voz que habla. No creo que la mente de Wittgenstein entendiera una lógica tan ilógica (incluso, me atrevo, no creo que entender sea la palabra más pertinente).

Cuando terminé la obra de Murakami pensé que no había otra salida más congruente que el “sobre lo que no…” de Wittgenstein. ¿Por qué? Porque la novela nos invita a callar.

Azul casi transparente es el paseo más perverso por la vida de unos jóvenes que, a diferencia del mismo Wittgenstein, buscaban la salida ilógica, si es que esta existía. No hay coincidencias cronológicas ni geográficas. No hay acuerdo entre unos y los otros. Hay un azul casi transparente que se asemeja más a la literatura de los cincuentas en Estados Unidos que tenía como base el jazz afroamericano y el trascendentalismo de Emerson y Thoreau.

La fórmula de Murakami es la misma de Wittgenstein: habría que decirles a todos que la vida feliz es buena, que habría que vivir una vida maravillosa. No es un resultado emergente, sino una entrada en crisis. Por eso Murakami se escapó de cualquier cosa que había leído antes (me llevó al límite con sus figuras eróticas, sus imágenes violentas y las visiones decadentes de un mundo en ruinas). Me detuvo en seco. Sin más ni más.

Pulp, Charles Bukowski

Siempre he temido a la crítica. Lo admito. Pero tampoco hago mucho para evitarla. Por eso no me quejo. Y sé que muchos (que ironía tan irónica), esperaban este momento. Conozco sus nombres y, si es necesario, los diré. Pero prefiero el placer de la sorpresa.

El primer libro que compro en Barcelona es la versión española de Pulp (versión, por no decir traducción, porque Anagrama es una experiencia aparte cuando se trata del inglés a español), del buen Charles Bukowski. Hace tiempo que no lo leía, y mucho más que no compraba algún libro de él. Las razones aún no las conozco, porque Bukowski es un compañero de viaje: es un lugar común.

La sorpresa de este libro, el cual es la última novela de Bukowski, pues al siguiente año moriría, me hizo sentir renovado. Como si siempre existiera la oportunidad de cerrar los ojos y recomenzar, y hacerlo con una novela detectivesca como esta es la mejor opción. Algunos podrán decir que la fórmula se repite una y última vez: el hombre perdedor, borracho, pesimistas con un mal trabajo y un historial de lo peor. Talvez sea cierto, no hay mucho que cambie, pero eso es lo que me gusta de mi lugar común. Si un día encontrara un libro de Bukowski como los que escribió Proust o Zola, entonces sabría que hemos perdido la batalla.

Aunque Pulp no es un lugar para nada común: una novela sobre detectives que no tiene mucho que ver con las otras historias de detectives. Nick Belane es un tipo duro: 55 años y tres divorcios, una oficina en Los Ángeles con su respectiva renta atrasada y una licencia como detective particular. Sólo que un día, sorpresivamente, toca a su puerta la muerte buscando al mítico escritos francés Céline, quien no ha muerto y se pasea despreocupadamente por las librerías de Hollywood. Por otro lado es contratado para seguir a un mujer infiel, un hombre acosado por extraterrestres, y, peor aún, al misterioso Gorrión Rojo.

¿Cómo negarse a una historia como esta? Es verdad, no es Raymond Chandler, pero ni Raymon Chandler es Charles Bukowski.

Que es por cuestiones personales. Es verdad, no lo dudo. Gustavo Sainz decía que siempre se escribe pensando en los amigos, ¿por qué leer no debería de ser lo mismo?

Susan Sontag, Sobre la fotografía

Si los libros fueran personas, sin duda alguna Sobre la fotografía de Susan Sontag tendría una personalidad despreocupada, alegre, simple. Un tipo de neoyorquino al estilo Manhattan de Woody Allen, con el sentido del humor punzante de Truman Capote y el cabello de Diane Arbus. Aunque, finalmente, terminaría siendo como Susan Sontag.

Si este libro fuera una persona me encantaría conocerla. Pero como no soy un experto en el tema, dejo que hable.

Algunas partes del libro que me gustaría compartir:

“Al enseñarnos un nuevo código visual, las fotografías alternan y amplían nuestras nociones de lo que merece la pena mirar y de lo que tenemos derecho a observar. Son una gramática y, sobre todo, una ética de la visión. Por último, el resultado más imponente del empeño fotográfico es darnos la impresión de que podemos contener el mundo entero en la cabeza, como una antología de imágenes”

“Fotografiar es apropiarse de lo fotografiado”

“La fotografía en un libro es, obviamente, la imagen de una imagen”

“La imagen quizás distorsionan, pero siempre queda la suposición de que existe, o existió algo semejante a lo que está en la imagen”

“Todo uso de la cámara implica una agresión”

“La ulterior industrialización de la tecnología de la cámara sólo cumplió con una promesa inherente a la fotografía desde su mismo origen: democratizar todas las experiencias traduciéndolas a imágenes”

“Sólo con la industrialización la fotografía alcanzó la plenitud del arte”

“Mientras personas reales están por ahí matándose entre sí o matando a otras personas reales, el fotógrafo permanece detrás de la cámara para crear un diminuto fragmentado de otro mundo: el mundo de imágenes que procura sobrevivir a todos”

“La cámara, como el automóvil, se vende como un arma depredadora, una arma tan automática como es posible, lista para saltar. El gusto popular espera una tecnología cómoda e invisible. Los fabricantes confirman a la clientela que fotografiar no requiere pericia ni habilidad, que la máquina es omnisapiente y responde a la más ligera presión de la voluntad. Es tan simple como encender el arranque o apretar el gatillo”

“Fotografiar personas es violarlas, pues se las ve como jamás se ven a sí mismas, se las conoce como nunca pueden conocerse; transforma a las personas en objetos que pueden ser poseídos simbólicamente. Así como la cámara es una sublimación del arma, fotografiar a alguien es cometer un asesinato sublimado, un asesinato blando, digno de una época triste, atemorizada”

Georges Balandier, Desorden: la teoría del caos y las ciencias sociales

Un antropólogo persigue la cola del caos. Es como si un meteorólogo se detuviera a contar las goteras de una vieja casa cada vez que pronostica el clima. No es absurdo, sólo irónico. Porque la ironía es un permiso para entrar a diferentes puntos sin ser un gran experto. Hablar con un pase directo, porque la ironía es cuando se dice algo sin decirlo.Con esto quiero decir: Balandier es un verdadero teórico del caos sin dejar de ser antropólogo, y, aunque no lo fuera, a quién le importa. Porque escribe con la autoridad con la que escribe Mandelbrot sobre los fractales, pero con la delicadeza de Marc Augé. Es un antropólogo escribiendo sobre teoría del caos y ciencias sociales. Y hago la relación con Augé porque creo, en profesión, los dos tiene mucho qué decir sobre todo desde una mirada irónica. El libro tiene como objetivo lo que muchos han perseguido por bastante tiempo: el caos y las ciencias sociales. Ahora, por problema de traducción (si es que así fue el caso), el término de caos es utilizado indiscriminadamente. Se usa tanto para explicar fenómenos de índole caótica, como para explicar situaciones de desorden (a-orden, es decir ausencia de orden). Lo que hace que una explicación anule la siguiente.

Cuando Balandier comienza, el caos está dentro de un espacio y tiempo, tiene un principio, un fin, una razón de ser. Después, cuando la relación con lo social empieza, el caos ya es una constante. Incluso es un factor activo de construcción. Pues cuando tradicionalmente el caos era parte de los ritos diarios, en las sociedades modernas consiste en la ambivalencia y ambigüedad de ella misma (incluso se le puede dar una lectura posmoderna, o de apertura a la posmodernidad).

Por otro lado, y aquí entra esto de la ironía, el mismo término no tiene que ser tomado muy enserio. Al final es un antropólogo dando una lectura interpretativa, nada más. Lo que sí debe de ser tomado en serio es la insistencia de Balandier para decir: “la sociedad tiene un origen y continuidad caótica, proviene del desorden y se mueven en él: un pequeño aleteo provoca un revolución”. Lo que nos obliga a mirar de reojo, aunque sea, a los teóricos del caos y sus aportaciones cercanas a las ciencias sociales.

El libro es bastante bueno, eso sí. El mejor, creo yo, que da una mirada del caos a través de las ciencias sociales. Aunque cambie rápidamente de connotación en el uso de términos.

Visión de paralaje, Slavoj Zizek

Hacia donde nos lleve un libro dependerá de qué tan lejos estamos dispuestos a llegar con él. Slavoj Zizek, en su Visión de paralaje, nos pone (me pone, y digo nos, para sentirnos cerca) la prueba de la dirección. Es como ese gato de Lewis Carroll que responde “No importa que camino tomes si no importa hacia dónde quieres ir”. Es decir, las opciones son infinitas y posibles. Los caminos existen y pueden ser tomados de manera abierta y sin compromiso. Los que yo he decidido tomar talvez no sean los mejores para abordar las lecturas de Zizek, pero qué importa el camino si no existe uno. Y en caso de que el camino existiera, al final se volvería victima de la paralaje de Zizek: el camino cambia si nosotros, los que caminamos sobre él, cambiamos. La estructura de lo posible es permanente (lo posible siempre será posible; lo probable no siempre será probable). La paralaje, escribe Zizek, es el cambio de visión de un objeto porque el sujeto que lo observa cambia. Es decir, lo observado permanece estático, el sujeto no; como el observador es el que determina lo observado, entonces al cambiar uno el otro también. Zizek parte con Kant y Hegel, lo que para nada lo limita a escribir de cine, literatura y música. Con su tono irónico y sardónico, recorre los paralajes de la ciencia, la física cuántica, Dios, la violencia, el racismo. No se detiene (¿en dónde podría detenerse en un camino sin camino? Un lugar sin lugar, cita Zizek a Mallarmé). Lo admito, en ocasiones me pierdo, no con él sino por él. Escribe como habla, algo bastante complicado si alguien le ha escuchado hablar. Toca los objetos observados desde diferentes ángulos, rincones de prismas que lucen diferentes con sólo cambiar de posición.

Así es Zizek, y hacia dónde nos lleve dependerá de nosotros.

El instante eterno, Michel Maffesoli

Para Maffesoli es necesario comprender el todo como una pared fragmentada, dividida en diferentes texturas y capaz que, a simple vista, le hacen ver entera pero que de cerca es una estructura resquebrajada en miles de otras pequeñas estructuras. La pared se sostiene por la interconexión de los fragmentos, pero sin que estos dejen de ser simples fracciones. Es decir, si lo social fuera la pared de Maffesoli, entonces las tribus posmodernas (concepto acuñado por él mismo en otras obras, incluso en esta) son los fragmentos quebrados entre sí. Es decir, una pared fragmentada sólo es vista con el lente de la tragedia, que a diferencia del drama se empeñaría en que cada pared es un individuo o en su efecto que toda la pared está fuertemente unida.

Pero el mundo físico difiere al temporal en la manera en que es percibido. Si esa pared se temporalizara, entonces sería necesario imaginarla como si de lejos fuera una cadena de sucesos unidos fuertemente, pero que, mirándola de cerca, se fragmentara en sucesos dispersos e independientes. Como si fueran las ruinas que el ángel del futuro ve a su espalda. Dicho de otra manera: una cadena de instantes eternos. Ambas percepciones se asemejan en ver lo que a simple vista parece unido en pedazos. Y este libro no es la excepción.

A diferencia de las otras obras de Maffesoli, este texto se interesa por la segunda: la temporalidad. El instante, lo efímero, lo pasajero, lo atemporal, lo momentáneo y fugaz. El libro es la reminiscencia de que el tiempo no es el compendio lineal como lo proponía la visión cristiana, sino fraccionado. Que no todo se mueve bajo el mismo péndulo, sino en diferente medidas. Cada pedazo físico correspondiendo a un pedazo de tiempo.

Y cada uno de estos surgiendo como si el otro no existiera; como una estrella fugaz que brilla y luego, tras dejar la bóveda celeste, se apagara indefinidamente. Una estrella empujada por un yo que rebasa al yo individual: el yo colectivo que nos acoge dentro de él, es decir, el yo-trágico.

Lo trágico que nos consigna a lo colectivo. Por lo tanto, el instante eterno es la detonación del Yo en un juego de intensidades. En un instante yo me convierto en el que está a mi lado. Una fiesta, un concierto, un rave, una manifestación: todos son ejemplos de momentos efímeros, pero que nos hacen sentir como si fueran a durar por siempre. En donde nuestras acciones más animales nos hacen sentir más humanos (Marx), y donde a la vez logramos difuminarnos entre los otros en ese gran colectivo.

Por eso Maffesoli insiste en el regreso (aquí yo estaría más de acuerdo en la exteriorización y no en una regresión) del sentimiento lúdico: el mito Dionisiaco. Que en primer lugar el autor llama regreso debido a que es lo que él caracteriza como la entrada a la posmodernidad. La intención de retomar el arcaísmo (en otras obras Maffesoli lo planeta como el regreso del nómada/bárbaro y las tribus humanas). Es decir, el regreso del mundo antiguo, que corrompe al mundo dramático de la modernidad (aunque corromper no debería de ser la palabra que mejor defina esta postura de Maffesoli, puesto que lo propone como alternativa a la modernidad y no como su aniquiladora).

Luego propone el sentimiento lúdico como la respuesta a la dureza que representó la modernidad. Maffesoli parte con una visión próxima a los rituales cotidianos que intentan romper con la linealidad del tiempo, es decir actitudes de indiferencia que caen en lo lúdico cuando son exteriorizado. Lo que no extraña para nada a Maffesoli, quien a lo largo de artículos y libros se pasea por la juventud de las grandes urbes mundiales siguiéndolos en sus diferentes panoramas y escenarios, identidades y tribus.

Y donde finalmente abarca a todos llevándolos de una plataforma física a la temporal. Los aleja del drama de la vida lineal, y los mete en un saco de tragedias efímeras y pasionales. Lo que nos hace pensar que Maffesoli es el sociólogo de la juventud posmoderna, luego que ha conseguido, a costa de descifrar el pensamiento nihilista del joven actual, que se ve culminado en esta obra.

El instante eterno de Maffesoli es la invitación más directa a vivir sin medida, romper con la amarras de una sistema complejo estructurado por encima de nosotros que nos dice dónde, cómo y qué hacer. Es el pase a las sociedad de consumo proveniente de los monstruos urbanos de los países desarrollados, donde lo cosmopolita se confunde con la posmodernidad, y la fiesta (el colectivo) con la humanización del mundo. El surgimiento del gran Yo donde todos somos el mismo es tan instantáneo como eterno, compartimos el pan (legal o no, dice Maffesoli). El gran Yo remite a la universalización más banal pero cierta. Ningún acuerdo político o comercial es tan honesto, tan cosmopolita como el de la unión dentro del cotidiano social. Es decir en lo anónimo y momentáneo, donde por un instante soy yo y el otro, y el otro es en mí. El fin último: la orgía.

Una frase que popularizaría el artista visual Andy Warhol era que todos tendremos quince minutos de fama. Sus pinturas, casi todas infieles copias del mundo de consumo de los Estados Unidos como latas de Campbell o cajas de Brillo, nos recuerdan a ese instante eternizado del arte pop. Warhol dibuja una lata que pasa de la despensa, al estomago del consumidor y por fin al basurero, pero que bajo las manos del artista se inmortaliza en un cuadro. Por eso las pinturas de Marilyn Monroe y Elvis Presley son tan particulares de un artista que pensaba que todos tendríamos esa efímera fama de quince minutos, una fama que luego sería interrumpida por el mercado o la muerte. Es decir, el instante de vivir eternizado en una pintura (o como lo ejemplifica Gaston Bachelard en El derecho de soñar “Pero Claude Monet sonríe de esa flor de pronto permanentemente. Fue a ella misma a la que ayer el pincel del pintor le dio la eternidad”)

Maffesoli nos invita a adentrarnos a un mundo que se mueve de cosas comunes, de platicas y reuniones, de cotidianos que suelen decir más que aquellos comentarios intencionados para provocar respuestas. El instante eterno, como diría el escritor mexicano Salvador Elizondo, es la muerte, por eso Maffesoli dice que vivir en el presente es vivir su muerte de todos los días.

Peter Singer, Un solo mundo: La ética de la globalización

Sin duda la globalización está en boga, por lo que se ha vuelto tema de discusión entre los más variados especialistas. Filósofos, sociólogos, economistas, psicólogos, geógrafos, demógrafos, etc. Todos aceptando el reto de discutirla y problematizarla desde diferntes ángulos.
Peter Singer, filósofo de origen australiano que radica en Estados Unidos, no es la excepción. Sus libros anteriores giran en torno a la ética (de la que se especializa), pero ninguno había tomado a la globalización como objeto de estudio.
Podría ser polémico, admito que en más de una vez me detuve para recomenzar (lo que no sorprende a Singer, de seguro, pues es uno de los personajes más polémicos del mundo), pero comprendí, ya después, que una lectura como la de Singer es incomoda desde ciertos lugares y posturas en el que se lea. Un tecnócrata progresista estaría a favor de él, mientras que un izquierdista radical lo rechazaría rotundamente. Incluso habría republicanos y demócratas que coincidirían con él, y otros que no. En África pasaría de largo, mientras que en Europa probablemente haga más ruido.
Al final, la globalización es provocadora de debates sobre ella misma, siendo una de las mejores cosas para comprenderle.

Aunque es importante remarcar: no busquemos en este libro una teoría sobre la globalización. No es Octavio Ianni, ni mucho menos Ulrich Beck. Es un filósofo que busca los alcances éticos de la globalización desde el mismo mundo. Rara vez le veremos citando a las grandes mentes de la globalización o descifrando las incógnitas que la globalización ha traído. No. Es un libro que se asemeja mucho más a la Tierra explota del italiano Sartori, incluso al Estúpido hombre blanco del documentalista Michael Moore.
No es un guía de confrontación, y dudo que busque serlo (como por ejemplo lo fue el de La liberación animal con el cual se le consideró el hombre más peligroso de la tierra).
Su intención es comprender dos cosas básicas: el mundo se reduce y sistémicamente todo lo que hagamos repercute en su totalidad; las soluciones deben pensarse globalmente para realmente incidir en un cambio.

Plantea situaciones bajo cuestionamientos éticos: ¿Salvar el mundo arriesgado a un pequeño grupo que sabemos a la larga puede acabar con intereses políticos internacionales de estabilidad a pesar de ser parte de nuestra historia y geografía? ¿Rechazar comprar productos que ponen en peligro el medio ambiente aunque esto impacte de economías locales? ¿Adoptar políticas económicas globales a costa de arriesgar intereses naciones?

Las respuestas no siempre son contestadas, pues sólo sirve para sumarse a la gran lista de cuestionamientos que surgen, sólo que Singer las hace desde la ética.

El autor abiertamente confiesa su línea kantiana, por un lado retoma el deber ser, cuestionando su practicidad ante un mundo que en figuración se reduce cada vez más. Por otro, busca la legitimación de los órganos supraestatales como mediadores en los problemas internacionales. Sabe que la ONU tiene muchos puntos cuestionables, pero confía en que es el único medio de reconciliación entre las naciones del mundo.

Nos pone entre dos dichos que son parte de la globalización:

Considérense dos aspectos de la globalización: en primer lugar, aviones que explotan tras estrellarse contra el World Trade Center, y en segundo lugar la emisión de dióxido de carbono por los tubos de escape de coches deportivos que consumen gran cantidad de gasolina. Uno de ellos nos habla de muertes instantáneas y nos deja unas imágenes imborrables que fueron vistas en las pantallas de televisión de todo el mundo. El otro supone una contribución al cambio climático que puede ser detectado sólo mediante instrumentos científicos. Y, no obstante, ambos son indicadores de la manera en que somos en estos momentos un solo mundo” (13)

La cuestión básica es: el mundo ya no son muchos, sino uno: qué hacer. Singer propone algo de lo que muchos progresistas sociales no estarían de acuerdo, un voto de confianza a las organizaciones conformadas por múltiples Estados y el cuestionamiento ético de las participaciones y acciones de los actores políticos más importantes del globo. Lo que por un lado, el texto se incorpora a las diferentes críticas que Singer ha hecho al mandato de George W. Bush en otras obras y artículos.

La pregunta después de la lectua: ¿por qué leer a Peter Singer, y en especial esta obra? Porque propone algo de lo que muchos se habían olvidado al momento de analizar la globalización: la ética. Su mirada al solo mundo no es el de, ojo, meter a todos en una caja sin importar las diferencias, sino el de pensar, esto lo creo yo interpretando el texto, de manera sistémica. Resolver problemas que luego no provocaran otros.
En una pequeña reseña sobre el libro Del paradigma mecanicista de la ciencia al paradigma sistémico, del español Lorenzo Ferrer, remarqué esa habitual historia del meteorólogo E. Lorenz cuando intentaba resolver una ecuación sobre el clima y se dio cuenta que pequeñas modificaciones en un recorrido provocan grandes cambios. Peter Singer es un paso a entender a Lorenz desde una perspectiva de la globalización: pequeños cambios (éticos) provocan grandes resultados.
La formula es: pensar y después elegir.

La rebelión de las formas: o cómo persersvar cuando la incertidumbre aprieta, Jorge Wagensber

Perseverar. Podría ser cualquier cosa. Permanecer, sobrevivir, subsistir, continuar, incluso proseguir. ¿Será que en verdad es necesario perseverar? Jorge Wagensberg escribe La rebelión de las formas desde una posición bastante notoria. Recuperar a Darwin y la selección natural sin morir en el intento. Recuerdo que lo primero que me explicaron fue que las especies luchan por su permanencia. Es un derecho a seguir vivo otorgado sólo a los grupos fuertes. Después de leer Espejo y reflejo, y haber conocido la saga impresionante de Lynnn Margulis, supe que esto no tenía que ser necesariamente así. Las especies permanecen, no por su lucha, sino por la cooperación. Pero qué tienen que ver las formas con una la selección natural y su permanencia. Margulis y Darwin hablan de seres biológicos que cambian para adaptarse (ya sea colaborando o luchando entre sí). Las formas son acomodamientos, parcelaciones entre figuras que pueden encontrarse en alguna piedra, el caparazón de una tortuga marina o una pintura barroca. La propuesta de Wagensberg es mirar el entorno desde la perspectiva de las figuras. Los círculos en el automóvil, o el cine, los fractales de los árboles y el sistema nervioso, los cuadrados imperfectos en una pintura de Picasso y los espirales de un caracol. Todos en una lucha (o simbiosis) de permanencia. Seleccionados entre todas las formas para permanecer en lo que el autor llama la Construcción de la realidad. Un libro hermoso de inicio a fin, con un lenguaje claro, como una platica espontánea en un café.

Espejo y reflejo, David Peat y John P. Briggs, Gedisa Editores, 1995.

On the order of chaos: social anthroplogy and the science of chaos, Editado por Mark S. Mosko y Frederick H. Damon, Berghan Books, 2005.

Ilya Prigogine: el tiempo y el devenir, Coloquio de Cérisy, Gedisa, 1996.

Lorenzo Ferrer Figueras, Del paradigma mecanicista de la ciencia al paradigma sistémico, Universidad de Valencia.

Introducción
Tenía bastante tiempo que no leía un libro tan religioso como el del doctor Lorenzo Ferrer. Y para explicar esto aprovecharé otro libro que compré hace un par de años en una pequeña feria en Guanajuato. Era una antología de ensayos escritos por el historiador argentino Osvaldo Bayer; el libro se llama En camino al paraíso. Ferrer me recordó a Bayer, o mejor dicho me hizo rememorarlo. ¿Por qué? Porque Bayer y Ferrer confían religiosamente en lo que dicen, y creen meritorio cualquier acercamiento, con mínimo que este sea. Escriben como hablan: ser fiel a la palabra es un síntoma muy lejano en la actualidad. Tomo un fragmento del ensayo Nuestra tarea frente a la utopía escrito por Bayer: ” …que el único futuro está en la lucha por lo que se cree imposible, que es nada menos que poner de relieve la bondad del ser humano, que existe. Ponerse a caminar y aprender lo bueno de los revolucionarios y corregir sus equivocaciones. Eso es la utopía. Si logramos dar diez pasos de aproximación a ella, ya justificaremos nuestro viaje por la vida” (“El utopismo es precisamente una marca despectiva que la estabilidad del dogma atribuye a la extravagancia de la anormalidad” Michelle Pallotini). El doctor Lorenzo Ferrer nos lleva por un recorrido que no se conforma en ser una introducción y desarrollo del paradigma sistémico, sino que muestra un amor religioso que se extiende (o mejor dicho parte) desde la frase: “Un libro es una ‘cosa viva’, un sistema que nace y desarrolla”. Cree en un proyecto y lo defiende desde todos los flancos. A veces sentí la voz de un tipo de revolucionario cubano diciendo: sistema o morir. Pero lo mejor de Ferrer, es de que le apuesta a la ambivalencia como un inicio creativo. Por eso recuerdo a Bayer, por el arte de la imposibilidad y creer que se es posible. (Cita del prólogo).`

Repaso del libro

Es un trabajo profético, de ahí también lo religioso. Tal vez un tuerto en el país de los ciegos. O mejor dicho, un gran visionario en el mundo de los intelectuales.La propuesta de Lorenzo Ferrer no es algo totalmente nuevo, él mismo lo rectifica en la introducción, pero sí se suma a un proyecto que cada vez gana más adeptos. Construye el rompecabezas sistémico desde la renovación paradigmática de la ciencia, o, también, construye el rompecabezas humano desde la sistemia. Es decir, destruir un mundo para surgir en otro. Por eso Ferrer nos acompaña por la historia de la ciencia, que ha sido monopolizada por el mecanicismo inaugurado por Galileo, retomado luego por Descartes, Bacon y Newton. Para luego, con voz alentadora, anuncia que la ciencia sistémica está ahí, y no tardará mucho para que obtenga el papel que se merece.El libro es alentador, actualizado, a pesar de haber sido escrito hace casi diez años. En primer lugar, el doctor analiza el caso de Yugoslavia, la de aquel tiempo, desde una perspectiva sistémica: es el anuncio de algo grande. Luego viene la parte introductoria al movimiento sistémico, enfocándose a las ciencias sociales, la administración (management) y el método científico. Nos relaciona con un par de conceptos: emergencia y jerarquía. Luego, como una tarea impostergable, hacemos el recorrido histórico de la ciencia, donde nos ubica en la pre sistemia de Platón y Aristóteles, el Medievo, las revoluciones científicas e industriales, hasta tocar la actualidad. Después veremos a la ciencia de sistemas en sus los problemas que confronta directamente, para, por último, terminar con la voz de otros: Lorenzo Ferrer titula este capitulo “Dejemos que hablen ellos”.

Globalización

Quisiera primero que pensemos en la globalización en las palabras del filósofo Peter Singer. Tomo este fragmento de su libro Un solo mundo: “Considérense dos aspectos de la globalización: en primer lugar, aviones que explotan tras estrellarse contra el World Trade Center, y en segundo lugar la emisión de dióxido de carbono por los tubos de escape de coches deportivos que consumen gran cantidad de gasolina. Uno de ellos nos habla de muertes instantáneas y nos deja unas imágenes imborrables que fueron vistas en las pantallas de televisión de todo el mundo. El otro supone una contribución al cambio climático que puede ser detectado sólo mediante instrumentos científicos. Y, no obstante, ambos son indicadores de la manera en que somos en estos momentos un solo mundo”.Singer parte desde una visión global en donde todos estamos inmersos. Retoma la voz de muchos autores que han visto en la globalización el reducimiento del mundo: unos en tono pesimista, como Huntington y su choque de las civilizaciones, y por otro lado Singer en una ética supranacional, y podríamos ubicar en un término medio al italiano Giovanni Sartori con su Tierra explota.Es decir, en el 11 de septiembre el mundo se sacudió y muchos anunciaban la caída del gigante norte americano, pero el mundo se ha seguido sacudiendo cada vez que los cascos polares se reducen más y los desastres naturales van en aumento. Por un lado la caída de Estados Unidos es la caída de un proyecto mundial, el cambio climático igual. ¿Hay una diferencia entre uno y otro? Desde una vista global, no lo creo. El solo mundo que anuncia Peter Singer es un mundo que necesariamente ha sido visto desde el paradigma sistémico. Ni Singer ni Ferrer lo inventaron, sólo han puesto el dedo en el renglón.La teoría del caos sigue siendo una tarea pendiente. El mundo se modifica en gran escala con pequeños cambos. Yo lo llamaría la grandeza de lo invisible. Mucho conocemos la historia del meteorólogo Edwar Lorenz, quien, tratando de descifrar el clima atmosférico por medio de doce variables introducidas en un procesador, se dio cuenta que los recorridos se habían desviado totalmente sólo por unas sutiles diferencias en los decimales. Interpreto esto de dos formas: uno, pequeños cambios, o pequeñas aportaciones a estos cambios, dan como resultado grandes efectos; la otra, que todo, incluso lo invisibles, es decir lo que es más difícil de percibir, tiene un poder de influencia, una acción de cambio. Es a Lorenz a quien se le adjudica el efecto mariposa. Una buena aportación la da Ivar Ekelan en su libro Caos, “Las pequeñas desviaciones iniciales provocan rápidamente grandes desviaciones”.Ahora, consiste en nosotros determinar qué tipo de acción es la que conduzca a estos grandes cambios. Peter Singer escribe que incluso el acelerar un automóvil crea un efecto cadena que repercute en la capa de ozono, y este en el derretimiento de los cascos polares, dando como resultado un cambio en el clima (provocando así huracanes, maremotos, tsunamis) La alarma universal está sonando, y espero que todos la escuchemos.Sumo mi voz a esta postura: grandes modificaciones causan grandes cambios. Lo que me recuerda al mesianismo de Walter Benjamín, quien proponía una acción de cambio. Empatada con la teoría del caos, esto se vuelve aún más alentador.Podemos dar dos lecturas al libro de Ferrer, y por eso he decidido tomar la cita de Peter Singer: por un lado es el cambio de paradigma por una ciencia sistémica; por otro, retomar lo que Fritjof Capra plantea en su libro The turning point: cambiar el paradigma mecanicista por uno que sea noble con la actualidad. Entendernos como sistemas abiertos observado a otro gran sistema. Para muchos lo que Ferrer plantea es un sacrilegio y una profanación. Para ellos les recomiendo volver al título del libro y refrendarse. Ferrer aboga por un cambio de paradigma proveniente desde la ciencia, en este caso la academia. Pensar sistémicamente es olvidar las divisiones disciplinarias. Afrontar los problemas globales desde todos los puntos: eso es cambiar un paradigma mecanicista por uno sistémico.

Ciencia sistémica

La ciencia sistémica ha surgido como una alternativa viable, que puede acercarnos, aunque sea sólo diez pasos, a pensar en que lo imposible es posible. Replantear en nuevos términos la utopía de Bayer. No se trata de repetir el juego de un mundo mejor es posible. Nada cambia por pensar que es posible, la acción es ineludible. No me opongo en que a veces es necesario sentarse y pensar. Hago suya la frase con la que un día Marx despertó a muchos pensadores de su tiempo (y que hoy continúa): el mundo no se trata sólo de interpretarlo, sino transformarlo. Con este libro no hay pretextos.

La frontera

Por lo que me he propuesto hoy invitar a todos a repensar, en términos prácticos, lo que la ciencia sistémica viene cargando. A ser motores de cambio, de acción. No dejar las cosas entre dichas, sino decirlo con todas las letras. Nuestra situación es inigualable. La frontera espera a que vayamos por ella. Tal vez es hora de darle la palabra a Ferrer.

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