Libros

Ryu Murakami, Azul casi transparente

La primera vez que leí el punto número siete, el último del Tractatus, de Ludwig Wittgenstein, me quedé sentado esperando que la respuesta surgiera por sí misma. La mente de un hombre tan polémico como solo podría ser Wittgenstein encerraba, con un par de palabras, el sentido sin sentido de la misma filosofía: “Acerca de lo que no se puede hablar, más vale callarse” (tomada de la traducción de Manuel Cruz, en su libro Filosofía contemporánea, aunque también se puede leer como “Sobre lo que no se puede hablar, debe callar”). Pero, ¿qué deberíamos callar si no es el silencio mismo?

Será el encierro de Wittgenstein en una vieja cabaña en Noruega o en el frente de la guerra Austro-Húngara la que terminaron con la imposibilidad de una voz que habla. No creo que la mente de Wittgenstein entendiera una lógica tan ilógica (incluso, me atrevo, no creo que entender sea la palabra más pertinente).

Cuando terminé la obra de Murakami pensé que no había otra salida más congruente que el “sobre lo que no…” de Wittgenstein. ¿Por qué? Porque la novela nos invita a callar.

Azul casi transparente es el paseo más perverso por la vida de unos jóvenes que, a diferencia del mismo Wittgenstein, buscaban la salida ilógica, si es que esta existía. No hay coincidencias cronológicas ni geográficas. No hay acuerdo entre unos y los otros. Hay un azul casi transparente que se asemeja más a la literatura de los cincuentas en Estados Unidos que tenía como base el jazz afroamericano y el trascendentalismo de Emerson y Thoreau.

La fórmula de Murakami es la misma de Wittgenstein: habría que decirles a todos que la vida feliz es buena, que habría que vivir una vida maravillosa. No es un resultado emergente, sino una entrada en crisis. Por eso Murakami se escapó de cualquier cosa que había leído antes (me llevó al límite con sus figuras eróticas, sus imágenes violentas y las visiones decadentes de un mundo en ruinas). Me detuvo en seco. Sin más ni más.

Pulp, Charles Bukowski

Siempre he temido a la crítica. Lo admito. Pero tampoco hago mucho para evitarla. Por eso no me quejo. Y sé que muchos (que ironía tan irónica), esperaban este momento. Conozco sus nombres y, si es necesario, los diré. Pero prefiero el placer de la sorpresa.

El primer libro que compro en Barcelona es la versión española de Pulp (versión, por no decir traducción, porque Anagrama es una experiencia aparte cuando se trata del inglés a español), del buen Charles Bukowski. Hace tiempo que no lo leía, y mucho más que no compraba algún libro de él. Las razones aún no las conozco, porque Bukowski es un compañero de viaje: es un lugar común.

La sorpresa de este libro, el cual es la última novela de Bukowski, pues al siguiente año moriría, me hizo sentir renovado. Como si siempre existiera la oportunidad de cerrar los ojos y recomenzar, y hacerlo con una novela detectivesca como esta es la mejor opción. Algunos podrán decir que la fórmula se repite una y última vez: el hombre perdedor, borracho, pesimistas con un mal trabajo y un historial de lo peor. Talvez sea cierto, no hay mucho que cambie, pero eso es lo que me gusta de mi lugar común. Si un día encontrara un libro de Bukowski como los que escribió Proust o Zola, entonces sabría que hemos perdido la batalla.

Aunque Pulp no es un lugar para nada común: una novela sobre detectives que no tiene mucho que ver con las otras historias de detectives. Nick Belane es un tipo duro: 55 años y tres divorcios, una oficina en Los Ángeles con su respectiva renta atrasada y una licencia como detective particular. Sólo que un día, sorpresivamente, toca a su puerta la muerte buscando al mítico escritos francés Céline, quien no ha muerto y se pasea despreocupadamente por las librerías de Hollywood. Por otro lado es contratado para seguir a un mujer infiel, un hombre acosado por extraterrestres, y, peor aún, al misterioso Gorrión Rojo.

¿Cómo negarse a una historia como esta? Es verdad, no es Raymond Chandler, pero ni Raymon Chandler es Charles Bukowski.

Que es por cuestiones personales. Es verdad, no lo dudo. Gustavo Sainz decía que siempre se escribe pensando en los amigos, ¿por qué leer no debería de ser lo mismo?

Susan Sontag, Sobre la fotografía

Si los libros fueran personas, sin duda alguna Sobre la fotografía de Susan Sontag tendría una personalidad despreocupada, alegre, simple. Un tipo de neoyorquino al estilo Manhattan de Woody Allen, con el sentido del humor punzante de Truman Capote y el cabello de Diane Arbus. Aunque, finalmente, terminaría siendo como Susan Sontag.

Si este libro fuera una persona me encantaría conocerla. Pero como no soy un experto en el tema, dejo que hable.

Algunas partes del libro que me gustaría compartir:

“Al enseñarnos un nuevo código visual, las fotografías alternan y amplían nuestras nociones de lo que merece la pena mirar y de lo que las nociones de lo que merece la pena mirar y de lo que tenemos derecho a observar. Son una gramática y, sobre todo, una ética de la visión. Por último, el resultado más imponente del empeño fotográfico es darnos la impresión de que podemos contener el mundo entero en la cabeza, como una antología de imágenes”

“Fotografiar es apropiarse de lo fotografiado”

“La fotografía en un libro es, obviamente, la imagen de una imagen”

“La imagen quizás distorsionan, pero siempre queda la suposición de que existe, o existió algo semejante a lo que está en la imagen”

“Todo uso de la cámara implica una agresión”

“La ulterior industrialización de la tecnología de la cámara sólo cumplió con una promesa inherente a la fotografía desde su mismo origen: democratizar todas las experiencias traduciéndolas a imágenes”

“Sólo con la industrialización la fotografía alcanzó la plenitud del arte”

“Mientras personas reales están por ahí matándose entre sí o matando a otras personas reales, el fotógrafo permanece detrás de la cámara para crear un diminuto fragmentado de otro mundo: el mundo de imágenes que procura sobrevivir a todos”

“La cámara, como el automóvil, se vende como un arma depredadora, una arma tan automática como es posible, lista para saltar. El gusto popular espera una tecnología cómoda e invisible. Los fabricantes confirman a la clientela que fotografiar no requiere pericia ni habilidad, que la máquina es omnisapiente y responde a la más ligera presión de la voluntad. Es tan simple como encender el arranque o apretar el gatillo”

“Fotografiar personas es violarlas, pues se las ve como jamás se ven a sí mismas, se las conoce como nunca pueden conocerse; transforma a las personas en objetos que pueden ser poseídos simbólicamente. Así como la cámara es una sublimación del arma, fotografiar a alguien es cometer un asesinato sublimado, un asesinato blando, digno de una época triste, atemorizada”

Georges Balandier, Desorden: la teoría del caos y las ciencias sociales

Un antropólogo persigue la cola del caos. Es como si un meteorólogo se detuviera a contar las goteras de una vieja casa cada vez que pronostica el clima. No es absurdo, sólo irónico. Porque la ironía es un permiso para entrar a diferentes puntos sin ser un gran experto. Hablar con un pase directo, porque la ironía es cuando se dice algo sin decirlo.Con esto quiero decir: Balandier es un verdadero teórico del caos sin dejar de ser antropólogo, y, aunque no lo fuera, a quién le importa. Porque escribe con la autoridad con la que escribe Mandelbrot sobre los fractales, pero con la delicadeza de Marc Augé. Es un antropólogo escribiendo sobre teoría del caos y ciencias sociales. Y hago la relación con Augé porque creo, en profesión, los dos tiene mucho qué decir sobre todo desde una mirada irónica. El libro tiene como objetivo lo que muchos han perseguido por bastante tiempo: el caos y las ciencias sociales. Ahora, por problema de traducción (si es que así fue el caso), el término de caos es utilizado indiscriminadamente. Se usa tanto para explicar fenómenos de índole caótica, como para explicar situaciones de desorden (a-orden, es decir ausencia de orden). Lo que hace que una explicación anule la siguiente.

Cuando Balandier comienza, el caos está dentro de un espacio y tiempo, tiene un principio, un fin, una razón de ser. Después, cuando la relación con lo social empieza, el caos ya es una constante. Incluso es un factor activo de construcción. Pues cuando tradicionalmente el caos era parte de los ritos diarios, en las sociedades modernas consiste en la ambivalencia y ambigüedad de ella misma (incluso se le puede dar una lectura posmoderna, o de apertura a la posmodernidad).

Por otro lado, y aquí entra esto de la ironía, el mismo término no tiene que ser tomado muy enserio. Al final es un antropólogo dando una lectura interpretativa, nada más. Lo que sí debe de ser tomado en serio es la insistencia de Balandier para decir: “la sociedad tiene un origen y continuidad caótica, proviene del desorden y se mueven en él: un pequeño aleteo provoca un revolución”. Lo que nos obliga a mirar de reojo, aunque sea, a los teóricos del caos y sus aportaciones cercanas a las ciencias sociales.

El libro es bastante bueno, eso sí. El mejor, creo yo, que da una mirada del caos a través de las ciencias sociales. Aunque cambie rápidamente de connotación en el uso de términos.

Visión de paralaje, Slavoj Zizek

Hacia donde nos lleve un libro dependerá de qué tan lejos estamos dispuestos a llegar con él. Slavoj Zizek, en su Visión de paralaje, nos pone (me pone, y digo nos, para sentirnos cerca) la prueba de la dirección. Es como ese gato de Lewis Carroll que responde “No importa que camino tomes si no importa hacia dónde quieres ir”. Es decir, las opciones son infinitas y posibles. Los caminos existen y pueden ser tomados de manera abierta y sin compromiso. Los que yo he decidido tomar talvez no sean los mejores para abordar las lecturas de Zizek, pero qué importa el camino si no existe uno. Y en caso de que el camino existiera, al final se volvería victima de la paralaje de Zizek: el camino cambia si nosotros, los que caminamos sobre él, cambiamos. La estructura de lo posible es permanente (lo posible siempre será posible; lo probable no siempre será probable). La paralaje, escribe Zizek, es el cambio de visión de un objeto porque el sujeto que lo observa cambia. Es decir, lo observado permanece estático, el sujeto no; como el observador es el que determina lo observado, entonces al cambiar uno el otro también. Zizek parte con Kant y Hegel, lo que para nada lo limita a escribir de cine, literatura y música. Con su tono irónico y sardónico, recorre los paralajes de la ciencia, la física cuántica, Dios, la violencia, el racismo. No se detiene (¿en dónde podría detenerse en un camino sin camino? Un lugar sin lugar, cita Zizek a Mallarmé). Lo admito, en ocasiones me pierdo, no con él sino por él. Escribe como habla, algo bastante complicado si alguien le ha escuchado hablar. Toca los objetos observados desde diferentes ángulos, rincones de prismas que lucen diferentes con sólo cambiar de posición.

Así es Zizek, y hacia dónde nos lleve dependerá de nosotros.

El instante eterno, Michel Maffesoli

Para Maffesoli es necesario comprender el todo como una pared fragmentada, dividida en diferentes texturas y capaz que, a simple vista, le hacen ver entera pero que de cerca es una estructura resquebrajada en miles de otras pequeñas estructuras. La pared se sostiene por la interconexión de los fragmentos, pero sin que estos dejen de ser simples fracciones. Es decir, si lo social fuera la pared de Maffesoli, entonces las tribus posmodernas (concepto acuñado por él mismo en otras obras, incluso en esta) son los fragmentos quebrados entre sí. Es decir, una pared fragmentada sólo es vista con el lente de la tragedia, que a diferencia del drama se empeñaría en que cada pared es un individuo o en su efecto que toda la pared está fuertemente unida.

Pero el mundo físico difiere al temporal en la manera en que es percibido. Si esa pared se temporalizara, entonces sería necesario imaginarla como si de lejos fuera una cadena de sucesos unidos fuertemente, pero que, mirándola de cerca, se fragmentara en sucesos dispersos e independientes. Como si fueran las ruinas que el ángel del futuro ve a su espalda. Dicho de otra manera: una cadena de instantes eternos. Ambas percepciones se asemejan en ver lo que a simple vista parece unido en pedazos. Y este libro no es la excepción.

A diferencia de las otras obras de Maffesoli, este texto se interesa por la segunda: la temporalidad. El instante, lo efímero, lo pasajero, lo atemporal, lo momentáneo y fugaz. El libro es la reminiscencia de que el tiempo no es el compendio lineal como lo proponía la visión cristiana, sino fraccionado. Que no todo se mueve bajo el mismo péndulo, sino en diferente medidas. Cada pedazo físico correspondiendo a un pedazo de tiempo.

Y cada uno de estos surgiendo como si el otro no existiera; como una estrella fugaz que brilla y luego, tras dejar la bóveda celeste, se apagara indefinidamente. Una estrella empujada por un yo que rebasa al yo individual: el yo colectivo que nos acoge dentro de él, es decir, el yo-trágico.

Lo trágico que nos consigna a lo colectivo. Por lo tanto, el instante eterno es la detonación del Yo en un juego de intensidades. En un instante yo me convierto en el que está a mi lado. Una fiesta, un concierto, un rave, una manifestación: todos son ejemplos de momentos efímeros, pero que nos hacen sentir como si fueran a durar por siempre. En donde nuestras acciones más animales nos hacen sentir más humanos (Marx), y donde a la vez logramos difuminarnos entre los otros en ese gran colectivo.

Por eso Maffesoli insiste en el regreso (aquí yo estaría más de acuerdo en la exteriorización y no en una regresión) del sentimiento lúdico: el mito Dionisiaco. Que en primer lugar el autor llama regreso debido a que es lo que él caracteriza como la entrada a la posmodernidad. La intención de retomar el arcaísmo (en otras obras Maffesoli lo planeta como el regreso del nómada/bárbaro y las tribus humanas). Es decir, el regreso del mundo antiguo, que corrompe al mundo dramático de la modernidad (aunque corromper no debería de ser la palabra que mejor defina esta postura de Maffesoli, puesto que lo propone como alternativa a la modernidad y no como su aniquiladora).

Luego propone el sentimiento lúdico como la respuesta a la dureza que representó la modernidad. Maffesoli parte con una visión próxima a los rituales cotidianos que intentan romper con la linealidad del tiempo, es decir actitudes de indiferencia que caen en lo lúdico cuando son exteriorizado. Lo que no extraña para nada a Maffesoli, quien a lo largo de artículos y libros se pasea por la juventud de las grandes urbes mundiales siguiéndolos en sus diferentes panoramas y escenarios, identidades y tribus.

Y donde finalmente abarca a todos llevándolos de una plataforma física a la temporal. Los aleja del drama de la vida lineal, y los mete en un saco de tragedias efímeras y pasionales. Lo que nos hace pensar que Maffesoli es el sociólogo de la juventud posmoderna, luego que ha conseguido, a costa de descifrar el pensamiento nihilista del joven actual, que se ve culminado en esta obra.

El instante eterno de Maffesoli es la invitación más directa a vivir sin medida, romper con la amarras de una sistema complejo estructurado por encima de nosotros que nos dice dónde, cómo y qué hacer. Es el pase a las sociedad de consumo proveniente de los monstruos urbanos de los países desarrollados, donde lo cosmopolita se confunde con la posmodernidad, y la fiesta (el colectivo) con la humanización del mundo. El surgimiento del gran Yo donde todos somos el mismo es tan instantáneo como eterno, compartimos el pan (legal o no, dice Maffesoli). El gran Yo remite a la universalización más banal pero cierta. Ningún acuerdo político o comercial es tan honesto, tan cosmopolita como el de la unión dentro del cotidiano social. Es decir en lo anónimo y momentáneo, donde por un instante soy yo y el otro, y el otro es en mí. El fin último: la orgía.

Una frase que popularizaría el artista visual Andy Warhol era que todos tendremos quince minutos de fama. Sus pinturas, casi todas infieles copias del mundo de consumo de los Estados Unidos como latas de Campbell o cajas de Brillo, nos recuerdan a ese instante eternizado del arte pop. Warhol dibuja una lata que pasa de la despensa, al estomago del consumidor y por fin al basurero, pero que bajo las manos del artista se inmortaliza en un cuadro. Por eso las pinturas de Marilyn Monroe y Elvis Presley son tan particulares de un artista que pensaba que todos tendríamos esa efímera fama de quince minutos, una fama que luego sería interrumpida por el mercado o la muerte. Es decir, el instante de vivir eternizado en una pintura (o como lo ejemplifica Gaston Bachelard en El derecho de soñar “Pero Claude Monet sonríe de esa flor de pronto permanentemente. Fue a ella misma a la que ayer el pincel del pintor le dio la eternidad”)

Maffesoli nos invita a adentrarnos a un mundo que se mueve de cosas comunes, de platicas y reuniones, de cotidianos que suelen decir más que aquellos comentarios intencionados para provocar respuestas. El instante eterno, como diría el escritor mexicano Salvador Elizondo, es la muerte, por eso Maffesoli dice que vivir en el presente es vivir su muerte de todos los días.

Peter Singer, Un solo mundo: La ética de la globalización

Sin duda la globalización está en boga, por lo que se ha vuelto tema de discusión entre los más variados especialistas. Filósofos, sociólogos, economistas, psicólogos, geógrafos, demógrafos, etc. Todos aceptando el reto de discutirla y problematizarla desde diferntes ángulos.
Peter Singer, filósofo de origen australiano que radica en Estados Unidos, no es la excepción. Sus libros anteriores giran en torno a la ética (de la que se especializa), pero ninguno había tomado a la globalización como objeto de estudio.
Podría ser polémico, admito que en más de una vez me detuve para recomenzar (lo que no sorprende a Singer, de seguro, pues es uno de los personajes más polémicos del mundo), pero comprendí, ya después, que una lectura como la de Singer es incomoda desde ciertos lugares y posturas en el que se lea. Un tecnócrata progresista estaría a favor de él, mientras que un izquierdista radical lo rechazaría rotundamente. Incluso habría republicanos y demócratas que coincidirían con él, y otros que no. En África pasaría de largo, mientras que en Europa probablemente haga más ruido.
Al final, la globalización es provocadora de debates sobre ella misma, siendo una de las mejores cosas para comprenderle.

Aunque es importante remarcar: no busquemos en este libro una teoría sobre la globalización. No es Octavio Ianni, ni mucho menos Ulrich Beck. Es un filósofo que busca los alcances éticos de la globalización desde el mismo mundo. Rara vez le veremos citando a las grandes mentes de la globalización o descifrando las incógnitas que la globalización ha traído. No. Es un libro que se asemeja mucho más a la Tierra explota del italiano Sartori, incluso al Estúpido hombre blanco del documentalista Michael Moore.
No es un guía de confrontación, y dudo que busque serlo (como por ejemplo lo fue el de La liberación animal con el cual se le consideró el hombre más peligroso de la tierra).
Su intención es comprender dos cosas básicas: el mundo se reduce y sistémicamente todo lo que hagamos repercute en su totalidad; las soluciones deben pensarse globalmente para realmente incidir en un cambio.

Plantea situaciones bajo cuestionamientos éticos: ¿Salvar el mundo arriesgado a un pequeño grupo que sabemos a la larga puede acabar con intereses políticos internacionales de estabilidad a pesar de ser parte de nuestra historia y geografía? ¿Rechazar comprar productos que ponen en peligro el medio ambiente aunque esto impacte de economías locales? ¿Adoptar políticas económicas globales a costa de arriesgar intereses naciones?

Las respuestas no siempre son contestadas, pues sólo sirve para sumarse a la gran lista de cuestionamientos que surgen, sólo que Singer las hace desde la ética.

El autor abiertamente confiesa su línea kantiana, por un lado retoma el deber ser, cuestionando su practicidad ante un mundo que en figuración se reduce cada vez más. Por otro, busca la legitimación de los órganos supraestatales como mediadores en los problemas internacionales. Sabe que la ONU tiene muchos puntos cuestionables, pero confía en que es el único medio de reconciliación entre las naciones del mundo.

Nos pone entre dos dichos que son parte de la globalización:

Considérense dos aspectos de la globalización: en primer lugar, aviones que explotan tras estrellarse contra el World Trade Center, y en segundo lugar la emisión de dióxido de carbono por los tubos de escape de coches deportivos que consumen gran cantidad de gasolina. Uno de ellos nos habla de muertes instantáneas y nos deja unas imágenes imborrables que fueron vistas en las pantallas de televisión de todo el mundo. El otro supone una contribución al cambio climático que puede ser detectado sólo mediante instrumentos científicos. Y, no obstante, ambos son indicadores de la manera en que somos en estos momentos un solo mundo” (13)

La cuestión básica es: el mundo ya no son muchos, sino uno: qué hacer. Singer propone algo de lo que muchos progresistas sociales no estarían de acuerdo, un voto de confianza a las organizaciones conformadas por múltiples Estados y el cuestionamiento ético de las participaciones y acciones de los actores políticos más importantes del globo. Lo que por un lado, el texto se incorpora a las diferentes críticas que Singer ha hecho al mandato de George W. Bush en otras obras y artículos.

La pregunta después de la lectua: ¿por qué leer a Peter Singer, y en especial esta obra? Porque propone algo de lo que muchos se habían olvidado al momento de analizar la globalización: la ética. Su mirada al solo mundo no es el de, ojo, meter a todos en una caja sin importar las diferencias, sino el de pensar, esto lo creo yo interpretando el texto, de manera sistémica. Resolver problemas que luego no provocaran otros.
En una pequeña reseña sobre el libro Del paradigma mecanicista de la ciencia al paradigma sistémico, del español Lorenzo Ferrer, remarqué esa habitual historia del meteorólogo E. Lorenz cuando intentaba resolver una ecuación sobre el clima y se dio cuenta que pequeñas modificaciones en un recorrido provocan grandes cambios. Peter Singer es un paso a entender a Lorenz desde una perspectiva de la globalización: pequeños cambios (éticos) provocan grandes resultados.
La formula es: pensar y después elegir.

La rebelión de las formas: o cómo persersvar cuando la incertidumbre aprieta, Jorge Wagensber

Perseverar. Podría ser cualquier cosa. Permanecer, sobrevivir, subsistir, continuar, incluso proseguir. ¿Será que en verdad es necesario perseverar? Jorge Wagensberg escribe La rebelión de las formas desde una posición bastante notoria. Recuperar a Darwin y la selección natural sin morir en el intento. Recuerdo que lo primero que me explicaron fue que las especies luchan por su permanencia. Es un derecho a seguir vivo otorgado sólo a los grupos fuertes. Después de leer Espejo y reflejo, y haber conocido la saga impresionante de Lynnn Margulis, supe que esto no tenía que ser necesariamente así. Las especies permanecen, no por su lucha, sino por la cooperación. Pero qué tienen que ver las formas con una la selección natural y su permanencia. Margulis y Darwin hablan de seres biológicos que cambian para adaptarse (ya sea colaborando o luchando entre sí). Las formas son acomodamientos, parcelaciones entre figuras que pueden encontrarse en alguna piedra, el caparazón de una tortuga marina o una pintura barroca. La propuesta de Wagensberg es mirar el entorno desde la perspectiva de las figuras. Los círculos en el automóvil, o el cine, los fractales de los árboles y el sistema nervioso, los cuadrados imperfectos en una pintura de Picasso y los espirales de un caracol. Todos en una lucha (o simbiosis) de permanencia. Seleccionados entre todas las formas para permanecer en lo que el autor llama la Construcción de la realidad. Un libro hermoso de inicio a fin, con un lenguaje claro, como una platica espontánea en un café.

Espejo y reflejo, David Peat y John P. Briggs, Gedisa Editores, 1995.

On the order of chaos: social anthroplogy and the science of chaos, Editado por Mark S. Mosko y Frederick H. Damon, Berghan Books, 2005.

Ilya Prigogine: el tiempo y el devenir, Coloquio de Cérisy, Gedisa, 1996.

Lorenzo Ferrer Figueras, Del paradigma mecanicista de la ciencia al paradigma sistémico, Universidad de Valencia.

Introducción
Tenía bastante tiempo que no leía un libro tan religioso como el del doctor Lorenzo Ferrer. Y para explicar esto aprovecharé otro libro que compré hace un par de años en una pequeña feria en Guanajuato. Era una antología de ensayos escritos por el historiador argentino Osvaldo Bayer; el libro se llama En camino al paraíso. Ferrer me recordó a Bayer, o mejor dicho me hizo rememorarlo. ¿Por qué? Porque Bayer y Ferrer confían religiosamente en lo que dicen, y creen meritorio cualquier acercamiento, con mínimo que este sea. Escriben como hablan: ser fiel a la palabra es un síntoma muy lejano en la actualidad. Tomo un fragmento del ensayo Nuestra tarea frente a la utopía escrito por Bayer: ” …que el único futuro está en la lucha por lo que se cree imposible, que es nada menos que poner de relieve la bondad del ser humano, que existe. Ponerse a caminar y aprender lo bueno de los revolucionarios y corregir sus equivocaciones. Eso es la utopía. Si logramos dar diez pasos de aproximación a ella, ya justificaremos nuestro viaje por la vida” (”El utopismo es precisamente una marca despectiva que la estabilidad del dogma atribuye a la extravagancia de la anormalidad” Michelle Pallotini). El doctor Lorenzo Ferrer nos lleva por un recorrido que no se conforma en ser una introducción y desarrollo del paradigma sistémico, sino que muestra un amor religioso que se extiende (o mejor dicho parte) desde la frase: “Un libro es una ‘cosa viva’, un sistema que nace y desarrolla”. Cree en un proyecto y lo defiende desde todos los flancos. A veces sentí la voz de un tipo de revolucionario cubano diciendo: sistema o morir. Pero lo mejor de Ferrer, es de que le apuesta a la ambivalencia como un inicio creativo. Por eso recuerdo a Bayer, por el arte de la imposibilidad y creer que se es posible. (Cita del prólogo).`

Repaso del libro

Es un trabajo profético, de ahí también lo religioso. Tal vez un tuerto en el país de los ciegos. O mejor dicho, un gran visionario en el mundo de los intelectuales.La propuesta de Lorenzo Ferrer no es algo totalmente nuevo, él mismo lo rectifica en la introducción, pero sí se suma a un proyecto que cada vez gana más adeptos. Construye el rompecabezas sistémico desde la renovación paradigmática de la ciencia, o, también, construye el rompecabezas humano desde la sistemia. Es decir, destruir un mundo para surgir en otro. Por eso Ferrer nos acompaña por la historia de la ciencia, que ha sido monopolizada por el mecanicismo inaugurado por Galileo, retomado luego por Descartes, Bacon y Newton. Para luego, con voz alentadora, anuncia que la ciencia sistémica está ahí, y no tardará mucho para que obtenga el papel que se merece.El libro es alentador, actualizado, a pesar de haber sido escrito hace casi diez años. En primer lugar, el doctor analiza el caso de Yugoslavia, la de aquel tiempo, desde una perspectiva sistémica: es el anuncio de algo grande. Luego viene la parte introductoria al movimiento sistémico, enfocándose a las ciencias sociales, la administración (management) y el método científico. Nos relaciona con un par de conceptos: emergencia y jerarquía. Luego, como una tarea impostergable, hacemos el recorrido histórico de la ciencia, donde nos ubica en la pre sistemia de Platón y Aristóteles, el Medievo, las revoluciones científicas e industriales, hasta tocar la actualidad. Después veremos a la ciencia de sistemas en sus los problemas que confronta directamente, para, por último, terminar con la voz de otros: Lorenzo Ferrer titula este capitulo “Dejemos que hablen ellos”.

Globalización

Quisiera primero que pensemos en la globalización en las palabras del filósofo Peter Singer. Tomo este fragmento de su libro Un solo mundo: “Considérense dos aspectos de la globalización: en primer lugar, aviones que explotan tras estrellarse contra el World Trade Center, y en segundo lugar la emisión de dióxido de carbono por los tubos de escape de coches deportivos que consumen gran cantidad de gasolina. Uno de ellos nos habla de muertes instantáneas y nos deja unas imágenes imborrables que fueron vistas en las pantallas de televisión de todo el mundo. El otro supone una contribución al cambio climático que puede ser detectado sólo mediante instrumentos científicos. Y, no obstante, ambos son indicadores de la manera en que somos en estos momentos un solo mundo”.Singer parte desde una visión global en donde todos estamos inmersos. Retoma la voz de muchos autores que han visto en la globalización el reducimiento del mundo: unos en tono pesimista, como Huntington y su choque de las civilizaciones, y por otro lado Singer en una ética supranacional, y podríamos ubicar en un término medio al italiano Giovanni Sartori con su Tierra explota.Es decir, en el 11 de septiembre el mundo se sacudió y muchos anunciaban la caída del gigante norte americano, pero el mundo se ha seguido sacudiendo cada vez que los cascos polares se reducen más y los desastres naturales van en aumento. Por un lado la caída de Estados Unidos es la caída de un proyecto mundial, el cambio climático igual. ¿Hay una diferencia entre uno y otro? Desde una vista global, no lo creo. El solo mundo que anuncia Peter Singer es un mundo que necesariamente ha sido visto desde el paradigma sistémico. Ni Singer ni Ferrer lo inventaron, sólo han puesto el dedo en el renglón.La teoría del caos sigue siendo una tarea pendiente. El mundo se modifica en gran escala con pequeños cambos. Yo lo llamaría la grandeza de lo invisible. Mucho conocemos la historia del meteorólogo Edwar Lorenz, quien, tratando de descifrar el clima atmosférico por medio de doce variables introducidas en un procesador, se dio cuenta que los recorridos se habían desviado totalmente sólo por unas sutiles diferencias en los decimales. Interpreto esto de dos formas: uno, pequeños cambios, o pequeñas aportaciones a estos cambios, dan como resultado grandes efectos; la otra, que todo, incluso lo invisibles, es decir lo que es más difícil de percibir, tiene un poder de influencia, una acción de cambio. Es a Lorenz a quien se le adjudica el efecto mariposa. Una buena aportación la da Ivar Ekelan en su libro Caos, “Las pequeñas desviaciones iniciales provocan rápidamente grandes desviaciones”.Ahora, consiste en nosotros determinar qué tipo de acción es la que conduzca a estos grandes cambios. Peter Singer escribe que incluso el acelerar un automóvil crea un efecto cadena que repercute en la capa de ozono, y este en el derretimiento de los cascos polares, dando como resultado un cambio en el clima (provocando así huracanes, maremotos, tsunamis) La alarma universal está sonando, y espero que todos la escuchemos.Sumo mi voz a esta postura: grandes modificaciones causan grandes cambios. Lo que me recuerda al mesianismo de Walter Benjamín, quien proponía una acción de cambio. Empatada con la teoría del caos, esto se vuelve aún más alentador.Podemos dar dos lecturas al libro de Ferrer, y por eso he decidido tomar la cita de Peter Singer: por un lado es el cambio de paradigma por una ciencia sistémica; por otro, retomar lo que Fritjof Capra plantea en su libro The turning point: cambiar el paradigma mecanicista por uno que sea noble con la actualidad. Entendernos como sistemas abiertos observado a otro gran sistema. Para muchos lo que Ferrer plantea es un sacrilegio y una profanación. Para ellos les recomiendo volver al título del libro y refrendarse. Ferrer aboga por un cambio de paradigma proveniente desde la ciencia, en este caso la academia. Pensar sistémicamente es olvidar las divisiones disciplinarias. Afrontar los problemas globales desde todos los puntos: eso es cambiar un paradigma mecanicista por uno sistémico.

Ciencia sistémica

La ciencia sistémica ha surgido como una alternativa viable, que puede acercarnos, aunque sea sólo diez pasos, a pensar en que lo imposible es posible. Replantear en nuevos términos la utopía de Bayer. No se trata de repetir el juego de un mundo mejor es posible. Nada cambia por pensar que es posible, la acción es ineludible. No me opongo en que a veces es necesario sentarse y pensar. Hago suya la frase con la que un día Marx despertó a muchos pensadores de su tiempo (y que hoy continúa): el mundo no se trata sólo de interpretarlo, sino transformarlo. Con este libro no hay pretextos.

La frontera

Por lo que me he propuesto hoy invitar a todos a repensar, en términos prácticos, lo que la ciencia sistémica viene cargando. A ser motores de cambio, de acción. No dejar las cosas entre dichas, sino decirlo con todas las letras. Nuestra situación es inigualable. La frontera espera a que vayamos por ella. Tal vez es hora de darle la palabra a Ferrer.

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