
Me interesa, más que nada, lo imposible. No existe palabra que me genere mayor conflicto. Por un lado, identifico esta necesidad de interrogación por la naturaleza misma de la palabra: remite a algo que no puede ser posible, pero que existe. Para esto tomo al segundo Ludwig Wittgenstein cuando nos dice que todo lenguaje es construido por el mundo, y que a la vez éste lenguaje construye su mundo. Llevándome a pensar que la imposibilidad ha sido, lo hago de una manera arbitraria con Wittgenstein, intrínseca e indisociable en la construcción del mundo. Es el armazón del discurso y la acción política y social. Por otro, su constancia. La imposibilidad desborda las acciones y discursos. Es el escenario, la plataforma, la base, sólo que en términos de realidad, nunca podrá ser. Buscamos acceder a ella constantemente, incluso conscientes de que nunca llegará.
La relación con la utopía viene después la lectura de un texto del historiador argentino Osvaldo Bayer, en donde la imposibilidad es una constante imposibilidad que, aún así, debe de ser enfrentada. Es decir, sabemos que no podemos llegar, pero eso no debe ser impedimento para acercarnos lo más que podamos a ella. Es el planteamiento de la utopía: el lugar lejano, en donde sólo se llega cuando la imaginamos, pero que debe estar en la consciencia de todos. Lo que me interesa, porque Bayer acertadamente le da a la utopía un lugar real. Existe, lejanamente, talvez tanto como para nunca llegar, pero está ahí. Es decir, la utopía no es solamente un imaginario, es la sensación de que nuestra imposibilidad está dentro de un marco de realidad. Existe, aunque no exista.
Si la imposibilidad fuera un lugar, sin duda lo sería la utopía. Recuerdo la pintura de Brueghel, la torre de Babel, que nos remite al pasaje bíblico. Los hombres buscan la grandeza de Dios (lo divino) en la tierra con la construcción de una enorme torre que llegará hasta los cielos. La torre no existió, aunque haya ocurrido nunca existió. En la actualidad, claro, existen edificio de mayor altura que la de Babel, pero su intención no es el cielo, sino la tierra. Babel era el espacio, no de la altura, sino el acceso a Dios. Fue la primera utopía. Analogía que continúa, y la cual creo necesario abordar. Ejemplo: existen discursos que se construyen bajo la imposibilidad; otros se hacen utópicamente: toman fragmentos de la realidad para comprobar que son posibles, pero, conscientemente, no lo son. El acceso es como esa torre de Babel que nunca existió, incluso cuando se decidió construir con la esperanza de que se terminara un día.
Por lo que estos espacios inaccesibles me interesan desde una perspectiva de práctica política y social, dirigido principalmente a los temas de la tolerancia racial, étnica, cultura, así como la discriminación y el racismo. En donde, creo, la imposibilidad (lo que enmarca dentro de una realidad posible, pero que es inexistente) y la utopía (lugares que son creados, pero son inaccesibles desde la misma realidad) se relacionan de manera bastante adecuada.
Pues los discursos que he revisado, tomados principalmente de periódicos de circulación internacional que giran entorno a este tipo de temas, me llevan a hacer una reflexión de su credibilidad y practicidad en el mundo real.

Escrito en Opinión/argumento | Etiquetas: discurso político, Fotografía Miriam Chico, imposibilidad, inaccesibilidad, utopía