
La felicidad del individuo es tan escuálida como la celda carcelaria, de la que los poderosos pueden ya prescindir, pues la entera mano de obra de las naciones ha caído en su poder. El encarcelamiento empalidece frente a la realidad social, Horkheimer y Adorno, Dialéctica del iluminismo
Recuerdo muy bien la primera vez que fui a Disneylandia: mi papá manejó desde Juárez sin parar, ni siquiera para ir al baño (sólo para poner gasolina, claro), casi dieciocho horas. Por fin llegamos, y todo era como lo imaginamos: Mickey, el castillo de la bella durmiente y el estacionamiento con los nombres de todos los personajes de las películas anunciadas en la cajita feliz de McDonald’s. El sueño que mi hermana y yo habíamos construido desde nuestra lejanía se hacía realidad, era tan real como el mismo mundo real. Se nulificaba esa frase de “eso sólo pasa en las películas”, porque aquí realmente pasaba. Ese lugar, donde la Dama y la Bestia se conocían y Pinocho contaba todas esas mentiras, era Disneylandia. El lugar imaginario concretizado. Pocas veces existen esas oportunidades.
Entonces entramos, ya no en este lugar (que de hecho sí es posible encontrar, nada mas que nosotros no lo hicimos), a una sala abarrotada de maquinas de destreza (arcade). La mayorías, sino es que todas, eran un simulacro. Unas con fines deportivos, en donde se puede patear un balón, encestar otro, andar en una bicicleta o montar una tabla de surf, mientras en la pantalla se recrea en forma de animación un mundo, bastante similar al nuestro, pero falso. Incluso existe un simulacro de bombero, que consiste en pesadas mangueras apuntando a una pantalla en donde se apagan diferentes incendios y se salva la vida a todo tipo de personas. Sin contar los ya típicos: simulacro de policía, militar, chofer, guerrillero y psicópata. Todos llevando al espectador/consumista a un espacio en donde, por una monedas, puede entrar en la piel de otro sin dejar de ser él. Ser soldado, extremadamente valiente, pero sin arriesgar la vida. Slavoj Zizek dice en una entrevista: consumir, sí, pero con miedo a que este consumo tenga consecuencias perversas en nuestra persona.

Pero volvamos al primer espacio.
Entonces llegan los grandes atractores (en teoría del caos estos serían ‘atractores extraños constantes’): los juegos mecánicos, los de gran velocidad. Esos que requieren tres horas de fila por cincuenta segundos de recorrido. El montaje, en un principio, es el de recrear la intención del juego (espacial, de aventura salvaje, futurista, deportivo…), luego, en un nivel más allá del mismo espacio ocupado, el juego de alta velocidad se convierte en un espacio en blanco. Como Martin Heidegger escribiría en su seminario sobre el arte (un espacio en donde ejerce el sujeto su nulidad momentánea), este momento de velocidad extrema es una nulidad del sujeto pensante. No hay mucho qué hacer allá arriba, cuando todo pasa tan rápido. La mente se detiene, deja de pensar, es decir, deja de ser mente. Se baja y todo se ha quedado allá arriba. Lo bueno es que no estamos solos: es lo que Michel Maffesoli denomina la acción de ceder el yo subjetivo por un yo colectivo.
Siempre se puede volver, como yo lo hice, a uno de estos lugares en donde el mundo pasa de manera lenta y animosamente. Todos son amigos de todos, y parece el espacio no terminará nunca de sorprendernos. En donde las ilusiones cobran un peso mucho mayor que el desierto allá afuera. No lo digo porque piense que algún niño no merezca ir a Disneylandia, incluso un adulto frustrado, sino que eso nos muestra, de manera ampliada, la manera en que las sociedades, incluso todo un país, se han dirigido en su cotidianidad. Es decir, la construcción de castillos de arena sobre la ambivalencia del mundo actual (o la modernidad actual, en términos del sociólogo alemán Ulrich Beck), en donde en un solo espacio converge lo que Robert Musil denominó “el manicomio babilónico”. Es la bienvenida a la orgía total.
Si Norman Mailer viviera, y tuviera que escribir una nueva versión de Los ejércitos de la noche, no cambiaría nada de esa parte sobre una generación que no cree en la guerra, pero sí en brujas.

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