
Cuando la manzana cayó sobre la cabeza de Newton, el gran físico nunca volteó hacia el árbol que la sostenía. Simplemente se paró y se marchó. Aunque algunos biógrafos afirman que en 1820 el árbol fue cortado y sus restos guardados celosamente en algún lugar de la granja familiar donde se encontraba, Newton se inspiró de un árbol que bien pudo haber sido una pared sostiéndo una jaula vacía. Ni la manzana ni el árbol importaban, sino la caída de un cuerpo cualquiera atraído por lo que llamó fuerza de gravedad.
Ya después de 1666, Newton imaginaba al universo como una máquina de reloj que se mueve por engranes gracias a la gravedad. La manzana, el árbol que la sostenía e incluso él, el gran científico, eran mínimos en la imponente perfección del todo. Los planetas y el sol se atraían y repelaban, generando de esta manera un movimiento perpetuo: un péndulo al vacío que va de un lado al otro eternamente.
El universo ordenado de Newton era perfecto si el tiempo y la influencia de los demás cuerpos no existieran. Poincaré sabía esto, por eso si la manzana hubiera caído doscientos años después en su cabeza él estaría esperando la caída de las demás manzanas hasta que la semilla de una, tragada por la tierra, creara un pequeño manzano. El universo de Poincaré seguiría esta línea.
Cuando Newton ideó lo que sería la teoría de la gravedad y las leyes del movimiento, nunca se imaginó que los demás cuerpos también generaría fuerza entre sí. Por eso la manzana cae: el tiempo la hace madurar, debilitando la delgada extensión con el árbol, hasta que un buen día el viento la tira. Lo mismo pasará con el universo, dice Poincaré, pues los pequeños cambios que se generan por atraerse entre sí crearían un efecto mariposa. El aleteo de una mariposa en Brasil tumba una manzana en Inglaterra, o un pequeño cambio generado por la atracción de un cuerpo provocaría el desmoronamiento del universo.
Es decir, la sutileza de los movimientos genera reacciones impredecibles: desde el universo en movimiento hasta la manaza que cae. Uno cree en el orden perfecto, el otro en desorden inevitable.
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