Pablo Hiriart, director del periódico La razón de México, escribió una columna que me provocó una respuesta. El título fue “Una vieja minoría autoritaria”, que pueden encontrar aquí. La respuesta no fue contestada, aunque sigo esperando que lo haga, ya que varios días después, Hiriart reconsideró su discurso contra la marcha provocada por los estudiantes de la Ibero en su texto “Escuchar a los pacíficos”.

Mi carta fue la siguiente:

Estimado Pablo Hiriart.

 Me he dado un permiso personal (casi espiritual) para escribirte esto. Lo he hecho porque he leído en tu columna “Una vieja minoría autoritaria” varias cosas que me han alarmado. Sé que un comentario por Twitter o un desplante con mis amigos no serviría de nada si no te externo lo que pienso y por qué. Y es que mi preocupación es tan grande, es tan alarmante, que dejar pasar lo que ha sido verosímil con mis ideas sería un acto de traición a mí mismo.

Las tecnologías de los medios han cambiado, la forma en que la comunicación era vertida a los ciudadanos también. Aunque desgraciadamente los periodistas y los personajes detrás de las plumas y los monitores se resisten a entender y aceptar que el viejo mundo unilateral ha dejado, o dejará, de existir.

A veces intento entender si estas columnas desesperadas de exponer a los groseros y montoneros twitteros (no es la primera que leo, Carlos Loret de Mola y Héctor Aguilar Camín se te adelantaron) son un reclamo a volver a los obsoletos procesos en los que ustedes hablaban y nosotros los escuchábamos.

¿Te ofendieron esos mensajes, los repruebas, están mal, deberían cambiar, qué flojera, imponen el miedo, puras mentiras? Ahora ya sabes lo que sentimos nosotros al prender la televisión y leer los periódicos y encontrarnos con notas llenas de mentiras y parcialidades; la impotencia que sentimos al ver que los medios manipulan la verdad a su conveniencia; la desesperación de ver a periodistas mediocres, impertinentes, precipitados y vendidos pararse frente a una pluma y un micrófono.

Así como tú reclamas ahora, nosotros también lo haremos. Es más, lo hemos empezado a hacer. Sé que es difícil ahorita, pero no te preocupes, te acostumbrarás. Nosotros lo hicimos.

Quiero ir punto por punto de acuerdo a tu texto. Espero que la calma y dedicación que le he dado en leer y revisar tu texto se vean reflejadas también en el mío. Aunque tienes toda la libertad y el derecho de mandar a la papelera mi documento y pensar que nada de esto pasó.

La dinámica entre los públicos ya no es pasiva, afortunadamente. Ese despertar, tal vez consecuencia de un cambio paradigmático de las tecnologías, no necesariamente debe responder a intereses macabros de grupos de poder. Créeme, yo no respondo a ningún partido, candidato o grupo político o fáctico, y aún así he decidido cuestionar lo que planteas. La generalización en el periodismo es tan dañina como en la política y en la vida.

Las redes sociales son una herramienta mucho más útil de lo que tu mirada parece alcanzar a ver. Y es que si te quitaras el nombre del medio en el que trabajas no serías muy diferente a un twittero o un bloguero. ¿Ves mi punto?

También veo con preocupación tu afirmación de que los regímenes totalitarios les importan más lo que se diga a través de Twitter o se grite en las calles, y no lo que pase en las urnas. No creo que puedas estar más equivocado. Tú y yo tenemos la libertad y los derechos que tenemos por grupos que decidieron salir a la calle y demandar. Algunos incluso tomando las armas. Que cuestionaron y confrontaron a los sistemas totalitarios.

Y si tu planteamiento viene por las marchas a favor de Andrés Manuel López Obrador, te recuerdo que él es sólo un candidato, no está en el poder y por lo tanto su representación totalitaria es más que una suposición arriesgada y bastante irresponsable.

Las calles son el lugar en donde se hace la política. Las urnas son el espacio que las élites políticas y mediáticas nos han hecho pensar que está la política.

Me preocupa que a los ciudadanos se nos vea como una papeleta. Que el ejercicio político de la democracia se limite a votar y regresar a la casa a esperar a que los gobiernos tomen el poder y nos seduzcan cuando estén sedientes de nosotros, cuando nos necesiten, cuando les volvamos a ser útiles. Y me preocupa que alguien desde los medios le dé más poder al poder, y que apague otras dinámicas para hacer política.

Otra afirmación preocupante es la de convertir en algo anecdótico las marchas de los estudiantes. Con un movimiento de pluma y un ejercicio de consciencia bastante superficial, has llegado a la conclusión que la organización, unión y manifestación de estudiantes de diferentes espacios e instituciones es pasajera y efímera.

¿Qué es permanente, entonces? ¿Las campañas políticas en donde por cinco meses vivimos bajo la promesa de un México mejor y diferente? ¿O tal vez sean las reformas estructurales que las cámaras y el ejecutivo parece no quieren discutir y aprobar jamás?

Sé que no somos Egipto, ni Siria, ni tampoco Libia. Pero te recuerdo que Egipto no es la Francia del siglo XVIII, Libia no es la India de Gandhi, ni Siria es la Checoslovaquia de la revolución de terciopelo.

Seguramente en Egipto los medios también tenían un Pablo Hiriart que les cuestionó de la misma manera como tú lo haces ahora, que les dijo que los cambios de los estudiantes, de los ciudadanos, de los campesinos, de los padres que han visto desaparecer a sus hijos, de los jóvenes cansados de vivir azorados por un sistemas político y televisivo que sólo tiene interés en su partido o su empresa, sólo podían ser accedidos por otros países, otras sociedades. Seguramente también los acusó de pasajeros, anecdóticos.

Triste y lamentable tu comparación.

Y no te confundas, Pablo, el cuestionamiento es un ejercicio normal y corriente en las democracias. Los medios vivieron en laureles unilaterales que ahora están viendo cuestionados, y al no saber cómo responder, los acusan de despreciar los ejercicios de la política.

Pero lo que están cuestionando, y es mejor que te acostumbres, es a la pasividad del espectador. A la irresponsabilidad de los periodistas de trasgredir la realidad y pasar inmaculados. De esa visión de que sólo la historia los juzgaría. Eso ha cambiado y la historia ya no tiene paciencia para los cuestionamientos.

Las redes sociales han hecho en 5 años los que los medios no han podido en 50, en 80, en siglos enteros. Las redes sociales les dieron voz a los públicos silenciosos que ustedes tuvieron a su merced.

¿Viste la marcha de los 132, en contra de Televisa? Ese reclamo tan válido y necesario fue la puerta de entrada a este nuevo mundo. Si no puedes con él, entonces ve reconsiderando tu trabajo, o el lugar en donde lo haces, en donde hablar no conlleva ninguna responsabilidad más allá de la satisfacción personal, y en donde las sociedades son tan pasivas e indiferentes que jamás tendrás que rendirle cuentas a nadie.

Juan M. Fernández Chico.

Me he propuesto no tener piedad con los despiadados. Mi falta de piedad con los asesinos, con los verdugos que actúan desde el poder se reduce a descubrirlos, dejarlos desnudos ante la historia y la sociedad y reivindicar de alguna manera a los de abajo, a los humillados y ofendidos, a los que en todas las épocas salieron a la calle a dar sus gritos de protesta y fueron masacrados, tratados como delincuentes, torturados, robados, tirados en alguna fosa común.

Osvaldo Bayer, En camino al paraíso.

No soy pejista, o miembro de alguna agrupación simpatizante de López Obrador (AMLO), nunca me he afiliado a ningún partido político u otra vertiente desprendida de alguno de ellos. Lo más cerca que estuve , fue cuando estaba en la secundaria y mi vecina, Teresa Rascón, se lanzó como candidata para una diputación por parte del PRD, y Beto y yo nos juntábamos con algunos de los hijos de los encargados de la campaña. Recuerdo que nos regalaron camisetas y nos dejaban ver el fútbol en el camión de campaña.

Hago esta aclaración porque me dolería que mañana se me acusara de provenir de un planeta que no conozco y del que nunca me ha interesado pertenecer.

El único organismo al que pertenezco es a Colectivo Vagón, una agrupación artística en Ciudad Juárez que no tiene y nunca ha tenido alguna afiliación política y que no cuenta con fondos de ninguna instancia, de gobierno o no gubernamental, para existir.

A la única a la que le debo lo que digo, cómo y por qué lo digo, es a mi integridad (si aún existe), a mi inteligencia, a mi nombre, a la gente que quiero y me quiere, a los que admiro y aprecio y busco ganarme el respeto que ellos se han ganado en mí. Y si soy lacayo de alguien o algo, es de mis ideas, que espero me representen mejor de lo que yo las puedo representar a ellas.

Si digo algo que me compromete, lo hago con toda responsabilidad de pensar que es lo mejor para el país, para la gente que habita en sus múltiples realidades y para las que lo harán en algún momento. Tal vez esté equivocado, pero eso sólo la historia nos lo dirá.

No creo en soluciones milagrosas, en que una persona o un grupo limitado van a cambiar a todo un país. Por eso tampoco soy un seguidor de las vidas intachables. Me gusta el humano que se equivoca, que se cae y se levanta, que no le da miedo exponerse por decir lo que siente y que se arriesga. No simpatizo con los personajes que son tratados con algodones o los que viven en esferas asépticas para que nada los toque. Que evaden la crítica para inventarse un mundo perfecto e intachable. Y esto lo digo por los cuatro candidatos, que es lo que me atañe hoy.

En pocas palabras, soy alguien que dice lo que piensa y que asume un posicionamiento político e ideológico crítico. Nada más.

No estoy tratando de convencer a nadie. No es mi punto y nunca lo ha sido. Si critico una línea política, un candidato o todo un partido, es porque siempre me ha dolido la indiferencia, el silencio autoproclamado, el olvido y la censura (tanto autoimpuesta como obligada).  Porque no me puedo quedar callado cuando veo el abuso, el autoritarismo y la corrupción. Y si la vemos, no importa que sea en nuestro lado, debemos denunciarla. El silencio no debe imperar jamás ante la injusticia, no importa de donde venga, no importa que trastoque en lo que creemos. Sé que es difícil, pero en algún lugar debemos de empezar para construirnos como seres críticos y propositivos.

Lo hago porque me duele Atenco, la violencia, la censura, la ignorancia y la corrupción milenarista de un partido que pensó en algún momento que el país y todo lo que había dentro de él le pertenecía. Porque me duele la violencia emprendida en una guerra cruenta y sin objetivo, fallida desde su gestación, con una mirada conservadora y autoritaria. Me duele Ciudad Juárez, los indígenas, las mujeres asesinadas, los homicidios contra jóvenes y niños. Por eso lo hago, porque este país me duele mucho y constante.

Pero peor aún, porque me dolería la violación a nuestra memoria histórica y de nuestra dignidad.

Tampoco me complace quedarme en la comodidad de la crítica y la denuncia. Valoro quienes han asumido esa responsabilidad con decencia, pero es necesario movernos un poco más. Esto me recuerda a lo que una vez escribió Jean-Paul Sartre: “lo importante no es lo que han hecho de nosotros, sino lo que nosotros hacemos con lo que han hecho de nosotros”. El hastío en algún momento se debe convertir en decisiones. A veces no siempre tendremos las mejores opciones o circunstancias para decidir lo que queremos, pero debemos decidir. Como Ortega y Gasset lo dijo, incluso en el pabellón de fusilamiento tenemos la libertad de decidir morir como un cobarde o morir como un valiente.

Por eso he decidido votar por AMLO. Porque me cansé de los sistemas obsoletos y estrategias caducas que representan los otros candidatos. Porque creo que es momento que llegue otra fuerza que nos presente una forma diferente de gobierno, aunque esta nos sea desconocida en la práctica.

No voy a enlistar sus propuestas políticas o su plan de gobierno, eso le corresponde a cada uno de nosotros conocer a profundidad y decidir qué proyecto quiere que tome las riendas del país por seis años.

Yo voy por AMLO porque me ha convencido su equipo de trabajo, las personas que lo acompañan y que gobernarían junto con él. Tal vez he caído encantado por un discurso que se muestra más honesto y humano que los otros pero que en el fondo puede ser falso. Lo admito, pero dar mi voto por él no es darle mi silencio. Creo que es susceptible a la crítica como cualquier otro. Y si ocupa un lugar privilegiado en la administración pública, más. De hecho, cuando decidió tomar las calles del DF después de las elecciones de 2006, cuestioné severamente sus acciones que, para mí, fueron precipitadas y erróneas.

Y espero que quienes han tenido la inteligencia y la sensibilidad de cuestionar y exponer al PRI y al PAN respectivamente, lo hagan también con él, con sus partidos y sus compañeros de gobierno cuando sea necesario y justo.

Ahora me he propuesto votar por la persona detrás de la figura que han retratado o inventado los medios. No voy a votar por un mesías. Eso lo tengo claro. Y no porque he decidido mi voto tengo que responder las preguntas que sólo Andrés Manuel y su equipo debe saber. No soy su vocero, ni su representante de campaña. No tengo todas las respuestas a su proyecto político, y mucho menos sé si es la solución que el país necesita (cosa que incluso en el fondo, ni siquiera él sabe con seguridad). Lo que estoy haciendo es una deducción basada enormemente en lo que no quiero.

Si el país y la coyuntura fueran los propicios para anular el voto, seguramente lo haría. Pero ahora más que alzar mi voz a través del descontento legítimo de la anulación del sufragio, quiero que el poder cambie de manos y que las elites políticas sepan que los dos diferentes gobiernos que tomaron el poder en los últimos ochenta años no respondieron a las necesidades del país.

Y si me equivoco, yo seré el primero en reconocerlo sin arrepentimientos, porque seguí a esa voz rasposa y profunda en mi interior que me decía que era momento de cambiar de rumbo, aunque no tuviera a ciencia cierta al lugar al que nos llevaría.

Cundo leí por primera vez El objeto del siglo de Gérard Wajcman, me invadió un miedo terrible de pensar en el País museo que indirectamente Wajcman plantea. Ese lugar en donde la memoria recae en los objetos (desde las estatuas de bronce y las placas conmemorativas, hasta los libros escolares de historia) y el pasado es convertido en una pieza de museo que, como escribe Wajcman, nos pide que no recordemos pues él lo hará por nosotros.

El origen de mi miedo fue pensar que no sólo México se convirtiera en un país en donde los únicos capaces de recordar fueran los objetos y no las personas, sino el mundo entero. Y es que el riesgo que corremos, como dice el filósofo español Manuel Cruz, es que la voz de las víctimas, el pasado atropellado, se convierta en un gesto político de dar voz y revivir una sensación que se ha quedado enclavada en algún lugar del tiempo. El pasado sustituye al presente en un guiño, pero no en acciones que bloqueen el regreso de las condiciones que permitieron el acto atroz. La memoria, escribe Manuel Cruz, no es un fin, sino la búsqueda de algo más allá de la misma memoria. Planteado como fórmula queda algo así: recordar menos y vivir mejor.

Pero el efecto parece ser el contrario. No sólo en las políticas memorísticas sin sentido que buscan, por medio de una placa o cualquier insignia vistosa, restituir el pasado, reivindicar la voz de las víctimas, dejar claro que el país no olvida y pasar al siguiente asunto. Ahora las grandes y pequeñas compañías de comunicación en México se suman a la edificación de ese gran museo convirtiéndose en portavoces similares a la sentencia de Wajcman: no investiguen, no critiquen, no busquen, no cuestionen, nosotros lo haremos por ustedes.

La discusión se ha acentuado en las elecciones presidenciales este 2012, principalmente con la figura de Enrique Peña Nieto, candidato del PRI y ex gobernados del Estado de México con una carrera política de rápida ascendencia. El punto cúspide, hasta el momento y como yo lo veo, fue la presentación de Peña Nieto en la Universidad Ibero, en la Ciudad de México, y las notas que vinieron después como consecuencia de que el candidato fuera abucheado, acorralado y perseguido hasta el vehículo que lo pondría a salvo fuera de la universidad.

Y entonces el miedo regresó, veía con asombro que, por ejemplo,  la Organización Editorial Mexicana (OEM) veía el acto del reclamo de los estudiantes como un boicot, y el silencio (fuera de su intervención final, cuando afirmó que la decisión en Atenco fue personal y legítima, evocando los fantasmas de Díaz Ordaz y Echeverría) como un acto de victoria. Me sorprendió y asustó aún más las respuestas de algunos periodistas y personajes que reclamaban a los estudiantes su actitud violenta e intolerante. Y me sorprendió ver cómo la memoria activa, eso que va más allá de la simple reacción de recordar y dejar pasar, era pisoteada y ninguneada. Me dio miedo vivir en un país en donde los hechos atroces de violencia y autoritarismo tienen fecha de caducidad, y que sean los medios de comunicación y las élites políticas quienes la decidan. Me dio pavor esa mirada que nos ve como a menores de edad incapaces de hilar dos hechos aparentemente azarosos en una misma realidad.

Los estudiantes, así como muchos de los que han reclamado legítimamente ante un sistema que se burla de nosotros y de nuestra capacidad para recordar, le han hecho justicia a la memoria, y la memoria, parafraseando a Elena Garro, es lo que somos, y lo que somos es la memoria que de nosotros se tenga.

La política en México sufre de una terrible enfermedad: el miedo a la crítica. Es más, una fobia. Una obsesión temerosa a la confrontación, al cuestionamiento, al mostrarse tal como es sin tapujos ni explicaciones circulares. Un miedo que incluso trastocó (como lo ha hecho siempre) en las dinámicas del debate entre los candidatos presidenciales el día de ayer. Lo que es sólo un síntoma del pavor político de México. De esas alegorías como sacar las uñas metiendo la cola. Algo así. Incluso por eso mismo la izquierda y la derecha en México son, o fantasmales, o moribundas: el posicionamiento tajante es temible, obsoleto, tan viejo como el polvo mismo, enfermizo.

La política (vaya usted a saber lo que quiere decir esto, yo me dedico a contar historias y no me siento con la autoridad religiosa de definirla) debería, en todo caso, ser el arte de la desnudez. Pero la desnudez de la política es falsa como la pornografía soft. Los candidatos no se exponen con lo que dicen y creen. Se reservan lo que les cueste votos, y se aferran a las fuerzas del sentido común que les traerán simpatizantes.

Por eso los debates en México terminan siendo lo que fueron ayer: desplantes lúdicos con fines de entretenimiento. Y es que aunque suene trillado, la crítica comienza con la exposición de uno. Recordemos la reflexión de Slavoj Žižek sobre la escena en que el personaje interpretado por Edward Norton se deshace en golpes provocados por sí mismo para humillar a su jefe en el El club de la pelea (debería citar el libro para conservar el caché, pero la verdad es que no lo leí). Žižek dice que la exposición autodestructiva aniquila al otro bajo el argumento de “sé que quieres golpearme hasta el cansancio, pero no te preocupes, yo lo haré por ti”. La conclusión de Žižek es que no se puede pasar de un estado pasivo a uno crítico sin que haya un quiebre doloroso desde dentro con lo que nos somete. La acción escondida del jefe por golpearlo es ridiculizada, pues su fantasía interna es expuesta cruelmente. El amo, dice Žižek, se da cuenta que no es necesario y que su poder es ilusorio.

¿Qué pasaría, por ejemplo, si los candidatos el día de ayer hubieran asumido esa autocrítica antes que el otro, es decir, hubieran sacado ellos mismos sus más oscuros secretos expuestos sin la necesidad vouyerista del otro? Escribe Žižek que el paso a la revolución es acabar con el vínculo de la única amenaza que somete al esclavo. En término populares: cuando Homero Simpson gana la lotería mintiéndole a Marge, y luego es chantajeado por Bart diciendo que si no hace lo que él quiere le revelará la verdad a su madre, Homero decide hacer él mismo el único acto atroz que lo somete a la dictadura de Bart: decide revelarle la verdad sobre el boleto de lotería. Es decir, se desnuda a sí mismo para desenmascarar el poder ilusorio de su hijo.

Pero mientras la política mexicana se toque con algodones, y los personajes que circulan en ella se vean con desprecio y lejanía, mandando quemar en el anonimato los papeles que contienen sus más graves y oscuros secretos, no habrá nadie que gane. A veces, por lo mismo, no sé si reír o llorar cuando salen los anuncios de los ganadores y perdedores de los debates. Y es que los que deben de ganar son los ciudadanos, no los candidatos. Los ciudadanos ganan cuando los candidatos pierden. O mejor dicho, cuando los candidatos son expuestos, desnudados hasta el hueso, y los ciudadanos pueden recorrer con el dedo cada detalle de sus radiografías. Cuando los ciudadanos pierden, todos pierden, y la política se vuelve un juego histriónico sin sentido.

Así como el cuento de Hans Christian Andersen, El traje nuevo del emperador, debemos sacar al niño que levanta la mano y grita “pero si está desnudo el emperador”, y no caer en el engaño de unos truhanes exaltando los hilos de telas que no existen.

 

En muchos momentos de la historia, la política (el arte de lo imposible, escuché una vez, o mejor dicho, el arte de la administración de lo público) y el fútbol se han tocado. Aunque parezca que ambas sobreviven (porque hoy en día no hay otra manera de decirlo) en lejanía, la verdad es que están más cerca de lo que creemos. Los partidos de fútbol se han convertido, como dijo Juan Villoro, en las guerras del presente. La guerra, tengan ustedes sus reservas con la frase, es el diálogo de la política por otros medios (la poética es mía). México no es la excepción. Menos cuando el fútbol en este país es un circo ambulante que las dos grandes televisoras de México han secuestrado (difícil, cruda, cruel, palabra que seguramente me condenará más adelante).

Basta recordar en qué condiciones escribo esto: Salinas Pliego, zar de TV Azteca y dueño de casi 30 ó 40% de lo que la televisión arroja en las pantallas, escribió en su blog que la gente no está interesada en ver el debate político entre los cuatro candidatos a la presidencia de la república (2012). Salinas Pliego, en una situación bastante oscura, como todo lo que ocurre con los poderes mediáticos en México, se ha opuesto a cambiar la hora de un partido de fútbol para mostrar el debate. Su argumento: perderá espectadores. Su otro argumento: a la gente no le importa el debate. Pero, vamos, si no fuera tan importante como dice entonces no creo que fuera necesario dar tan explicación, ¿me explico? Es como dijera el personaje de Einstein en una obra de teatro: si en verdad estuvieran tan seguros que la relatividad es una falsedad, nada más necesitarían un solo argumento para comprobarlo.

Pero en el fútbol, sin rascar tanto, tiene defensores dignos desde done se puede hablar. Desde ese lugar que Jorge Valdano propuso: “el fútbol es lo más importante de los menos importante”. Desde ahí.

Pep Guardiola, ese hombre entallado hasta el hueso en un traje gris y una corbata negra, con la cabeza rapada y la barba crecida, es el ejemplo claro del político que no existe en México. Su diferencia es idéntica a la Guardiola con Mourinho: uno quiere ganar, ganarlo todo, tenerlo todo, llenar las vitrinas con premios y trofeos. El otro buscaba cambiar la historia. Todo se resume en una frase: “si perdemos, seguiremos siendo el mejor equipo del mundo. Si ganamos, seremos eternos”. ¿Ven la diferencia?

Ahora Guardiola, en el mejor momento de su carrera (ojo, de su carrera, no del club) ha decidido dar varios pasos atrás. Seguramente convencido de lo que una vez dijo: “lo hemos pervertido. Lo hemos convertido en una parte de negocio del que vivimos”. Y cuando eso llega, acá no se salen con el olé a la espalda y el estadio lleno gritando tu nombre, sabiendo que algún día regresará mejor que nunca.

“Si nos levantamos pronto, sin reproches, sin excusas, somos un país imparable”. Cuánta falta le haces, le harás, nos haces, a todos.

Hace un año leí un fragmento de la biografía del ridículo y esotérico músico Marilyn Manson, que dicho sea de paso, se le confundía con lo que había quedado del mejor amigo de Kevin en la serie Los años maravillosos, un muchacho delgado bien peinado y con lentes de pasta, en donde decía más o menos así: “quiero que la gente me odie por las razones indicadas”. Hasta la fecha, es una de las expresiones más recurrentes en mis días, y ahora le encuentro un mayor sentido con el debate mediático que ha surgido por la serie de leyes que buscan frenar la piratería en la Internet, y que se han reducido al nombre de SOPA.

Y es que como estoy enfermo de una manía obsesiva que busca extraer la raíz de toda acción, me pregunté si en verdad estamos odiando (los que la odiamos) a la ley SOPA, y las reformas que vienen detrás, por las razones indicadas.

Para contextualizar un poco, varias compañías en Internet y empresas de tecnología informática se han declarado hoy 18 de enero en una huelga internacional para protestar que la cámara de representantes en Estados Unidos construyera, e intentara y siguiera intentado, pasar una ley que básicamente le permitiría a instituciones públicas de Estados Unidos cerrar y castigar sitios que de alguna manera violen los derechos de autor, así como exigir que las empresas dedicadas a otorgar el servicio de Internet la hagan de chivatos cuando vean algo sospechoso. Algo similar sucedió en España con la famosa Ley Sinde (que no está de más decir que Sinde, la mujer detrás de esa acta que buscaba objetivos bastante similares, es una aclamada guionista de cine).

Entre quienes han decidido levantarse en protesta, destaca el sitio Wikipedia (la enciclopedia más visitada en el mundo) y Google (el buscador más potente que tiene la Internet). Pero, por supuesto, también hay retractores, como son asociaciones de productoras cinematográficas y musicales (no todas, pero por lo menos las más fuertes en Estados Unidos).

Algunas de las protestas toman la bandera de la defensa de la libertad de expresión, la cual es validad y necesaria como un derecho que nos permite demandar otros más esenciales como la comida, la salud y la libertad. ¿Pero qué tan real es la defensa de la libertad de expresión que ha provocado la contrarespuesta a la Ley Sopa? Pensemos por ejemplo en cuántas manifestaciones o muestras de repudio se han hecho para defender a los blogueros iraníes encarcelados y condenados a pena de muerte por oponerse al gobierno, o cuántas protestas han surgido desde el gremio en contra de la censura China, o en defensa de la organización Wikileaks cuando se filtraron los cables del Departamento de Estado de Estados Unidos, o de la censura en países como Corea del Norte o Cuba. Si el argumento de una Internet libre es la de acceder sin problema a productos de artistas, productoras o empresas que no comparten nuestra visión del CC, parecería que nos hemos saltado otros muchos más esenciales. No quiero sonar como el pesimista que arruina las buenas acciones, pero tampoco deseo que quienes no quieran compartir sus creaciones artísticas e intelectuales estén obligados a hacerlo.

Aunque creo que ese no es el punto primordial del debate de la Ley Sopa (o, poniéndonos mansonianos, no son las razones indicadas para odiarla). Es decir, no se trata que grupos musicales o escritores suban sus obras en la Internet para que se descarguen de forma gratuita (se les agradece, pero en esta ocasión su muestra de protesta es un tanto irrelevante) o que, en contra parte, se pongan candados en discos musicales o protectores de escaneo en las páginas de los libros.

Se trata de ir un poco más lejos.

Es decir, necesitamos una Internet más segura, El libro de Knake, La guerra en la Red, da una excelente explicación de cómo navegar en la Internet es un peligro constante por virus, gusanos y troyanos que exponen nuestra identidad y patrimonios a grupos delictivos (en México, por ejemplo, no existe alguna fiscalía o institución sobre seguridad Internet, para variar). Necesitamos, en primer lugar, defender la libertad de expresión en su esencialidad, como es el oponerse a los castigos de blogueros o webmasters que son encarcelados o asesinados por expresarse en contra de sus gobiernos o prácticas autoritarias, o en donde se censura el acceso a información “sensible” a los usuarios (que por lo menos tenga una respuesta similar a lo que provocó la Ley Sopa). Debemos abogar por leyes y actas que rompan con el viejo modelo industrial que no permite un acceso más rápido y masivo de la información, y que se empecina en poner candados a prácticas tan básicas como el intercambio, y que prefieren adecuar el mundo que es más grande y se mueve más rápido que ellos, a cambiar sus prácticas monolíticas. Leyes que tomen en cuenta también a los que estamos a favor del software libre y los CC, pero que de igual manera incluyan los intereses de los creadores, quienes tienen tanto derecho de compartir su trabajo como de oponerse a ello. Que se acabe con el monopolio de Microsoft y Apple, en donde el primero ha invertido más dinero en campañas de lobbyng en las cámaras legislativas que en mejorar sus productos. Leyes que incluyan más voces en los debates sobre Internet, que no sólo tomen en consideración a las grandes empresas que no han podido ni querido cambiar los estrechos puentes entre sus productos y los usuarios. Que se acabe con los agujeros negros en donde no existe la Internet, y que sectores privados y públicos inviertan en infraestructuras que den mayor acceso.

Parece que quienes pensaron en la Ley SOPA, y otras similares, no se han dado cuenta que existen otras prioridades, algunas que deben ser resultas inmediatamente, y que hay otras perspectivas. Tal vez esa es la razón más indicada por la cual odiamos (o por lo menos yo odio) este intento de acción legislativa: nos han hecho creer que todo lo demás está resuelto, y que nuestra única obligación, es seguir poniendo videos de YouTube en Facebook (si es que la ley nos lo permite aún).

Cuando estaba en la prearatoria, unos amigos y yo decidimos ir a un concierto en San Antonio. Como sería un viaje en carretera de más de diez horas, decidí comprar un libro para leerlo en el camino. Fui a una de estas librerías de viejo, y compré el de Crítica religiosa, de Voltaire, el cual consistía, en el corpus principal, en una larga lista de preguntas que el pensador francés le hacía a la biblia. La mayoría de las preguntas eran de inconsistencias lógicas e históricas. Cuando lo terminé, muchas de esas preguntas se quedaron en mi cabeza por largo tiempo. Y después, cuando tuve una plática con alguien religioso (tal vez en la escuela, no recuerdo bien), esa preguntas brotaron como por arte de magia. Y la respuesta inmediata fue “que todo es un acto de fe”. Es decir, la biblia estaba plagada de incongruencias porque todo lo que ocurría ahí, o la mayoría de las cosas que ocurrían, no tenían sentido de manera intencionada. Al final, de lo que se trataba, era de creer algo que en sí ya era in-creíble, es decir, algo que por su misma naturaleza explicativa no debía tener veracidad.

En fin. Así comenzó todo.

Después de mucho tiempo, me di cuenta que el único soporte que tiene la gente religiosa para comprobar que dios existe son unos cuantos viejos libros y los testimonios de algunas personas que han encontrado a dios, y que vistos desde la lejanía, parecen ser pruebas fehacientes de la asertividad de un creador que se asemeja más a un mal vendedor de seguros que no puede subir su tasa de ventas mensuales.

Pero el punto no es dar argumentos de la existencia o no de dios. No en este momento. Estoy convencido de que no hay alguna fuerza sobrenatural que haya creado todo y nos proteja mientras dormimos y nos guía al paraíso cuando morimos, creo que hay explicaciones muy sensatas que nos permiten conocer cómo se generó el universo, la vida, y todas las cosas posibles que habitan en el cosmos sin la necesidad de dios.

El  punto al que quiero llegar es que habría que ser ateos a pesar de que dios existiera. Es decir, no debería ser nuestra responsabilidad creer en él, o hacer esas cosas tan extrañas que vienen en la biblia para complacerle. Deberíamos vivir como si dios no existiera, incluso si existiera.

Recuerdo que un día platicaba con unos amigos que me decían que si no me inquietaba saber que al momento de morir no pasaría nada, y que todo se acabaría. Y es que algunos religiosos creen que estar conscientes de nuestra vida es algo sumamente importante. Recuerdo que les respondí que al contrario de lo que pensaban, cuando mueres suceden muchas cosas a niveles microscópicos, cosas que involucran a partículas y elementos tan pequeños e instantáneos que somos incapaces de verlos.

Pero volvamos al punto: debemos ser ateos a pesar de dios. Si es tan inteligente como dicen, él lo entenderá. Sabrá que debemos arreglárnoslas sin él. Que sería más justo para todos saber que por dentro, biológicamente, somos iguales, que no hay nadie que es preferido por el buen padre (a veces escucho que me dicen que dios me ama a pesar de que yo no, aunque eso no me exime de que me vaya al infierno).

Cuando un amigo me preguntó si no es bueno que todos pensemos que somos hijos de un mismo dios, incluso para fines pacifistas (arrastro lo político hasta donde puedo), yo le contesté que si a todos nos hubieran enseñado que la vida es un instante en donde un organismos multicelular es consciente de su presencia en el mundo a través de su fragilidad por perder esa capacidad de consciencia, de que lo que nos compone biológica y químicamente es lo mismo que compone al mundo y a todos los seres vivos y objetos de todos los espacios posibles, entonces tal vez habríamos entendido mejor nuestra igualdad, incluso habríamos hecho el intento por entender mejor las similitudes antes de nuestras diferencias.

Ale.

Aquí el comentario que el buen Jaime Bailleres hizo al texto que presenté en este mismo espacio titulado “La izquierda que nunca llegó al mundo árabe”.

Le agradezco a Jaime lo acertado y pertinente de su respuesta, y su provocación al debate sobre algo que nunca deja de tener relevancia.

Jaime lo presentó como una nota en Facebook, y yo me tomé la libertad de publicarlo aquí.

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En torno al apunte

 ”La izquierda que nunca llegó al mundo árabe” de nuestro querido compa Juan M. Fernández pongo aquí un comentario a su consideración y opinión.

 Ese mi Juanito: no me gusta el formato de la respuesta en FaceBook por varias razones, pero una de ellas es que los apuntes se quedan escondidos, en una letra por demás ilegible y en ocasiones en una condición inhóspita, como si se tratara de un soliloquio frente a un espejo que no produce resultados a partir de la crítica, pero pese a eso, aquí te dejo este comentario.

 Me gustó tu apunte sobre la izquierda en el movimiento nor-africano o en la llamada primavera árabe.

Creo que propones una revisión a las ideas sobre lo que suponemos es la izquierda en ese contexto. Y aquí empezaría yo a cuestionar a partir de tu comentario sobre la izquierda y sus resultados en la historia reciente y cercana latinoamericana; por decir un ejemplo, creo que la izquierda chilena que antecede a Pinochet no es la misma que la que podríamos identificar en este medio contemporáneo que mencionas en relación a Túnez o Egipto y otros países en la secuela del movimiento. Dices o dejas ver que, no hay secuela, pero al mencionar lo que pasó en Túnez reconoces que la bola de nieve creció y en otros países las cosas han derivado en movimientos similares como en una réplica telúrica. Ahí la primera contradicción en tu texto.

 Luego ¿hasta dónde podríamos decir que la izquierda no tuvo logros en América Latina o un proyecto eficiente? o lo que es más ¿cómo definimos un proyecto eficiente de la izquierda en América Latina o en torno a la figura de Obama cuando lo que es evidente es que el ala conservadora del estado norteamericano tiene sus artillerías dirigidas hacia otra región que no sólo es Medio Oriente? ¿No es el Mercosur una piedra en el zapato para los que quieren controlar el mercado mundial y la liberación de aranceles de forma global?

 Dices “… fue algo evidente y oculto entre los discursos progresistas que no han logrado cuajar: la izquierda no tiene un proyecto político eficiente”.

Habrá que ponerse en discusión a cuál izquierda te refieres,  y bajo cuáles conceptos y preceptos. ¿Se trata de una izquierda cooptada en la centro-izquierda mexicana? No lo creo, y tampoco creo que a ella te refieras porque tu aparato crítico es suficiente como para poner en discusión a la política mexicana en este tipo de eventos, eso no lo dudo.

Pero, lo mismo quiso dejar ver Jorge Castañeda en La Utopía Desarmada y otros detractores de todo aquello que puede poner en jaque la estructura de las buenas conciencias, y que suponen que la izquierda no tiene un proyecto político eficiente. ¿No hay ejemplos de la izquierda eficiente en el poder?

Pa qué nos vamos tan lejos, sería injusto poner al margen a la ciudad de México y su historia reciente en ésta consideración. ¿No crees?

 Hay un librito de Alain Badiou muy bueno que se publicó el año pasado que se llama The Communist Hypothesis, (en la red ya hay una copia disponible en pdf) donde al final viene copia de una carta que le manda Badiou a Slavoj Zizek y le reclama dos o tres notas y conceptos que para la visión de Badiou, Zizek no está planteando correctamente en torno al proyecto de emancipación desde la tradición maoista. Entre líneas deja ver que: “– los descendientes de la contra-revolución, gritarán porque pensarán que tanto Zizek como Badiou siguen hurgando en el pasado de un comunismo sepulcral” donde creo yo que se podría encontrar respuestas a la democracia fallida e imperfecta.

Y en este campo se encuentran varios que suponen que el marxismo como discurso es un proyecto fallido porque transfieren (sin análisis, por default, así como lo hace Pedro Ferríz de Cunt o Luis Pazos por mencionar a dos moscas nada más) el accidente político-económico-burocrático del Soviet y su consecuencia simbólica del derrumbe del muro de Berlín en el incuestionable factotum del evento histórico-mediático que sirvió para denostar cualquier indicio de revuelta, de manifiesto, haciendo creer que el socialismo –ahora sí- no tenía de dónde agarrarse.

 Entonces, cuando hablamos de izquierdas accidentadas, en opisción, no hay que perder de vista el concepto roído de las democracias occidentales apoltronadas en la comodidad de un sufragio mediático, utilitario, convertido en divisa-signo.

 Manejas la idea de que “…la izquierda no tiene un proyecto político eficiente. No lo tuvo en América Latina, no parece tenerlo en Estados Unidos con Obama, y ahora vemos que no lo tendrá en estos países de tradición árabe que se levantaron en contra de sus gobiernos”. El problema aquí no radica solo en los planteamientos que se hacen desde una postura académica, intelectual o independiente, porque aunado a esa postura -por demás legítima o que se supone que se declara para confrontarse o debatirse- lo que se debe considerar también es que en oposición, la derecha o la democracia de Estado es un proyecto fallido, en tanto no se ha democratizado la democracia del poder o la democracia institucionalizada.

 Y luego mencionas, y aquí es donde encuentro una segunda contradicción: “– en Túnez, en donde la izquierda logró generar un bello e inspirador movimiento, resistió las bajas provocadas por los enfrentamiento con el ejército, y se mantuvo por un largo tiempo hasta que, por fin, consiguió la victoria viendo marchar a la elite autoritaria del poder”.

 Líneas arriba en tu apunte dices que la izquierda no tuvo logros y parece no tenerlos. Entonces, partiendo de esta idea, asumimos como logro ¿nada más lo que se obtiene en ese presentismo de la acción política? Después de eso ¿ya no tendremos nada? (Bueno, lo acepto, aquí exagero en la pregunta)

Pese a que los resultados de la protesta parecen no verse, en esencia, ahí están, y no sólo lo que el aparato de poder reconoce es visible, sino lo que hasta para el propio sistema se torna imperceptible, como el activismo de organizaciones independientes que les importa poco ser del todo evidentes –del evidens, de lo que se ve- o protagónicos que quieren la tajada del reconocimiento. Baste un ejemplo, a los Anonymous no les interesa el reconocimiento desde la condición institucional que legitima, sino desde la marginalidad que los reconoce en un plano subjetivo que incide en un discurso construido desde la disidencia, no desde el grupo reconocido.

Dices que después de la revolución parece no haber nada claro o visible (la interpretación alegórica es mía). La secuela de una manifestación popular como la de la primavera árabe o la de Egipto, no se perdió de una manera incierta, al menos, para los que están interesados en tener un control geopolítico, la secuela no está perdida, lo que es más, esa secuela que tú dices no ver o que se pierde en la neblina, para algunos está más que clara y tiene detalles muy definidos en un proceso de intervención política a través de una guerra de baja intensidad que revierte la revuelta, y que tiene toda posibilidad de rediseñar la comuna en protesta, o la insurgencia urbana en núcleo. Es justo ahí, en donde parece ser que la incertidumbre se erige como avatar donde la certeza de un sistema puede posicionarse.

 En cambio, la parte donde resuelves el apunte y dices que la izquierda organizada finalmente no produce frutos me parece que es relevante a partir de la incuestionable verdad a partir de los hechos no sólo determinados por cantidad y calidad histórica.

Ciertamente, la izquierda tiene fallas, y muchas, pero su acierto es que se reconfigura en la crítica sistemática que se hace -y debe seguir así- desde su interior. Mientras esos países pasan por fases de reacomodo en una reconversión ideológica y política, y protestan contra la izquierda incluso (el caso de los estudiantes chilenos es un hermoso ejemplo de disidencia organizada desde la izquierda y que estoy seguro que dará frutos), la democracia del capital, y la misma economía sustentada en el libre comercio neoliberal, lejos de reconvertirse o reconfigurar, se opone a la crítica, desaloja, somete, oprime, calla, censura, golpea, sofoca, y sigue tratando -aquí sí, de desaparecer sin dejar secuela o pista para su investigación- todo indicio de manifestación y declaración en su contra.

 Por ello, como dices, cuando la izquierda entra en receso después de la protesta: “pero que le cuesta mucho construir proyectos estables que funcionen”; le cuesta trabajo porque no puede tener el poder desde adentro del sistema, lo tiene que hacer desde la condición del transgresor, del outsider, del marginal, ya para ello, pues ni modo que sea en su totalidad desde la realidad-concreta de los resultados en una estructura funcional que mide el éxito en logros demostrables y a la mano.

La gran muralla China no se hizo en unas cuantas semanas mi Juan.

Gracias por compartir tu enlace al texto en este medio, que pa eso sirve, creo.

Abrazote.

Ale.

Túnez detonó lo que anticipadamente se llamó la primavera árabe. Ese momento cálido y rejuvenecedor que viene cuando el inerte frío se ha ido. Vaya figura. Y en específico un joven vendedor ambulante que fue humillado por un policía al voltear su carrito de verduras y abofetearlo frente a todo el mundo. Ese policía, ahora escondido en una cueva como Hussein cuando iba ser capturado, no midió las consecuencias de levantar la mano contra un pequeño comerciante que en una situación normal hubiera corrido despavorido, pero que, de manera contraria, tomó un galón de gasolina y se prendió fuego frente a un edificio de gobierno.

La bofetada, el carrito volteado y un hombre inmolándose hasta el hueso, lo comenzaron todo. De Túnez se extendió a Egipto, luego al Líbano, y luego a otros países con no tan eficientes resultados, en donde sus respectivos dictadores cayeron, cada uno de acuerdo al nivel de profundidad con el que estaba cosechando su poder.

Lo que mostró la primavera árabe, más allá del logro de crear colectividades eficientes que fueran capaces de incidir en un mundo político que por muchos años le fue ajeno a la gente (y muchas otras lecturas favorables que seguramente desconozco), fue algo evidente y oculto entre los discursos progresistas que no han logrado cuajar: la izquierda no tiene un proyecto político eficiente. No lo tuvo en América Latina, no parece tenerlo en Estados Unidos con Obama, y ahora vemos que no lo tendrá en estos países de tradición árabe que se levantaron en contra de sus gobiernos.

Jean Braudrillard decía que el verdadero acto revolucionario venía después que la guerra había terminado. Algo similar dijo Zizek sobre la película de V de vendetta: ya hemos derribamos el símbolo del poder político autoritario, ya hemos sacado a miles de personas a la calle, ¿y ahora qué hacemos? Por eso, dice Zizek, debemos retomar a Lenin, quien decía que las armas no eran la revolución, sino ese proyecto político que queríamos construir a través de ellas.

Lo mismo ha pasado con la primavera árabe, y principalmente en Túnez, en donde la izquierda logró generar un bello e inspirador movimiento, resistió las bajas provocadas por los enfrentamiento con el ejército, y se mantuvo por un largo tiempo hasta que, por fin, consiguió la victoria viendo marchar a la elite autoritaria del poder. Pero una vez ahí, una vez terminada esa revolución, la que le seguía, la que debía tener un proyecto político que sostuviera al país y lo guiara por el camino que los pasados líderes no pudieron vislumbrar, se perdió de manera incierta. Con el país incipientemente en calma, los que han llegado al gobierno como parte de las primeras elecciones democráticas del país fue una agrupación tradicionalista islámica. El segundo al mando del partido religioso ganador, dijo que Túnez estaba apunto de convertirse en el sexto califato árabe. El discurso de izquierda que imperó en toda la movilización fue sustituida por un sermón religioso. Algo representativo de lo que será esta Túenz, fue la censura de la película animada Persépolis, en donde se muestra, a través de la historia de una pequeña niña, cómo después de la guerra contra el Sha en Irán, los que se hicieron del poder, hasta la fecha, fue un partido islámico que, después, comenzó una cacería en contra de los socialistas que construyeron el camino al poder que luego ellos tomarían.

¿Son las tecnocracias islámicas una alternativas no conveniente para los países de la primavera árabe? No debería ser cuando el cuerpos de las revueltas lo dio una izquierda que se sabe organizar para demandar, pero que le cuesta mucho construir proyectos estables que funcionen. Y no lo es desde la perspectiva de un ateo como yo que creo que la política debe ser secular y democrática.

Si existe una moraleja en la historia, es que la izquierda combativa que sale a las calles y demanda el fin de una forma política pública sin tener una propuesta detrás que la apoye, se quedará eternamente en el arte de la guerra. Irán, y ahora Túnez, son un ejemplo claro: las movilizaciones izquierdistas, que lograron sacar a millones a las calles, no pudieron meterlas en las urnas para que votaran por ellos. Diagnóstico que seguramente no cambiara hasta que las izquierdas globales asuman un proyecto político real para las circunstancias actuales, que tengan una alternativa económica y administrativa, que le dé confianza a la gente para que la próxima vez que salga a la calle, sea para darle su voto a los representantes de la izquierda.

 Tury. 

Hay un tono de presagio aterrador en el cuento El dinosaurio de Augusto Monterroso (“Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí”) que se relaciona con la ya próxima elección para el puesto de ejecutivo (o ejecutiva, que esperemos sea pronto) en México, y con la virtual victoria de Peña Nieto.

Porque una de las peores cosas que le podría pasar a este país es que el candidato del PRI ganara. No por él, no porque no lee, y lo que lee parece no le deja ningún aprendizaje; no porque es un homofóbico probado; un religioso recalcitrante; alguien más preocupado por su imagen que por sus ideas; un defensor de la intransigencia y de la corrupción (sólo habría que recordar su administración como gobernador del Estado de México y su relación con el grupo Atlacomulco). No porque su hija mostró, a través de retuitear un mensaje de su novio, que es también un clasista que busca permanecer en la cúpulas, de donde nunca ha salido; no porque hace comentarios machistas cuando le preguntan el precio de la tortilla, y menos porque no tenga idea de cómo viven la mayoría de las personas que piensa gobernar.

Esas no están ni cerca de ser las razones para pensar por qué Peña Nieto no debe ser presidente de México (enlistadas a las que ya mencionó Carlos Fuentes para la BBC). Sino por cómo quedaremos representados como ciudadanos legales y político de México. Como la mujer golpeada por su marido que le abre las puertas cuando le pide perdón. Pues para el PRI, y Peña Nieto, doce años son suficientes para pensar que han reivindicado los graves errores que cometieron como partido hegemónico durante siete largas décadas, y, peor aún, porque estamos a punto de aceptar que así es, que nuestra memoria histórica sólo es capaz de recordar ese tiempo, no más.

Sería volver a humillarnos, dejando la puerta abierta, no a un hombre que cada vez que habla se hunde más a sí mismo, sino a esa forma de vida que representa todo lo que ensucia y desnoblece la forma humana. Sería como tomar el grillete y ponerlo en nuestro propio cuello.

Porque no se trata solamente de decir no a un partido, o un hombre. Es decir no a esa incapacidad de las personas para construir cosas que sirvan y sean útiles para todos. Pues siempre debemos aspirar a tener a los gobernantes que nos merecemos, que sean más aptos y capaces de tomar las decisiones de un país que se ha cansado de repetir los errores de su historia. Que entiendan la nación que administran, que sepan que son funcionarios públicos al servicio de millones de personas que tienen el derecho y la obligación de cuestionarlos, revocarlos y juzgarlos, si lo creen necesarios.

Nunca habrá que abandonar la esperanza que un día, cuando despertemos, el dinosaurio ya no estará ahí, se habrá ido o lo habremos matado. Porque nuestra historia, y mucho menos nuestro presente, debe estar ligada al corazón de esa vieja y obsoleta idea de que siempre serán otros, los que no nos conocen y no desean conocernos, los que tomarán el timón de nuestro rumbo.

Ale.

La llegada de Obama a la presidencia de Estados Unidos representó un alivio histórico y el momento clave en la finalización de una administración desastrosa y polémica como la de W. Bush. Parecía que nada podía derribar a Obama. Incluso Michael Moore cerró uno de sus documentales dándole una carga demasiado fuerte para sus aún poco conocidos hombros (Capitalismo: una historia de amor). Pero Obama no ha resistido el embate de una crisis financiera que se gestó desde los periodos presidenciales anteriores, detonada por un sistema bancario que no midió las consecuencias de dar créditos a una industria inmobiliaria nacional que apenas y lograba sostenerse, mezclado con el debilitamiento de las economías europeas, la devaluación de casi todas las monedas del mundo y la caída de los mercados, en parte por especulaciones rapaces y por la desconfianza de los compradores por apostar por un sistema económico fallido.

Poco a poco Obama fue cayendo. Y ahora se topa, afortunada o desafortunadamente, con un movimiento, jóvenes en su mayoría, que propuso plantarse en Wall Street y exigir que los grandes bancos y financieros que llevaron al país, y al mundo, a la crisis por los malos manejos de créditos impagables y deudas tóxicas, rindieran cuentas y pasaran factura de sus errores. El movimiento, una de las mejores cosas que le ha pasado a Estados Unidos desde las movilizaciones por los derechos civiles y de género en los sesentas, se llamó a sí mismo Occupy Wall Street (OWS).

Pero a pesar de lo importante de este movimiento, que ha logrado cautivar a reconocidos personajes en economía y política, así como gente común y corriente (en los que me sumo), encontrando eco en diferentes rincones del mundo, su objetivo debe ser leído como un reclamo verídico, no como una solución operativa a los problemas económicos del país. La decisión final le corresponde al país entero, en gran parte a Obama. Quien en su administración durante la crisis no ha podido desvincular la economía nacional del sistema bancario. La práctica de los administradores del dinero público, como intermediarios de lo que la gente gasta, presta y cambia, sigue recayendo en los bancos, y mientras sean ellos los que controlen el flujo de los mercados, rindiendo cuentas sólo a los grandes grupos de poder detrás, los ciudadanos promedio (el 99% de la población mundial), se hundirán cada vez más.

EL problema es que Obama ha guardado demasiado silencio. Se ha callado los enfrentamientos entre policías de Nueva York contra manifestantes desarmados (un tema aparte que puede llegar a convertirse en su fantasma de navidad sino hace algo inmediatamente), las exigencias legítimas de una revisión del sistema bancario estadounidense; se guardó sus palabras cuando una fracción del partido republicano decidía el futuro de la economía, y cuando el Tea Party exigía un elevación del techo fiscal del país.

El OWS es la oportunidad de volver a tomar la voz que lo llevó a la presidencia. Debemos estar seguros que los dueños de los grandes bancos volverán una vez más (y muchas más) de rodillas a la cámara de representantes a disculparse por sus intencionados errores y buscando que el gobierno los remiende,  pero seguramente será demasiado tarde.

Ale.

Estamos aquí para reírnos del destino y vivir tan bien nuestra vida que la muerte tiemble al recibirnos, Charles Bukowski

Hace muchos años, en un supermercado, me encontré con la película El hijo de la novia, dirigida por Juan José Campanella. En la portada estaba Ricardo Darín, enseñando los dientes, con la mirada clava en el lente, arrugando la frente, y con un mechón de cabello sobre el rostro. Ese rostro, que en aquel momento me provocó dejar la película en donde la había tomado, se convertiría en un aditamento esencial en mi vida.

Entiéndase que esto es un acto confesionario puro. Una confesión basada en la necesidad innombrable de admitir mi obsesión por Ricardo Darín, ese actor argentino perteneciente a una generación de intérpretes salidos de la televisión.

Tengo que aclarar, como lo hace mi amiga Danae, que es una atracción no sexual. No lo veo tampoco como un padre, un tío o un hermano. No es mi inspiración de vida, a pesar de ser un hombre sumamente inteligente, sensible y con gran sentido del humor. No es el mejor actor del mundo, es decir, no es Joaquin Phoenix o Philip Seymour Hoffman. Y por mucho, no es el mejor director.

Esta obsesión tiene una respuesta más en mí que de él. Y creo que estoy llegando al punto de esto: hay momentos, algunos duran toda la vida, en los que te agarras de ciertas cosas o personas, a veces de manera inexplicable, para hacer del viaje de la vida algo más llevadero. Deleuze y Guattari decían que el niño asustado se agarra de su cobija, se tapa para ocultarse de los monstruos que se alojan debajo de la cama.

Darín es un paliativo para mis demonios internos. Es un tono argentino, y unos ojos empalados por unas ojeras que lo hacen parecer un chino porteño; es el recurrente papel de un hombre que lo ha perdido todo pero decide seguir luchando; es su silencio, tragando saliva, diciendo con tranquilidad “Andáte”; es una vena encendida gritando por la puta que lo parió a un pelotudo de mierda. Es una compañía a los ratos de soledad, cuando la tristeza aprieta. Es un diálogo extendido, más al azar que por otra cosa, por la sencilla razón de que la vida es como una pelea de box que estamos a punto de perder. Mi obsesión es Darín, como todos tendrán la suya en las presentaciones más peculiares.

Para los fieles seguidores de la película Casablanca, la escena que corona ese melodrama tan bien contado e interpretado por Hepburn Bogart, es cuando en el aeropuerto Rick le dice a Ilsa que debe irse con Victor, y no con él. Ilsa, claramente sorprendida, le cuestiona sobre qué pasará con su amor. Rick, embutido en una gabardina y un sombrero como un detective de novela negra, le responde: “Siempre tendremos París”. Vale recordar que Ilsa y Rick se conocieron y dejaron en París, convirtiendo esa ciudad en una figura idealizada de su amor imposible, algo que cuando la guerra y la vida que han decidido llevar les aprieta el cuello, escapan momentáneamente para sentirse aliviados. París fue un lugar casi al azar, como pudo ser Montevideo o La Paz.

En mi soledad, recurrente y bien recibida, cuando me veo claramente sorprendido, la voz de Hepburn Bogart me dice “Siempre tendremos a Darín”.

Foto.

Hoy no se llaman herejes o extranjeros, sino terroristas, criminales o sicarios. El otro vigilado pierde su forma determinada, si es que alguna vez la tuvo, para convertirse en algo completamente amorfo. Las palabras del terrorista anónimo no pueden ser canalizadas hacia un solo referente, lo que sin duda impacta en el fortalecimiento del sujeto vigilante: ese que interioriza el miedo al otro desconocido generado por un Estado que es incapaz de encontrarle forma.

 

Fernández, J. M. (2011). Vigilados y protegidos. Pistas sociológicas para leer la vigilancia. Sociogénesis, Revista Electrónica de Sociología, 5. Recuperado el día del mes del año, en http://www.uv.mx/sociogenesis.

 

 

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En mundo no muy lejano, con vidas tristes y al límite como la de cualquiera de nosotros, un planeta muy parecido a la tierra se planta cerca del nuestro. La euforia crece después que la humanidad se ha dado cuenta que en aquel cercano y parecido planeta, existe un ser idéntico a nosotros que comparte un pasado similar, por no decir igual.

En nuestro planeta, Rhoda Williams, una joven aspirante a la MIT, choca accidentalmente con una familia, matando en el momento a la esposa e hijo de John Burroughs, un aclamado compositor y profesor universitario. Después de cumplir su condena, Rhoda regresa a su vida habitual, pero incapaz de integrarse completamente a lo que dejó antes del accidente. Ingresa como personal de limpieza en una secundaria, y se muda al ático de su casa con un colchón y una lámpara, castigándose en todo lo que hace, volviéndose un reflejo quebrado de lo que era. Perseguida por el fantasma de su pasado, decide buscar a John Burroughs para disculparse, único sobreviviente del accidente, pero una vez frente a él, lo único que es capaz de decir es que trabaja para una compañía de limpieza. John Burroughs, abatido hasta el suelo de haber perdido a su familia, acepta a regañadientes la propuesta de Rhoda.

Después de estrechar su relación, ambos comienzan un amorío que conduce a Rhoda al dilema de decir o no quién es realmente. El conflicto de la historia detona cuando Rhoda gana un pase para visitar la Tierra II, ese enigmático planeta espejo, siendo esto una oportunidad para reconfigurar su vida en un lugar en donde existe la posibilidad que el accidente nunca haya ocurrido. Pero Rhoda, en un acto de salvación, decide darle su boleto a John, argumentando que de acuerdo a un experto (una voz narradora que interviene para presentar interrogantes sobre la infinitas posibilidades del ser humano de ser lo que es), en el momento en que los dos planetas se encontraron, se rompió la sincronía entre ambos, unos momentos antes de que el accidente ocurriera.

Ninguno de los dos se vuelve a ver, hasta que Rhoda se encuentra con un reportaje televisivo que muestra a John apunto de salir hacia la otra tierra.

Una historia simple que es engrandecida por esa oportunidad posible de comenzar en otro lugar. Lo interesante de esta cinta, es que ese suceso magnánimo, como es el encontrar un mundo paralelo al nuestro, es sólo un escenario para abordar cómo la vida es una delgada capa de cristal lista para quebrarse en cualquier segundo.

El presentar una historia pequeña dentro de una que se muestra con mayor complejidad, me recuerda a las reglas del Western, en donde los personajes se mueven a la sombra de acontecimientos que son demasiado grandes para entenderlos (La guerra, normalmente, de la cual son pasajeros silenciosos obsesionados con una venganza personal o buscando un oro escondido). Recurso manejado con gran sutileza en Sinécdoque, New York, del imprescindible Charlie Kauffman, en donde el personaje del director de teatro hipocondríaco vive inmerso en un mundo al borde del caos lleno de enfermedad y guerras civiles que le es ajeno ante las pequeñeces de su divorcio y los constantes malestares físicos que se le presentan.

Una estrategia bien lograda en esta película que se ve reflejada en una fotografía para nada fina, casi cayendo en el video casero, que le da una frescura y naturalidad que contrasta con lo ambicioso de la historia. Este realismo dramático envuelto en contextos grandilocuentes, una de mis obsesiones más recurrente, nos sirve para desmitificar, por un lado, las historias de ciencia ficción que habían caído rendidas a los pies de guionistas escuetos y sin ambición; y que, por otro, nos llevan a considerar lo más esencia del ser humano, no importa que sea un poderoso superhéroe o una situación tan descabellada como un planeta igual al nuestro flotando por el universo, que es la delgada línea entre el amor, el odio y el perdón.

Cabe mencionar que las mentes detrás de esta película son Mike Cahill, director y co-guionista, y Brit Marling, una licenciada en economía que dejó varias propuestas de trabajo por la actuación, co-guionista y protagonista de la historia. Una pareja con un importante futuro en el cine, dando muestra de que la grandes historias también pueden ser sensibles y huamanas.

[Nota: Me he fijado, por el buscador del blog, que mucha gente quiere saber qué es lo que escribe Rhoda en la mano del hombre de mantenimiento que virtió cloro en sus oídos y ojos: Forgive (perdóname)].

La pecera vacía se ha convertido en un florero sin flores. Se pasea por la sala y el cuarto buscando las llaves que están colgadas en la parte de afuera de la puerta principal. Se toca las sienes cansada; se masajea las pantorrillas y los chamorros flácidos. Huele a ese perfume del buró, con su frasco de cristal y la tapa en amarillo. Se cansa de buscar y se sienta frente a la peceraflorero en el sillóncama. Sus tobillospies le duelen hasta la espaldacuellocabeza.

Se sienta pero con sus ojos sigue buscando esas llaves perdidas. Se mira al espejoverdugo que cuelga de una de las cuatro paredes de la sala. Se mira las arrugas de la bocalabios, se acomoda el cabello y los aretes de oro pintado con incrustaciones de crinolina y cristal.

Se pierde en los balbuceos de una lengua que apenas dice algo. Se pregunta por las llaves, y se pregunta por qué debe de preguntarse por las llaves. Se apura como si tuviera que salir en cualquier momento. Se detiene en seco, luego inicia la búsqueda. Abre cajones, levanta papeles, esculca su bolsamonedero. No hay nada.

Recuerda lo que hizo en la noche y sale al jardín; escucha la campanallavero en el fondo. Da un brinco por las llaves mientras el perro brinca con ella. Se mete a la casa. Se viste como si hubiera prisa. Se ve en el espejo y recorta con su mirada pedazos de su cuerpo, fragmentos de ella que preferiría no tener. Recorta desalmadamente y guarda los trozos en papel de aluminio. Desnuda frente a un espejo de cuerpo completo. Desnuda frente a ella misma. ¿Desnuda? ¿Frente a ella misma?

Enciende el coche, el radio, las luces. La desespera el semáforo en rojo, y que nadie se mueva, y que los que se muevan lo haga tan lento. Sube el volumen de una canción que no conoce. Grita probando qué tanto puede gritar. Lo hago muy bien, piensa mientras el semáforo se prende en verde. Grita y avanza, y luego se detiene frente a la florería. Corre a la puertamediocerrada.

Las flores en un florero que solía ser una pecera. El espejo tapado con una sabana blanca. Las llaves colgadas con un listón verde al zipper de la bolsa de mano. Se cansa de pensar en que ya no hay flores que comprar, ni llaves que perder. Ya no se prueba a sí misma en ningún tipo de acción injustificada. Se encierra en una casa que huele a perfume de lavanda. Por eso cuando cree que se ve en el espejo, sonríe. Le basta cerrar su mano y tomar un poco de aire con ella; le basta no ser la sabana colgada ni las llaves encadenas al listón verde de la bolsa.

Se pierde en la arquitectura de sí misma. Luego escucha el gorgoteo del pez debajo del sillón, sacudiendo su cuerpo sin vida, viendo su pecera ser tomada por unas torpes flores de color blanco.

Nos inventamos el primer día

Nos soñamos en el segundo

Nos preguntamos por nosotros en el tercero

Nos extrañamos en el cuarto

Nos dejamos en el quinto

Nos olvidamos en el sexto

Descansamos en el séptimo

Luego volviste

A contar los días que habían pasado

Rápidos

Como culpas

Y volví

A contar tus días

Con sus respectivas ausencias

Y entonces

El primer día regresaste

El segundo huí

El tercero me buscabas

El cuatro te esperé

El quinto nos besamos con los ojos

El sexto nos decidimos

Y el séptimo, cansados de la semana,

Caímos dormidos.

En el mundial de Sudáfrica 2010, un periodista de deportes utilizó esta bella e inspiradora expresión para referirse al director técnico de Francia de aquel momento, Raymond Domenech: un idiota culto y realizado. En México lo debemos recordar con alegría, porque fue unos de los cómplices para que la selección mexicana le ganara a aquel equipo que tuvo en sus filas a jugadores como Youri Djorkaeff, Lilian Thuram, Michel Platini y Zinedine Zidane. La expresión no es de él, y por el momento no vale la pena recordar a aquel arriesgado arquitecto que la ideó y dijo por primera vez. Y es que en el contexto aplicado a Domenech, la frase hacía alusión a un hombre que prefería llevar a sus jugadores a ver obras de teatro de Chéjov y alinear sus equipos de acuerdo a cartas astrológicas, que en los medios se presentaba como un hombre que dedicaba más hora a leer que a ver partidos de fútbol, pero que jamás ponían a un Escorpión en la defensa (¿O era Capricornio?).

El idiota culto y realizado debe entenderse como un síntoma recurrente. Algo que nos habita. Puede llevarnos a los rincones inexplorados de una librería, por ejemplo, y dejarnos secos al día siguiente por la resaca. Nos invita a reconocernos en nuestra bipolaridad constante (si es que se me permite ese término). Es la expresión que durante la Ilustración, los hombres de los cafés que discutían la grandeza posible del ser humano, no podrían haber entendido. Porque hace referencia que no somos seres racionales constantes, sino dispositivos ambivalentes que se mueven entre la grandeza y la humillación. Que la inteligencia es un bien necesario y un mal innegable. En un episodio de Los Simpsons, el ricachón señor Burns le reclama al abuelo Simpsons cómo puede ser posible que no pasen cinco minutos sin que haga algo que lo humille. Entonces sus pantalones se caen, en el centro de un panteón y bajo la lluvia, y pregunta: “¿Cuánto tiempo pasó?” Así de rápido y simple.

El objetivo sería saber si debemos evocar a nuestros antepasados para confiar en la delgada hebra de la racionalidad (y el que lo logre, le regalo un pastel de tres leches); o, en su efecto, reconocer que dentro de nosotros vive un idiota culto y realizado, que se mueve entre los océanos de lo sensato y lo insensato, no importa quiénes seamos y bajo que linaje vivamos.

AG.

A veces un arma, una idea en la cabeza, un casco, una placa, te hacen sentir más fuerte. Te provocan algo que se mete en tu cuerpo y te hace pensar que tienes la razón. Te vuelves como el caparazón de una tortuga que se mueve a la voluntad del animal que la carga. No eres tú. Eres ese pequeño amo que te dicta, que te prohíbe escuchar más voces, voces que van en contra de lo que te dicen que debes creer, de lo que tu placa en el pecho te recuerda que debes sentir, de lo que tu responsabilidad inamovible te dice que debes hacer. Eso, en palabras de Michel Foucault, hablando de Gilles Deleuze, es un fascista diminuto que habita en ti. No en forma de gran dictador, sino casi como un error en tu código genético.

En la mañana te puedes levantar y todo es normal. La voz dentro de ti te dice que el mundo es cruel, y que el único soporte que tienes es seguirla escuchando hasta que sea necesario. Es decir, te mueras, deje de necesitarte, o despiertes. Caminas por la calle y todo es caótico. No entiendes nada, y no te culpo, el mundo no siempre es como un paseo por el parque en domingo. El problema es que tú tienes una voz silenciosa que es celosa. A veces en nombre de un burócrata, o de un líder mafioso. Tú lo sabrás mejor que yo.

Se te olvida qué sentir. Peor: se te olvida que los demás también sienten. Pero nada de eso te toca, porque la voz dentro de ti, esa que no sabes bien de dónde y por qué existe, te da permiso de hacer lo que debas hacer. Como te habla en términos maniqueísta, sólo reconoce el bien y el mal. No lo cuestionas, pero sabes que la voz no puede estar equivocada.

Te manda a hacer lo que ella no está dispuesta a hacer. Eres una maquinita que se ensucia las manos por ella. Tú no debes pensar, ella ya lo hace por ti. Y tú estás bastante convencido de eso.

Llegas y tomas a alguien del brazo. No sabes si es amigo o amiga de tu hijo en la escuela, si se toparon un día en el mandado o si le ayudó a tu padre enfermo que está en el hospital cuando era voluntario. Sabes que la debes sujetar del brazo y jalarla. Tal vez te cuestione. De hecho lo hará. Pero no importa. La voz dentro de ti te dice que no proceses esa información. La vas a jalar, cada vez con mayor fuerza, y la vas a arrastrar hasta esa momentánea cárcel de cuatro ruedas que en ocasiones se convierte en tu hogar. Te va a decir que todo esto es por la paz, que están hartos de la violencia, que quieren un cambio, una consciencia. Pero de nuevo la voz. La voz es más fuerte. Es como un concierto de alguna banda de rock.

Al final regresas a casa. La de la mano no. Pero eso no la desanima, porque los que no escuchamos la voz vamos a ir rescatarla, nos mueve algo que es más grande que todos nosotros juntos. Algo que también te toca a ti, aunque no lo creas, aunque la voz te diga que nosotros no sabemos nada, que si fuera por nosotros, este mundo ya se hubiera ido a la mierda.

Pero un día tu voz se quedará sin aliento. Tu tortuga morirá y serás un caparazón vacío con un cadáver dentro. Pero no te preocupes, porque en nuestro mundo siempre tendremos lugar para ti, aunque en el tuyo seamos un estorbo.

A veces tenemos que mirar atrás. No sólo mover la cabeza y clavar los ojos en algo que se nos ha quedado en el camino. Debemos mirar atrás porque no podemos parar, y lo hacemos para recordarnos eso. La quietud se ha convertido en un acto de trasgresión. Porque tenemos esta obsesión de no quedarnos sentados y andar (esto no es mío, lo dijo Pascal). Volteamos la mirada tal vez porque estamos cansados. Porque algo o alguien nos recordó que ayer era mejor que hoy. Porque nos rompieron el corazón y nos preguntamos en dónde quedaron esos días cuando no pasaban ese tipo de cosas. Porque de repente nos hemos acordado que estos que somos tiene su huella en algo que fuimos.

La nostalgia es linda. A veces incluso inspiradora. Entre pasan los años, se vuelve más recurrente. Se sienta con nosotros a la mesa a comer, y nos acompaña cuando leemos o vemos una película. Está ahí cuando nos sentimos mal, cuando algo no funciona, cuando nos llenamos la vida de preguntas hostigadoras que no podemos responder, cuando alguien no nos cae bien y le llamamos para que nos recuerde a los que sí nos caían bien.

La nostalgia es el material con el que se construyen las crueles derrotas y los grandes triunfos. Volteamos la mirada para agradecer o maldecir. Para encontrar un ancla sobre el mar o un par de alas largas que nos ayudan a hacer de esto algo más llevadero.

La nostalgia es el recuerdo que hemos vivido. A veces para decirnos que el viaje está a punto de acabar, o simplemente para despertarnos.

Ale.

Un día tuve un sueño en donde la vida era como habitar Facebook. La gente era seguida por nubes en donde se veía lo que pensaban, podías entrar a locales con grandes letreros con el nombre de nuestros amigos llenos de fotografías, videos, insultos, referencias a caricaturas de la infancia, películas, libros, personas que admiran, su árbol genealógico… Y si pasabas una tarjeta personal, automáticamente aparecía un “me gusta”, provocando el sonido de una sirena y caída de confeti.

No estamos muy lejos de eso. Ese sería el gran paso de las redes sociales digitales. Como los videos juegos en donde te conviertes en miembros de una banda de rock, con una guitarrita con botones de colores y una batería de plástico bastante real. Sólo que a diferencia de la ilusoria recreación de un mundo inexistente de los videos juegos, las redes sociales exploran algo más profundo en el ser humano. No sólo fantasías frustradas por ser un gran jugador de fútbol o pelear en la Segunda Guerra Mundial, sino el corazón de nuestro lado más íntimo. Ese centro indeciso de donde surge lo que decimos, el cómo lo decimos, el por qué y el a quién.

¿A qué nos invita, por ejemplo, ese “what’s on you mind” en tu muro de Facebook, sino a una exploración de tu inconsciencia, del la exposición de tu yo interno traducido en palabras, imágenes, videos y canciones? Es el reconocimiento forzoso de nuestra irracionalidad puesta en términos tangibles para el otro. ¿Se escribe para el otro en Facebook? Este ejercicio se me hace interesante, porque he visto posts en donde se agradece a dios; se habla con el abuelo, la madre o el amigo fallecido; se comparte el sentimiento de felicidad, rabia, tristeza o dolor; se escriben mensajes privados dirigidos a un “tú” impreciso, quejas por lo lento del Internet, lo tardado de la cola del banco o lo aburrido del trabajo; poemas cursis de amor sin algún destinatario; o gerundios en primera persona sobre las cotidianas cosas del día.

¿Esta persona que en Facebook agradece a dios porque no le pasó nada en un accidente automovilístico o porque un familiar salió bien librado de una operación esta siendo honesta al enunciar su destino?

Es difícil no pensar, para los que fuimos educados bajo el catolicismo (con sus intenciones y sus profundidades, claro), en evadir la idea de la confesión religiosa. Que consiste en la obligación de la revelación del yo interno.

Recuerdo haberlo hecho unas cinco veces en mi vida. Entrar en uno de estos diminutos cuartitos de madera, y hablar, a través de una ventana cubierta, con un sacerdote. Adelantar una pequeña ceremonia que convocaba el rito y confesar nuestras faltas. La intención del acto era decir algo que sería elevado hasta donde alguien o algo las perdonaría. Pero esta confesión era privada, anónima en muchos sentidos, y tenía una función más interna: hacernos sentir ridículos y humillados de lo que habíamos hecho, de la trasgresión de la ley divina, reconociendo que debíamos ser perdonados por ellos.

Lo que me llama profundamente la atención no es el sentido del “perdón”, que haciendo una buena argumentación lógica con la biblia en la mano lo podríamos tener garantizado, sino el acto mismo de confesarte. Es decir, traducir las acciones irracionales de tu ser en términos estrictamente lingüísticos. Exponer el yo interno para que alguien más (el sacerdote, en este caso), los pasara a través de sus juicios y nos dijera su gravedad equivalente: un ave maría, un padre nuestro, un rosario.

Este acto de confesión juega un papel difuso en estas redes sociales digitales, pensadas para convertir los actos privados, incluso anónimos, en actos públicos. Se hace la confesión a ese Gran Otro lacaniano: esa cosa amorfa en donde se crean y destruyen los significados; miles de ojos anónimos que miran desde todos lados sin tener una cara representados en todos los que tienen acceso a nuestra información (independientemente de que conozcamos a todos los que habitan en nuestra red). A diferencia de la confesión religiosa, dios era el último gran destinatario de lo que decimos, y la intención parecía bastante clara (a mí, que soy un ateo materialista recalcitrante, me siguen quedando bastantes dudas). Pero ahora, ¿a quién escribo? ¿Sigue existiendo un último destinatario, o es una confesión personal puesta en la pabellón de lo público?

 

AG.

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