Con mucho cariño para Hugo, mi primo.

Me dijo mi carnal. Más bien, mi medio carnal. Estábamos cenando para el Día de Gracias y me llamó desde mi cuarto.

–Mira, carnal, ya estuvo de estar de jodidos. Siempre preocupados de que falta el alimento, los billes, que nos agarre la migra, los hijos…

Teníamos viviendo en un pueblo en Oklahoma ya para cuatro años, y el único trabajo que pudimos conseguir, sin que nos la hicieran de emoción por ser mojados, fue en la obra. Dejamos Real de Catorce, en San Luis Potosí, cuando mi hijo tenía apenas dos años. El canijo ahora ya me ayuda con la mezcla, pero todavía no aprende inglés. Como quiere ser jugador de hokey. Y la mera verdad no lo he mandado a la escuela por miedo que nos deporten, y ni modo que le enseñe uno si está igual o más pendejo que los hijos.

–Con feria, carnal, se acabaron nuestros problemas.

–Pues yo sé, carnal—le respondí mientras me sobaba los pelos de la cabeza—pero no hay. Puro camello y bien poca lana.

–Mire, carnal, tengo un amigo que nos va a ayudar, dice que es muy fácil.

–No nos vaya a meter en una bronca, carnal.

–No sea pendejo. Esto es seguro.

–¿Pos qué hay que hacer?

–Mire, pelada; bien papita. Fíjese bien. Nos van a dar unos pasaportes gabachos…

–No chingue, carnal, si estamos de mojadotes aquí—me acerqué por la ventana para ver la entrada de la casa tráiler.

–No, carnal, déjeme le explico. Si esto es bien seguro. Mire que se lo digo yo…

–¿Tú, cabrón? Si has estado en el bote tres veces.

–Escúcheme bien. Es sencillo, y muy seguro. Nos van a dar unos pasaportes gabachos pa cruzar droga—casi interrumpiéndose así mismo—.Pero no crea que va a ser complicado, porque los pasaportes que nos van a dar, me dice mi amigo, se parecen harto a nosotros. Dice que igualitos.

–¿Y cómo sabe que semos igualitos?

–Porque vio las fotos de la carne asada de Joaquinsito y…

–¿Y qué chingados le está enseñado las fotos de la fiesta de mijo?

–Eso es lo de menos, carnal, lo importante es que dijo que nos parecemos bien canijo, y así, si eres gabacho, ni quién te la haga de tos.

–Pos eso sí—me pasé de nuevo la mano por los pelos de la cabeza—Pero de todos modos está cabrón. Imagínese que nos cachan, a la chingada con toda nuestra vida aquí, todos los años de trabajo.

–¿Nuestra vida? Llevamos cuatro años chingándole como pinches burros para vivir como ciudadanos de quinta. Cuatro años escondidos, jalando sin seguro, sin prestaciones, sin nada. Con unas casas tráiler que parecen latas de atún.

–¿Y la troca qué, carnal?

–Carnal, vea allá afuera. Todo el mundo tiene muebles del año, de lujo. La troca ésa, seguramente era de un güero que la cambió por algo mejor, y usted ya se siente soñado porque se come las migajas del plato de un pinche gringo racista. ¿Qué no quiere vivir bien? ¿No quiere que sus hijos crezcan con buena educación, con salud, con buenos juguetes? ¿No quiere que conozcan Disneilandia? ¿No quiere una casa grande para su señora, carnal?

–Sí, sí quiero.

–¿Se acuerda cuando vivíamos en Real? Pura pobreza y hambre. ¿Se acuerda cuando estábamos en Matehuala, buscando trabajo en un restaurante, y que, sentado frente a la plaza, dijimos que nos íbamos a ir para el otro lado para buscar una vida mejor? Pinche chinga que nos metimos con el pollero, y vamos con todas las mugres, las viejas y los niños. Esta es nuestra oportunidad, carnal, nuestra oportunidad de vivir bien, por fin, nos lo merecemos.

–Pos sí.

­–Mire, piénselo y luego me dice

–¿Y cuánto pagan?

–Harto, carnal, harto. Na’más por cruzarla, 30 milas.

–¿30 milas? ¿Para los dos?

–Y si nos la aventamos a California, me dijo mi compa que nos dan otros 15.

–¿45 mil dólares para los dos? O sea que como… veinte, por ahí, ¿no?

–Sí, carnal, le digo, de aquí a vivir bien, como reyes.

Me raspé la barba con la palma de la mano. Era mucho dinero. Lo suficiente para mi familia y yo. Me sentí el bigote un poco largo, fuera del lugar. Mi carnal tenía razón, era vivir como reyes.

–Déjeme lo pienso y le digo mañana—contesté mientras salía del cuarto.

–Ya dijo.

-*-

Al día siguiente hablé con mi carnal por teléfono para avisarle que le entraba, pero que si algo salía mal, él sería el culpable de todo.

–No se preocupe—me dijo detrás de una pequeña carcajada—Yo le pago con lo sea si nos agarran.

A la semana llegó a la casa con los pasaportes. Eran azules, del tamaño de una cartera. En el lomo decía United States. Olían a cebolla cruda, y el mío tenía una mancha por atrás que ya había comenzado a arrugarse. Lo abrí y me fijé en el rostro del hombre.

–Ahora se llama Jaime Ruíz Gómez, carnal.

–No mame, carnal, pos si éste cabrón está bien gordo.

–No sea exagerado, no está tan gordo. Aparte, mire, también tiene bigote, como usted—puso el pasaporte, abierto en la fotografía, en seguida de mi cara—lo de la gordura se arregla, todavía tenemos dos semanas.

–Chingada madre, lo que me faltaba, subir de peso—dejé el pasaporte en la mesa de la cocina—Y para todo esto, ¿a dónde vamos?

–A  Ciudad Juárez

-*-

Dos semanas en McDonald’s. Subí lo que nunca en mi vida, pero el condenado de la foto seguía estando más gordo que yo. Parecía que la fotografía comía lo mismo. Mi esposa me preguntó que por qué tanto McDonald’s.

–Pos se me antoja, vieja. Aparte está bueno, y a Joaquinsito le gusta mucho.

–Tú andas muy raro, Ramiro, algo traes.

–Pero cómo crees, vieja. ¿Ya vas a empezar de celosa?

–Mira, mira, mira… ¿celosa? Pos serás Brad Pitt, cabrón. Tú andas tramando algo, Ramiro, lo sé. Tu hermano es muy pendejo, y tú no te quedas atrás.

–¿Le estás diciendo pendejo a mi carnal?

–No, cómo crees… les estoy diciendo a los dos.

–Ah, pues no le digas así, y menos a mí que soy tu esposo.

–Serás cabrón.

Dejé la soda en la mesa y me metí dos papas a la boca. Levanté la mirada para encontrarme con los ojos de mi vieja. Aunque ya no era la misma de antes, sus ojos conservaban muchas cosas de ayer. Era como volver al tiempo.

–Vieja, fíjate que un amigo de mi carnal nos consiguió un trabajito en la pizca, allá por Texas, y nos queremos ir esta siguiente semana, ¿cómo la ves?—le tomé de la mano tiernamente, como la primera vez que nos conocimos.

–Estás pendejo, no vas.

–¿Por qué no?—le solté la mano y eché los hombros para atrás.

–Porque ya tienes muchos años que no haces eso, de seguro te partes la madre.

–Vieja, no digas esas palabrotras en seguida de Joaquinsito—tomé del hombro a mijo y lo mandé a jugar afuera—es mucho dinero. Dice que un amigo de él ganó hasta veinte mil dólares.

–Ah, chingado ¿Pos qué robó?

–Puro camello, vieja, ándale, na’más son unos días.

–Deja veo, porque si te agarra la migra yo no te voy a estar juntado pa’l coyote otra vez.

Era en la mañana, muy temprano, cuando sonó el claxon. Por la ventana vi la mano de mi carnal recargada en la puerta con un cigarro. Me despedí de mi vieja y agarré mis cosas. Iba en una camioneta nada nueva, de hecho, estaba bastante cateada. Con unos choques en el frente y la puerta de otro color.

–Está madreada, pero sí aguanta. Súbete.

Eché la mochila y nos fuimos manejando hasta El Paso, Texas. En cada gasolinera, mi carnal me compraba un litro de soda, unas papitas grandes y un rol completo de canela.

–No se queje, cabrón, todo es un sacrificio por el bien de nuestras familias.

–Pues tú también sacrifícate, carnal.

–Ya con ver cómo engordas estoy pagando mi precio.

-*-

Cruzamos a Ciudad Juárez. Me dijo mi carnal que si nos preguntaba, la troca era de un primo que vivía en El Paso, pero que había sufrido un accidente y ahora le teníamos que comprar el mandado acá, en Juárez. Hacía un calor del demonio, y con los kilos que había subido, sentía como si trajera una chamarra de koala.

En el centro, un joven nos encontró y nos dijo que lo siguiéramos. Él caminaba por la banqueta mientras nosotros íbamos atrás de él en el mueble. Se paró en un garaje negro en donde comenzó a gritar. Pasó una patrulla, y yo sentí que me desmayaba. Pero el joven volteó y levantó la mano en forma de saludo. Los de la patrulla también levantaron la mano y se fueron. Un hombre corpulento abrió el portón y nos dijo que entráramos. Ya adentro, otro hombre, mucho mayor que los otros dos, nos saludó de manera bastante cordial. El hombre corpulento nos revisó de pies a cabeza, mientras el otro nos invitaba a pasar a lo que parecía una oficina.

–¿Se van a aventar todo el jale, verdad, cruzar y transportarlo hasta San Bernardino?

–Sí—dijo mi carnal.

–Muy bien—sonrió—, me imagino que ya saben qué hay que hacer, ¿verdad? Llegan a la línea, esperan a que los llame el migra, y enseñan el pasaporte. Es muy importante que digan “American, sir…”. Que no se les olvide—hizo una pausa para tomar agua y revisar por la ventana que todo fuera bien—Luego se van a San Bernardino. Aquí tienen un mapa. Ya allá, van a hablar a éste número. Hagan todo lo que les digan—me acercó un pedazo de papel que yo le di inmediatamente a mi carnal.

–¿Y el dinero dónde nos lo dan?—interrumpió.

–A eso iba. El dinero se los van a dar en cuanto se revise que todo está completo.

–Muy bien—dije yo.

–Eso sí—su voz cambió drásticamente—si me juegan chueco, la van a pasar muy mal. Nos gustan las cosas derechas, nada de tranzas. Si se van con mi mercancía, los voy a buscar y, créanme, los voy a encontrar. ¿Entendido?—levantó el dedo señalándonos—Ahora vamos para afuera.

El joven y el hombre corpulento habían terminado de subir todos los paquetes en un compartimiento en el fondo de la camioneta. El más fuerte, con una cajita en la mano, dijo:

–Jefe, faltó esto—no era muy grande, apenas y cabía en su mano—si lo metemos abajo, se revienta todo el marrano.

–Chingado—dijo el hombre quitándosela de las manos—Haber, préstame tu cachucha—le dijo al más joven. Luego tomó el paquete y me lo puso en la cabeza—No te muevas, gordito—la ajustó con la cachucha—Ya estuvo. Los gringos son bien pendejos, no se van a fijar. Y no se te ocurra quitártelo, porque te la corto—con el dedo hizo una línea en su cuello—Buena suerte y buen viaje.

-*-

Mi carnal me jaló a la camioneta y puso la reversa.

–No mames, ya valió madre, pinche macetota que se me ve en la cabeza.

–No se nota. Aparte, qué no oyó, son bien pendejos los gringos.

–Pero para esto no hay que estar pendejo, sino ciego.

–Ándele, no se mueva, que se le va a caer.

Condujo hasta el puente, en donde esperamos más de una hora. Aunque no era muy pesada, sentía como la cajita me iba hundiendo en el asiento como si fuera un ancla. Antes de llegar con el migra, mi carnal se volteó, tomándome del hombre, y me dijo:

–Todo va a salir bien, no se apure.

Sentí más calor de repente. Los ojos se me cerraron sin querer.

–Deme la mano, carnal.

–No sea pendejo, van a creer que somos jotos.

–Esos gueyes caen bien, ándele.

–Aquí no. Ya no se esté moviendo tanto.

Me miré de nuevo en el espejo. Me dio la impresión que había aumentado de tamaño. El semáforo está en verde. El hombre de la migra movió la mano para que avanzaramos. Saqué el pasaporte y miré por última vez el rostro. “Pinche gordo, deberías de estar tú aquí y no yo”, pensé.

–American, sir…

–¿Qué llevan de Juárez?

–Nada, sir.

Tomó los pasaportes y entró en la cabinita de revisión. Los pasó por la computadora. Comencé a sudar aún más. Las gotas se escurrían hasta mi barbilla. Por un momento pensé que iba a vomitar. El migra, vestido de azul, con una placa en el pecho que decía Campbell, dio la vuelta a la camioneta hasta donde estaba yo. Metió la cabeza por la ventanilla. Como pude, eché la cabeza hacia donde estaba mi carnal. “No vaya a oler algo, este cabrón”, pensé mientras recorría la mirada.

–Bájese, por favor—me dijo mientras abría la puerta.

Me desabroché el cinturón y bajé con cuidado. Me quedé parado frente a él, mirándolo a los ojos, eché la cabeza para atrás de nuevo. Sentí cómo el paquete se ladeaba conforme la movía.

–Párese allá—señaló con el dedo la parte trasera de la camioneta.

Mientras caminaba, apreté bien la cachucha a mi cabeza. A mi carnal también lo mandó hacia donde estaba yo. Nos quedamos muy juntos, cruzados de brazos, viendo con detenimiento cómo esculcaba en nuestras mochilas y revisaba por debajo de los asientos.

–Me voy a mear, carnal.

–Cállese, que nos va a oír.

–Esta madre me está matando, carnal.

–Chingada madre, que se calle.

El migra se levantó de repente. Caminó tranquilamente hacia nosotros, con sus ojos mirando directamente nuestras caras. Pensé que todo se había acabado.

–¿Qué es esto?—dijo mientas estiraba la mano.

–¿Un mango? –dijo mi carnal.

–Esto no puede pasar. Es ilegal.

–¿A poco? Chirriones, no sabía… No sabíamos, ¿verdad tú? –me dio un codazo.

–No, jefe, no sabíamos, me agarré el bigote—Digo, no sabíamos, sir.

–Lo voy a confiscar.

–Confísquelo—dijo mi carnal—ni modo, todo por un mango.

Se acercó a mí lentamente. Eché de nuevo la cabeza hacia atrás como si buscara algo en el techo que cubría las garitas.

–Si vuelve a pasar, los llevo adentro y les pongo una multa. ¿Entendido?

–Sí, señor—dije sin dejar de ver el techo—Yes, sir.

–Súbanse.

–Claro que sí, sir.

Nos trepamos en chinga y nos fuimos. Sentí mi cuerpo liviano, como una pluma. Me quité la cachucha y la dejé, con todo y paquete, en el asiento de atrás.

–Ve, le dije, carnal, pa-pi-ta. Nombre, ya me estoy viendo con la lanota que nos van a dar.

Tomamos la interestatal diez con rumbo a California. “Sólo diez horas más”, pensé, “y ya estuvo”.

-*-

En San Bernardino nos detuvimos en el primer teléfono público que vimos. Sacó mi carnal el pedazo de papel y marcó. Sonó unas cinco veces hasta que surgió la voz de una mujer quien nos dijo que manejáramos hasta un Home Depot que se encontraba por la misma calle. No estaba lejos, y sólo esperamos unos cuantos minutos hasta que llegó una camioneta bastante lujosa llena de gente. Aún era de noche y hacía frío. Al final, después de una serie de hombres que bajaban del vehículo, descendió una hermosa mujer. Tenía el cabello hasta los hombros, unas piernas largas y unos ojos grandes que le cubrían casi toda la cara. Me pidió las llaves y mi carnal se las dio inmediatamente. “Mamacita”, pensé, “está rebuena”.

Abrió la camioneta y, dudando unos segundos, quitó la falsa cubierta en el fondo. Con una señal rápida, tres hombres comenzaron a descargar todo. Se movían como cerillitos guardado el mandado. “¿Por qué aquí no hay cerillitos?”, pensé mientras los veía. Cuando terminaron, la mujer nos dio las gracias y se subió. Estaban a punto de irse cuando mi carnal se acercó a la ventana.

–Oiga, ¿y nuestro pago?

El hombre que ocupaba el lugar del piloto, lanzó un discreto gruñido. La mujer, sentada en medio, en el asiento de atrás, le tocó el hombro.

–Tenga—dijo mientras le daba las llaves—quédese con la camioneta.

–Pero si esta madre está bien vieja.

–Nadie me habla así—dijo la mujer en un tono bastante serio.

–Discúlpeme—dijo mi carnal—pero nos dijeron que iban a ser 45 mil dólares.

–¿Y esa camioneta cuánto cuesta?

–Pues—echó una mirada rápida, sosteniéndose la barbilla-como mil o dos mil dólares, algo así.

–Mire, así ya sólo les faltarían 43 mil más. Porque si no, entonces también me la llevo.

–No, pues no. Pero, ¿no tendrá para la gasolina, tan siquiera?

La mujer soltó una carcajada mientras volteaba a su derecha, en donde encontró una sonrisa cómplice.

–Claro—dijo—haber muchachos, ¿cuánto tienen?

Todos se movieron rápidamente. Sacaban monedas, billetes, recibos viejos. Entre todos juntaron unos doscientos dólares.

–Con eso, y ya no la lloren, que pa’l pinche jale que hicieron. Dale Manuel—y se fueron.

Mi carnal se sentó en el marco de la puerta trasera de la camioneta. Una lágrima rodó por su mejilla que inmediatamente limpió con la manga de su camisa.

–Pinche vieja puta. Ojalá que se embarren y se muera—dijo mi carnal, con la mirada puesta en sus botas viejas.

–¿Ve, carnal? ¿Ve? Somos jodidos, y la gente nos trata como jodidos. Así somos y así nos vamos a morir, y nuestros hijos serán unos jodidos como nosotros cuando crezcan. Y si queremos hacer algo para dejar de serlo, sale peor. Somos unos pinches jodidos.

Levantó los ojos. Movió la cabeza arriba abajo.

–Vámonos, carnal, tengo sueño, y todavía falta un huevo.

Me recargué en la camioneta.

–Sí, ya es tarde—le puse la mano en el hombro—pinche vieja puta.

Nos subimos a la camioneta, y mi carnal se detuvo en un McDonald’s.

–No, carnal, no chingue. Lléveme a un Subway, que éstas pinches hamburguesas no las puedo ver ni en fotografía. Pinche engordadera dioquis.

–Pues haga ejercicio, carnal, no sea huevón.

El Subway estaba cerrado. A lo lejos pude ver que comenzaba a amanecer. Eché la cabeza para atrás y cerré los ojos. Mi carnal hizo lo mismo.

–Vamos a aventarnos una rolita, carnal—le dije para que se animara—total, na’mas nos costó un viaje y como quince kilos darnos cuenta que somos unos pendejos.

–Y jodidos, carnal. Echele Hermoso cariño, pues.

Cantamos hasta que el sol se coló por la ventana. El aire fresco comenzaba a desaparecer por una brisa cálida, pero mi carnal y yo seguimos cantando.

Alejandra.

Yo voy a votar por nadie, definitivamente. Creo que hace tiempo no estaba tan seguro de algo, como en esto.  La razón—o debería decir, las razones—es muy simple: porque se puede, es decir, es una figura política real, y porque estoy cansado de que de otra forma no suceda nada por parte de la clase política que ha monopolizado el accionar del poder.

La primera razón, que más bien sería la primera parte de una única razón, tiene que ver con la visión que comparto con otras personas de que anular el voto es una acción política necesaria. No se trata solamente de abstención, que de alguna manera refleja la poca confianza en el sistema democrático, sino de expresar que ninguna de las opciones que se nos dan abiertamente nos convence.  Porque si hacemos un viaje introspectivo de la democracia, no encontraremos con lo que Slavoj Zizek llama la “libertad obligada”, la cual argumenta desde una crítica a las propuestas del riesgo y la tercer vía de los sociólogos Anthony Giddens y Ulrich Beck. Para Zizek, la propuesta de estas teorías es que la supuesta libertad que se nos otorga en la actualidad se encuentra condicionada siempre para que escojamos la respuesta correcta. Abiertamente somos libres de escoger a cualquier candidato (así como somos libres de cambiar de empleo rápidamente o de preferencia ideológica…), pero siempre que escojamos  bien. De otra forma, el accionar de nuestra elección democrática es sólo una ilusión. Sin estar completamente de acuerdo, aceptamos que las opciones que llegan sean las opciones de quienes han decidido por nosotros. De ante mano están de acuerdo que ellos son los mejores y más competentes candidatos ante nuestra libertad. Al salir a la casilla y llenar la boleta, nuestros grados de libertad son tan pocos, que sólo podemos pretender accionarla escogiendo lo que nos queda.

¿No se convierte así la no-elección en un verdadero acto de libertad al escoger la única opción no condicionada? Llevemos el término no-elección al utilizado por Michel Maffesoli de la no-acción como una propuesta verdadera de acción crítica. La no-acción consiste en no hacer lo que tenemos que hacer. No sólo no respetar las reglas que no hemos decidido jugar, sino hacer todo lo contrario ante la imposición ideológica: hacer sin hacer nada. Esta acción contestataria la encontramos de manera gráfica en Job, el personaje bíblico, quien adopta una postura estática como accionar a los problemas que le acechan. No cae en provocaciones, no duda, no cuestiona su fe. Sabe que la única acción posible es la de no hacer nada. En éste sentido, la no-elección, o la propuesta de elegir la ausencia, es un ejercicio completamente propio. La ausencia es, en pocas palabras, la única figura política verdaderamente democrática.

Elegir la ausencia no sólo debe ser llamado anular. No, creo que más bies esto es  un error semántico terrible. Anular suena como a neutralizar, envolver en una consigna fría. Mi voto no está nulo, al contrario, está parcializado, vivo, tiene una intención bastante clara. Dice muchas cosas, como, por ejemplo, que no estoy de acuerdo con lo que los partidos políticos hacen del poder y con la preocupación mediática e interna de la clase política por resolver o enaltecer sus diferencias ideológicas en vez de una verdadera preocupación por el país.

Estaba pensando, por último, enla delicada situación por la que pasa Irán en este momento. Porque nosotros, o yo, entre muchos, buscamos un voto blanco, y ellos viven un voto rojo. Es decir, sin o con lo que elegimos, los votos siempre tienen colores. Pero qué bien se siente ser uno el que se los dé.

Estación Washington, del tren lijero, en Guadalajara.

Georgina Gudiño. Ciudad Juárez, Chihuahua.

Metió el dedo en la espuma caliente de su café. Estaba frío. Poco a poco lo introdujo hasta el fondo, y se encontró con un suave calor que lo envolvió hasta el nudillo. Lo sacó rápidamente cuando escuchó a Fernando a su espalda decir “¿Qué haces?” Le miró a los ojos en busca de alguna complicidad. Pero no, Fernando ya estaba cansado, y era la sexta vez que iba al baño desde que llegaron a la cafetería.

–¿Ya te quieres ir?—pregunta ella.

–No, ¿por qué?

–Pregunto.

–Estoy bien, en serio. Ya deberías de creerme, tan siquiera de vez en cuando.

La punta de su dedo tocó la comisura de su labio. Sintió el calor del café como si su cuerpo fuera una extensión de él. Cerró los ojos por un par de segundo. Los abrió sorprendida.

–No creas que estoy cansada. Sólo cerré los ojos para imaginar algo. No tengo sueño; me la estoy pasando muy bien. Te lo juro.

–No te preocupes; nunca pensé eso.

Fernando sacó de nuevo el teléfono móvil. Lo dejó en la mesa, junto a su vaso.

–En todo caso lo entendería, porque ya es tarde.

–No es tarde. ¿Tú te quieres ir?

–¿Otra vez?—respondió Fernando—No me quiero ir. Deja de hacer esa pregunta.

Se sintió ridícula. Es verdad, ya había formulado muy seguido esa pregunta. Si la hacía de nuevo, era porque estaba esperando que él respondiera que sí, que estaba cansado, que toda esta salida había sido un error y que nunca, en toda su vida, volvería a invitarla de nuevo.

–Parece que estás esperando que diga que sí me quiero ir—dijo Fernando.

“¿Me habrá escuchado?” Pensó ella.

–¿Dije algo?—preguntó.

–Pues preguntaste que si me quería ir.

–Pero después de eso—respondió ella.

–¿Cómo? No, sólo dijiste eso. ¿Por qué no hablamos de otra cosa, mejor?

–Sí, cuéntame de tu vida. Algo de ti.

Fernando limpió el borde de la taza con su dedo. La crema dulce se había transformado en una débil costra color marrón. Con la uña reparó los relieves.

–¿De mí vida? ¿Qué te gustaría saber?

–Lo que quieras.

–Es algo muy general, ¿no crees?—dijo Fernando con una voz que se hundía poco a poco en un abismo entre los dos.

–De tu relación con tu familia. ¿Es buena?

Fernando dejó la taza en la mesa, como el ancla de un barco. Junto con ese movimiento abrió los ojos, grandes, clavándolos en los de   ella. Era un gesto de cansancio.

–Es buena. Son unas personas bastante agradables, a decir verdad. Me llevo bien con todos.

–¿Con todos?

–Sí, con todos.

–Qué bien. Digo, qué bien por ti.

–Gracias –responió aliviado–Voy al baño rápido. No tardo.

Apartó la silla en donde estaba sentado y marchó por un largo pasillo hasta perderse entre la gente. Miró alrededor, barriendo cada rincón del restaurante italiano que ella había escogido. A su lado, una pareja se tomaba de la mano y reía. Pensó en las cosas que él debía decirle a ella, y en las otras que ella debía imaginar con él. Los podía ver desnudos bajo las sabanas, jugando como niños. Luego volteó a una pareja más joven. El hombre, un jovencito de no más de dieciocho años, levantaba las manos en el aire diciendo: “entonces el pájaro se echo hacia atrás y  fue el momento en que tomé la foto. Cuando la veas no vas a creerlo.”

A su otro lado unos amigos  reían. Atrás alguien contaba una historia. Un camello, un hombre y una mujer entrada en años salen de un bar. El hombre dice: yo voy con mi esposa e hijos. La mujer: yo voy con mi madre y mi padre. El camello: yo regresaré al bar; un camello alcohólico no se ve todos los días.

Fernando regresa. Extienda las manos en la mesa.

–Mariana, será mejor que nos vayamos.

–¿Pasa algo?—responde ella asustada.

–No, pero será mejor que nos vayamos. Te dejaré en tu casa.

En el coche Fernando no dice nada. Ella mira por la ventana capturando los neones que brillan como estrellas en la noche. El cielo está oscuro. Sus manos no pueden estar en un lugar, fijas. Las mete en su bolso. Entre su cabello. Las cruza. Nada parece ser lo suficientemente cómodo. Voltea hacia Fernando.

–Me la pasé bien hoy. Gracias.

Fernando detiene el coche ante una luz roja del semáforo.

–Qué bueno. Me da mucho gusto—regresa la mirada hacia el frente.

Ya en su casa ella dice lo mismo para que él también responda igual. Se baja del coche como un espectro es arrojado fuera de su cuerpo. Sus pies encuentran el piso y comienzan a caminar. Cada paso la aleja de él. Cada paso es como un pez que ve vaciarse su pecera. Voltea una vez más y se despide con la mano. Fernando levanta la ceja, discretamente, y pone en marcha el motor.

Mariana abre la puerta. A su espalda la lluvia se detiene. El cielo está oscuro como una garganta profunda. Se sienta en el suelo, ya dentro, y comienza a llorar.

Alejandra.

En un congreso de sociología lleno de ironías, con el presagio de una desgracia cuando, rumbo a Xalapa, pasamos frente a un accidente automovilístico con dos hombres tirados en el suelo ( uno inconsciente, con los brazos extendidos), un entorno de selva y colonialismo congelado en el tiempo inolvidable  y la muerte de un compañero de la UNAM, ahogado en el mar abierto, hicímos todo lo posible para sumarnos a los esfuerzos de desesperación y coraje ante la violencia que azota nuestra ciudad (y nuestro país, y nuestro mundo).

La lejanía no podía ser un impedimento. Manuel fue asesinado y eso puso en entredicho nuestra asistencia al congreso (mandándo al traste un taller entre Raúl y yo y la ponencia de Bere). Pero fuímos. De buenas. Los maestros nos dijero que fueramos e hicieramos algo sobre la violencia. Eso ya lo sabíamos, pero de todos modos aceptamos la invitación como si no supiéramos que hacer.

Redactamos una carta e oranizamos una marcha y una plantón en una plaza frente a la catedrál.

Era lo menos por Manuel Arroyo y por todos; por salvar un poquito de nuestras almas.

Las fotografías son del periódico Al calor político.

Por Manuel Arroyo, quien murió asesinado en Ciudad Juárez en manos de desconocidos, no habrá silencio.

Donde quiera que estés, te recordamos.

Estaba sentado en frente de la coordinación de literatura, esperando a una secretaria para que me diera un oficio (qué raro decirle oficio a un papel). Saqué la cartera y la dejé enseguida de mí. Y, claro, la olvidé. Regresé a los veinte minutos y la cartera no estaba. Nadie vio nada. Nadie supo quién fue. Me jodieron con 700 pesos y todas mis identificaciones (no podré votar estas elecciones, bien por mí). Me jodieron la licencia de manejar, la identificación, un pase doble para el teatro, una credencial de ATM de un banco en El Paso, la credencial de la biblioteca de UTEP.

Es cierto, 1/3 parte de la gente que habita en el mundo ya le caes en los huevos, te odian y sienten rabia por ti. La razón: tu nacionalidad, tu dinero, tu físico, tu religión, tu existencia. Una parte del mundo te quiere ver jodido y muerto. yo descubrí hoy a uno de los tanto que me odia sin conocerme (igual que el pendejete que hizo que me pusieran una multa, los que me han robado cosas del carro, etc. ). Y todos en algún momento nos encontraremos con ellos.

No sé si les ha pasado, pero a veces llegan a un lugar y la persona encargada les trata mal: no es cortés, hace malas caras, te minoriza, te ignora. A mí me pasa. No mucho, pero cuando menos lo espero surge el hijo de la chingada.

Y lo sé, porque ellos lo saben, porque soy más alto, porque hablo sin haiga y sin fuistes, no digo siñora, estudio, hablo inglés, hago viajes de negocios, no me importa la fama, ni las mujeres, ni el poder, ni el dinero, soy más feliz con menos y ellos no saben cómo lo hago (Zizek diría que es una envidia de mi goce que los excluye del suyo). Porque tengo más amigos, y los que tengo son más inteligentes que los de ellos. Porque leo y escribo más, porque hice un cortometraje, escribí una obra de teatro y publiqué un libro.

Pero el problema, el grave problema de todo esto, es que ellos no lo saben. No saben quién soy. Y aún así, sin saber quién, lo hacen. Ahora soy un desconocido sin credenciales, tengo que ir por la licencia de manejar y la identificación, sacar de nuevo la credencial de la escuela y del banco, esperarme a la electoral. Todo. Y sólo porque un pendejo (o pendeja, no quiero ser machista), me robó la cartera.

Lo primero que pensé cuando lo supe, fue: ojalá los soldados lo paren, y uno, el más feo y chaparro de los milicos, le dé una patada en los tanates como si fuera a tirar un penal. Con eso estoy feliz, porque ese puto ya se ganó a un enemigo: a Dios (¿yo?, para nada, tengo una vida demasiado pacífica como para ponerme a odiar).

Diana.

Lo supe cuando abrí la página de El País. En el encabezado, coronada con una foto de Mario con el bigote perfecto, los ojos ya tristes y una mano sobre la barbilla, arrugándole la piel al rededor, estaban las palabras ‘Adiós a Benedetti’ . Dicen que cuando murió Luz, su esposa, la mujer más bella del mundo, ya nada fue igual para él. Escribía poemas, pero ya no tenía a quién dedicarlos. Cocinaba para uno, viajaba para uno, dormía solo, pensaba sólo en sí. Dejaba las luces encendidas cuando salía de casa, y Mario nunca pensó que ese fuera el síntoma de su partida.

Ahora, seguramente Luz lo espera.

Digamos que te alejas definitivamente
 hacia el pozo de olvido que prefieres,
 pero la mejor parte de tu espacio,
 en realidad la única constante de tu espacio,
 quedará para siempre en mí, doliente,
 persuadida, frustrada, silenciosa,
 quedará en mí tu corazón inerte y sustancial,
 tu corazón de una promesa única
 en mí que estoy enteramente solo
 sobreviviéndote.

Fotografía.

Talvez era una mañana fría de marzo. Una fría mañana del 6 de marzo de 1916, y Frank Scotten, alcalde de la prisión de El Paso, Texas, mandó la instrucción, junto con el director médico, para que cincuenta prisioneros fueran desinfectados en el patio central. En esa fría mañana, seguramente era temprano, los cincuenta prisioneros, la mayoría de origen mexicano, fueron desnudados y bañados con una mezcla de querosén y vinagre. La práctica ya era bastante común en el tránsito de Juárez a El Paso como medida higiénica. En la prisión también ya se había vuelto como algo inherente al ser mexicano: en un sentido racial se cargaba con una suciedad que requería de todos los elementos para ser limpiada, aunque se sabía que tarde o temprano volvería a ensuciarse. Pero es que esa fría mañana de marzo, cuando los hombres yacían desnudos en el centro del patio central, un accidente causó un incendio inmediato: los hombres bañados con la sustancia higiénica ardieron rápidamente hasta volverse ceniza.[1]

Y como el holocausto judío, este también fue amenazado indirectamente al olvido. “El Paso, como un todo, pareció ponerse de acuerdo en echar tierra al hecho como para hacerlo invisible a la memoria colectiva.”[2] Una amenaza con impactos diversos en ambas regiones de la frontera: un nacionalismo reforzado por parte de México, y una actitud victimaria y de olvido por parte de El Paso (unos días después, Francisco Villa atacaría Columbia. Suceso que luego sería utilizado por Estados Unidos para opacar el incidente en la cárcel: “En menos de dos semanas, el asunto dejó de ser el holocausto en la cárcel paseña y se convirtió en la entrada a territorio mexicano de una fuerza expedicionaria enviada por el gobierno estadounidense y que, si bien era de carácter punitativo contra Villa, no dejó de ser una invasión de una nación a otro.”)[3]

La memoria es exigente a lo que sucede, pero quien la hace hablar puede poner o quitar lo que se le antoje. Y eso, sin duda, es lo que encontramos en esto: el olvido del suceso crudo imborrable, desplazado en una memoria de corto plazo. El filósofo esloveno Slavoj Žižek dice que cuando algo es demasiado crudo, demasiado terrible, lo convertimos en ficción.[4] ¿No sucede lo mismo con el holocausto paseño, que puso en jaque no sólo la vida de los internos gracias a la explotación, sino a todo el sistema carcelario y de vigilancia? El error, o la mala intención, depende cómo se mire, tenía que ser olvidado rápidamente. González Herrera argumenta que El Paso se encontraba en el proceso de una ciudad ideal, con claros ejemplos de vigilancia y detonación económica (a pesar de localizarse en seguida de México), y una mancha de este tipo no podía traer nada bueno. Entonces, como dice Žižek, había que volverlo ficción, o, en su efecto, olvidarlo.

Similar a lo descrito por Wajcman y Primo Levi sobre la policía secreta amenazando a los judíos al olvido, ellos no lo hacían en un sentido autoproteccionista. No pretendían que el olvido imperara para salir bien librados en el futuro, pues los hornos eran máquinas, como escribe Wajcman, de odio y exterminio. “Un borramiento integral, de los cuerpos y de la memoria de los cuerpos. Fábricas para borrar los cuerpos y para tachar las almas. Máquinas de rayar lo eterno de los sujetos.”[5] Mientras en el holocausto paseño, el odio era disimulado en operaciones gubernamentales justificadas: los mexicanos son sucios porque son pobres, y por lo tanto había que limpiarlos. El discurso era diferente, pero partían de una misma base. Unos querían que se olvidara para siempre al enemigo, los otros que se recordara lo menos, o lo que más convenía.

¿Pero no son los dos finalmente una representación de lo que Wajcman llamó el “crimen perfecto”? Eso que se hace creer que nunca sucedió. No lo que se ha olvidado, sino lo que ha sucedido y nunca tuvo lugar: el crimen que nunca ocurrió, que no queda ni un rastro mínimo de memoria ante él. Tan impune que no han quedado rastros. El crimen perfecto de alguna manera no es un crimen, porque nunca tuvo lugar. ¿No sería el efecto contrario con la fotografía como escribe Barthes: una fotografía que ha tomado algo que no existe, que nunca pasó, y que el único rastro es una fotografía en blanco?

Fotografía, Diana.


[1] Carlos González Herrera, La frontera que vino del norte, Taurus, México, 2008: 234-244.

[2] Ibíd.: 243.

[3] Ibíd.: 244.

[4] Una referencia directa y clara sobre este punto, es posible encontrarlo en el video The pervert’s guide to cinema, de 2006, dirigido por Sophie Fiennes.

[5] Gérard Wajcman, El objeto del siglo, Amorrortu editores, Buenos Aires, Argentina, 2001: 220.

De un tiempo para acá, es decir, un gran tiempo para acá, la economía parece ser lo único serio en las ciencias sociales. Max Weber, autor de Economía y sociedad, cuando pensaba en la sociología, lo único que veía era economía, escribe Wolf Lepenies en Las tres culturas. Y aunque parezca que lo digo con un halo de tristeza, no es nada con lo que se avecina: es sólo una punta de lanza que se ha vuelto inherente en la gran parte de la humanidad. Si hay crisis económica, hay crisis humana. Así de indispensable se ha vuelto.

Estaba leyendo un artículo en la revista Times que de acuerdo al incremento de la propagación de crisis económica, hubo un aumento en la compra de armas en Estados Unidos. Talvez éste breve fragmento del artículo, citando a una jovencita de 27 años que acababa de comprar un arma, aclare las cosas: “The economy played a large part in my decision,” says Baker, 27. “When people don’t have jobs, they might go breaking into people’s homes. I want to be safe in my home.”

Recuerdo las palabras de Raúl Flores Simental, que cuando la gente tiene hambre, es capaz de hacer cosas violentas. Talvez tenía razón, aunque todavía no estoy muy consciente de qué tanta hambre puede tener esta gente en un país tan rico (encima de la mayoría del resto del mundo).

Estando en Barcelona, recuerdo que me topé con notas periodísticas impresionantes: padres de familia, normalmente de clases altas, que se suicidaban por haber perdido su trabajo, que mataban a  su esposa e hijos por lo mismo, o que entraban en depresiones por no poder mantener un estilo de vida.

De acuerdo al artículo, una de las razones para que se detonara la compra de armas se debió a la entrada del presidente Obama, quien probablemente, se pensó, regularía de manera más estricta la compra y venta de armas (de manera más estricta a la de Bush). La otra queda más que claro con el ejemplo propuesto por la revista, donde una madre justifica la compra de armas de su hijo debido a que la policía, con la explosión de la crisis económica, no podría defender a la sociedad.

Ignacio Ramonet escribió que había tres razones para explicar esta crisis: créditos vencidos, demanda alimenticia y crisis energética. La primera, porque los grandes bancos, principalmente de Estados Unidos, otorgaron créditos que no podían ser pagados por los deudores. Mientras la crisis alimenticia tiene que ver con más gente pidiendo más comida: que ya no le era suficiente media comida al día, sino una completa, incluso dos (sumando al incremento de la población, y tomando en cuenta que el año pasado, de acuerdo a informes de la ONU, había más de 900 millones  de personas sufriendo hambruna). Y, por último, el incremento de los combustibles, principalmente el petróleo, condenando a la industria de producción y distribución. Talvez lo que Ramonet trata de decirnos es que esta es la crisis más democrática (pero, vamos, no hay nada democrático realmente, porque sólo se reacomodan las escalas sociales y económicas con los de abajo y arriba). Pero y si sí, y si realmente es el momento de una equidad a la mala, con sus consecuencias terribles.

No, mejor no.

Volvamos al artículo de Times. Esto me recuerda a lo que un conductor de radio de apellido Turner, famoso por sus ideas conspirativas, daba como recomendaciones para este año, cuando la crisis económica pegara de manera tajante, comprar un arma. Su idea era defenderse de los pobres que seguramente irían a robar pan y agua de las casas ricas. Lo que Turner no sabía cuando dijo esto, es que la gente pobre, normalmente, ya hacía esto ¿Por qué?, bueno, porque ellos ya viven diariamente en crisis. Lo que Turner tampoco sabía, es que el que probablemente entraría a robar sería el ex ejecutivo de una gran compañía inmobiliaria, y que no iría a robar pan y agua, sino una televisión de pantalla plana o un traje negro bastante caro

A mí lo único que me suena de todo esto es que la crisis económica, como se legitimó hace muchos años, cuando el lado social quedó desplazado por el económico (arreglar la estructura para que ella arregle a las personas), es el ruido detrás del silencio: la voz que se dedica a escuchar. Es verdad, qué terrible es la crisis, pero nada como pensar que perder lo que se tiene es perderlo todo.

Slavoj Žižek dice que el racismo tiene como base la envidia del goce del otro: saber que gozas cuando yo no, me hace ir a quitarte o estigmatizar tu gozo. En otro sentido: cuando todo vaya mal, seguramente tú sentirás envidia de lo que aún conservo, por eso necesito un arma. O tomar la enseñanza que las teorías de la conspiración nos han dejado: no importa que sea verdad o mentira, con el simple hecho de crear una versión alternativa es que nos encontramos en un estado paranoico.

Por eso, como decía Henry Miller: no tengo nada, y soy el hombre más feliz de mundo. Y es que estos que compran armas, con el velo de la crisis económica por encima, son como lo dicho por Facundo Cabrál: el conquistador, por cuidar su conquista, se vuelve esclavo de lo que conquistó, es decir, por joder se jodió. ¿Y no es lo mismo con esta actitud de los países ricos que han logrado su riqueza gracias a la pobreza de los demás países (eso que Marx llamó la desacomulación originaria) y que ahora creen que porque ellos están viendo la pobreza más cerca es porque sus logros a costa de ellos están en juego?

Talvez sí, y ojalá que así fuera.

Foto, Alejandra.

Hoy tenía una plática con los alumnos de un amigo, el Dr. Howard Campbell, en una clase sobre cultura mexicana, en UTEP. Y digo tenía, porque llegué bastante tarde gracias a las casi dos horas y media que hice en el cruce de Juárez a El Paso. Lo cual me molestó mucho, pues sabía que esto era por la situación de inseguridad y violencia, y me molestó porque sabía que era una medida de seguridad fronteriza por parte de EU para frenar a los “grandes narcos” de México. Y es que cuando la gente del poder hacer algo, nosotros somos los que pagamos: si se cierra la frontera, la cierran para ti y para mí. La gente de poder se ríe, mientras nosotros llegamos tarde a nuestras citas.

Entonces llegué tarde. Buscaba desperadamente estacionamiento en UTEP, porque con eso de que cobran una cantidad impresionante por estacionarte dentro, busqué por las calles aledañas, que son una zona residencial. Entonces veo un lugar y me estaciono, pero noto que la punta sobresale un poco. La verdad no mucho, la cochera era grande, y si alguien hubiera querido salir, fácilmente lo logra. En fin, me fui, corriendo porque llevaba cuarenta minutos de retraso. Cuando entré al salón, quedaba menos de la mitad del grupo, pero Campbell entendió que la lógica del puente es bastante ilógica. Leí unas cosas que luego comentamos, y ya, diez minutos y adiós, aunque Campbell me dijo que fuera el miércoles para que estuviera todo el grupo. También me pidió que lo acompañara a su otra clase donde iba haber una exposición sobre Heavy Metal.

Al terminar, ya con paso tranquilo, veo que el dueño de la casa de la cochera obstruida por mi coche, estaba afuera. Subí mis cosas al carro y se acercó. Un joven alto, bien parecido, con barba y cabello largo, con una bonita casa, una camioneta nueva, color negra. “Estás tapando mi cochera”, dice en un pésimo inglés. Le contesté que lo sentía mucho, que iba tarde y nunca imaginé que no iba poder salir, que había tenido un mal día. El joven, de unos 28 ó 29 años, con su novia, o esposa, o novio, talvez, a su espalda, sentada, le decía cosas (la verdad no sé qué). Me contestó que no le importaba, que ya había llamado a la policía y que estaban a punto de llegar. Y sí, llegó la policía, y le dije de nuevo que lo sentía, que le pedía una disculpa, y que obviamente me estaba haciendo responsable de todo, y que sólo le pedía que entendiera mi situación. Su respuesta fue, de manera fría y directa, “no me digas eso a mí, dicelo a la policía.”

El agente Álvarez se acercó y escuchó lo que pasaba. Creo que le dio un poco de pena la situación, talvez porque sabía que la cochera no estaba siendo totalmente obstruida y que el dueño de la casa no parecía tener la más mínima intención de cambiar su postura a pesar de que el involucrado y causante de todo, o sea yo, estaba en una postura tranquila, aceptando su culpa y que además extendía constantemente una disculpa. El policía me dijo “bueno, pues, tengo que poner una multa.”

Me la dio y me fuí, y me fijé que el joven se metía a su casa, con su novia, o novio, o esposa, no sé. Me esperé un poco para saber su prisa, y no, nada, no salieron: no había prisa, sólo era el cumplir con el deber. Y sí, probablemente eso es lo que pensaba, que estaba haciendo la buena obra del día, que era un buen ciudadano, un buen patriota. Alguien que habla a la policía porque no está dispuesto a preguntar o saber nada más, porque necesita alguien que hable y juzgue por él. Felicidades por el buen ciudadano. Ahora tengo que pagar 52 dólares, y todo por ser un mal ciudadano.

Pienso qué hubiera hecho yo si estoy en la misma situación que él, y creo que lo mismo, sólo que sin hablar a la policía. Porque me ha tocado pasar situaciones en la que yo tengo el poder, y, sinceramente, no lo uso, o lo uso por el bien de los dos. No quiero enseñarle a nadie cómo ser un buen ciudadano, sólo no quiero joderlos más, es todo. Me vale si aprenden de la ley, o de las multas, o si para la otra lo pensarán dos veces, sólo quiero evitarle un problma más en un ciudad llena de tantos problemas. Que no pague por algo que se me haría ridículo, y si en verdad lo siente, perfecto, porque de la otra forma, aunque tuviera que lavarme el coche por un año de castigo, no cambia nada.

Y es que soy buena persona, en serio, y por eso apreovecho para decirlo: no seamos culos con las buenas personas, algún día los vamos a necesitar, y, de seguro, como me ha tocado a mí, te vas a setnir muy bien que un desconocido te trate como si fueran amigos de toda la vida, y que te entienda sin necesidad de alguien en medio.

En la descripción que hace el autor de este cortometraje animado en la página YouTube, se puede leer: “Nunca se van aquellos que tanto quieres”. El que recurra a un libro y la fotografía (objetos inanimados), que proponen un mundo alterno, paralelo al Real real (de acuerdo a Lacan y Zizek), nos lleva a una deducción: el cuerpo es inmaterial, como el recuerdo, porque el recuerdo es la sustancia Real. Es decir, el mundo físico, en donde habita él, la fotografía y el libro, son los pretextos de anclaje para el recuerdo vivo.

O sea, está chido. Fue presentado el sábado 21 de marzo en el evento “Cortísimo”. Que los disfruten. Si quieren conocer al autor, con mucho gusto los contácto.

Debemos referirnos a la memoria del pasado que es proléptica, que muere literalmente para renacer; y protegernos de un futuro vano y jactancioso que cree que su tiempo ha llegado irrevocablemente, y que el presente es su destino exclusivo y su solitario dominio.

Homi K. Bhabha.

Un hombre ha olvidado un momento de su vida. Recuerda todo lo que rodea a ese momento con sumo detalle. Pero cualquier cosa, cualquier punto fugaz que se acerque a él, es sólo una ilusión. Desde hace años, en las noches, cuando duerme sueña que está en el mar, flotando, con la punta de los pies saliendo de la superficie. Está desnudo, y sus ojos se clavan en la negra oscuridad del cielo. A ambos lados están dos compañeros que apenas y logra reconocer. De repente, el cielo se ilumina en amarillo: luces de bengala han sido lanzadas en el aire, como una señal divina para volver a las armas. Se viste y camina por una ciudad derrumbada, hecha añicos, hasta el polvo, cargando un rifle en la mano. Dobla la esquina y aparecen ríos de mujeres llorando. Sin estar completamente seguro, sabe que lloran por la muerte de alguien.

Waltz with Bashir (2008), dirigida por Ari Folman es una película que trata sobre el recorrido de un ex soldado a través de su memoria perdida que intervino en Líbano en 1982, por parte de Israel, y estuvo presente en la matanza de palestinos refugiados por parte del grupo de la Falange Cristiana del Líbano justo después de la muerte del carismático presidente Bashir en manos de radicales palestinos. Un día, sentando con un amigo en un bar, éste le pregunta si tiene imágenes recurrentes de cuando estuvo en la guerra. La respuesta es un no preocupante: sólo recuerda la escena del mar y no está tan seguro que sea real. No recuerda nada más. Sabe que estuvo en Beirut, que fue a la guerra y regresó, pero fuera de eso nada, como si se hubiera borrado. Gérard Wajcman, en El objeto del siglo, nos recuerda a Simónides de Ceos, un poeta reconocido por su impresionante memoria, quien es testigo de un terremoto que acabó con todas las personas que estaban en un teatro celebrando una fiesta. Simónides, quien había salido unos segundos antes, se paseó por el lugar, dando nombre a cada una de las ruinas que ahora sepultaban un cuerpo debajo (Wajcman, 2001: 15). La memoria con la que traía a la vida los poemas del ayer, daban voz al silencio de los muertos que yacían en el lugar.

En Waltz with Bashir, el ex soldado sigue los pasos contrarios al hombre de la memoria: ha olvidado y necesita, a través de las ruinas, recuperar la memoria perdida. Por eso Wajcman nos dice que la ruina es el lugar en donde converge toda la memoria del tiempo de todos los tiempos. Su preocupación lo lleva a seguir un rastro que apenas puede reconocer. Visitando a viejos compañeros de guerra, personas que estuvieron con él y testimonios de desconocidos, construye esa memoria del olvido. Las ruinas que se habían fragmentado con el tiempo, ahora volvían a ser construidas. ¿No es este sujeto el prototipo para efectuar lo que Wajcman llama el “crimen del siglo”, en donde el momento histórico humano más atroz se hace creer que nunca pasó? (Wajcman, 2001: 20). El pasado se ha perdido, se abstrae en un solo recuerdo que bien podría ser una ilusión.

El antropólogo francés Marc Augé nos recuerda que los “lugares de memoria” se han desplazado a ser no-lugares (o “lugares del olvido” o “vaciados de memoria”) por la sobremodernidad, en donde ya no existe el tiempo, sino la transición de un espacio a otro (Augé, 2000: 83). Por eso nos dice Wajcman que los museos del siglo XX deberían tener un letrero en la entrada, un aviso a todos los que le visiten: “se ruega mirar la ausencia” (Wajcman, 2001: 207). En Waltz with Bashir, sería mirar el olvido para no dejar que desaparezca. Pero no como esculturas memorísticas (un ejemplo es Jochen Grez, con esculturas que buscan la recuperación de la memoria a través de la ausencia, pues, dice Wajcman, las esculturas dicen abiertamente: olviden, pues nosotros recordaremos por ustedes).

Manuel Cruz, filósofo español, dice en De la dificultad de vivir juntos: “No se trata -valga la simplificación-de recordar más, sino de vivir mejor. Es a este horizonte al que debería apuntar toda forma de memoria” (Cruz, 2007: 76). ¿No es lo mismo que nos recuerda el filósofo Slavoj Žižek en su libro Visión de paralaje, que el acto de no-creer tiene como base el que alguien más crea por nosotros? (Žižek, 2006).

Waltz with Bashir es memoria. Es verdad, la memoria del silencio, por eso, como en Nuestra música, del director francés Jean-Luc Godard, que está dividido dantescamente en tres partes: el infierno, el purgatorio y el cielo, el primero de estos son imágenes recurrentes de la guerra real, al final, cuando por fin la memoria regresa, vemos la vida como es, como fue. Se deja el formato de animación (la película está en 3-D) y vemos videos caseros de la masacre. Recordar la guerra para que no muera, para que vivamos con ella, y a pesar de ella, pensando que la memoria del silencio siempre permanece cuando callamos.

Primero tuviste (o, mejor dicho, tienes) que haber sido un mal escritor. De esos en los que nadie cree.

También necesitas salir del laberinto iniciado en el siglo XI y no tener miedo a volverte loco, la locura es lo más normal, y, por supuesto, a poner el oído sobre cualquier otro órgano.

Es necesario papel, de baño, o amarillo, o periódico: el papel siempre es importante.

Debes leer. Gabriel Zaid dice que cualquiera puede escribir, pero pocos saben leer.

Escribir es un trabajo, y que nadie te diga que hay dones e inspiraciones divinas. Escribir es algo de todos los días, aprovecha los espacios en donde se puede escribir.

Piensa en el tercero ausente, no al que va dirigido lo que escribes (que ya te conoce, o sabe más o menos por dónde va lo que estás haciendo), sino a ese que no sabe de ti, que eres un anónimo con nombre. El tercero ausente nunca debe ser olvidado cuando escribas.

Aprende a escuchar los silencios, al final, escribir es eso: traducir algo que no sea dichodentro de una ausencia.

Nadie sabe bien qué es ser un buen escritor. Hay buenos y malo, y todos son capaces de dar consejos.

Escribir es darle vuelta al mundo, y todos deberían, como dice Homi K. Bhabha, tener ese derecho.

Rita Banerji, The letter writer.

Hay diálogos interminables entre personas interminables. Hablar es un buen proceso, pero no siempre tiene que ser de la manera en la que estamos acostumbrados. El diálogo se puede extender hasta trastocar otros sentidos, otras formas. Si se habla como hablaramos siempre, entonces nuestra vida se llenaría de silencios.

Esta canción tiene buenos recuerdos, tiene bueno de lo bueno. Y me recordó algo que hablamos Mayra y yo el otro día: el amor es para los valientes. Los demás, los otros, pueden chingar su madre. Perdón la expresión, pero es cierta. Porque ELLOS se creen los dueños de nuestras vidas, de nuestros corazones, de nuestras almas. ELLOS no tiene derecho a esta canción, y no va dedicada a ellos. Esta canción es para los que creen; en qué, bueno, en esto: en que el mundo se puede cambiar para que todos tengan el mismo amor que nosotros, en que Juáez debe ser un mejor lugar, que la humanidad es hermosa de los pies al alma; que no hay género débil ni fuerte, sino humanos débiles y fuertes; que creen que el amor es la combinación para todas las cosas; que si no te quedas, y te arriesgas, entonces vete; que las noches más largas son las más bellas; que no hay palabras para resumirnos.

Esta canción es para nosotros, para los que soñamos con una vida mejor en esta; que nos duele el dolor de los demás, y somos felices con la alegría de los otros. Esta canción es para mi familia, aunque no nos conozcamos. Porque, qué es una vida donde las almas eternas se encuentran en un tiempo tan corto: el amor.

Así que esta canción es para ustedes, que no dejan morir.

Si pudiera ser un siglo, sin duda sería este. O el pasado. Pero sería un buen siglo. ¿Por qué? Porque siento que de alguna manera tengo que ser algo presencial, memorístico. Y es que hoy me di cuenta que el amor eterno no existe, o no para los débiles. Fue un ejercicio complicado, doloroso, incluso, pero cierto: el amor no es para los cobardes. O el amor de verdad. Los que bajan la vista inmediatamente después de las malas noticias, ellos no están hechos para amar. ¿Y qué más cobarde que un siglo, que sólo se queda en algún espacio en el tiempo?

El amor es para los que no conjugan verbos pasados ni futuros. El amor es para el presente. Para los que arriesgan siempre, y siempre saben que arriesgar es poner el mundo a su favor. El mundo, y la vida, con sus vertientes llamados destino.

Por eso, si tuviera que ser un siglo, sería este, que aún es presente. Pero también podría ser el pasado, que más vale ser uno.

Gérard Wajcman, en su libro “El objeto del siglo”, propone, en un principio, a las ruinas como lo más representativo del siglo XX. Así como el ángel de la historia de Walter Benjamin, que se aleja poco a poco de las ruinas por un viento llamado progreso. Y es que es verdad, ¿qué queda en este mundo sino ruinas de ayer? Dice Wajcman que las ruinas son memoria, memoria de los siglos pasados, del ayer. Y es que la visión de Wajcman no es para nada pesimista, al contrario, nos invita a contemplar las ruinas como el lugar de los lugares. Así el presente (y el amor, y el arte): todo es ruina, siempre, o será, algún día. Y cuando llegue alguien diferente, alguien nuevo, entonces también habrá ruinas. Es decir, siempre habrá memoria.

Por eso el amor no es para los cobardes, porque ellos huyen en cuanto se avecinan las ruinas. Huyen cuando algo se desmorona, sin entender que la vida cambia y nos dejará en las plácidas ruinas del tiempo: de tan antes como de hoy.

Pero por eso algunos prefieren decir adiós antes de tiempo en el primer derrumbe, no pueden vivir pensando en que todo será ruinas algún día. Por eso, si voy a ser un siglo, seré este, o alguno de ayer, no sé. Para que cuando decida quedarme, me quede. Y cuando decida irme, me quede.

Así de simple.


Cuando paseo por las hojas del periódico, casi siempre teñidas de un gris que se traspasan a los dedos, me encuentro con la peor cara posible: la guerra. ¿Qué pasa en este momento en la franja de Gaza? Israel ha tomado la decisión más peligrosa (se dice que al iniciar una guerra, no se puede dar marcha atrás: hay que acabarla siempre). Pero no sólo la más peligrosa, la menos consciente. ¿Será verdad? El todavía presidente de Estados Unidos, Goeorge W. Bush, dijo que de cierta manera apoyaba la actitud de Israel, pues sólo se defiende de los ataques de Hamas. La actitud emparentada a la de un presidente que pensó, erróneamente, que la guerra es la política bajo otros medios. Lo que Tzvetan Todorov contestó en su libro El nuevo desorden mundial: “la guerra es definitivamente el fracaso de la política”. ¿Es la guerra iniciada estos días por Israel y Hamas el fin de la política? Recordemos que el italiano Giovanni Sartori hace un par de años afirmó la muerte de la ciencia política, y otros tantos, los de “tercer ola” el fin de la ideología. O lo que Fredric Jameson llamó “el momento utópico” de la no-ideología. El sentido parecía que había que acabar con lo único que podía organizar al humano en su foro público.

Con el triunfo simbólico del capitalismo global con la caída del régimen socialistas representado por la Unión Soviética, muchos pensaron que entraríamos en un momento definitorio. Incluso algunos, como Francis Fukuyama, anunciron el fin de la historia. El mundo no se podía mover más, y si lo hacía, siempre sería a favor de un sistema económico triunfador y democrático. Para algunos otros, este velo se cayó con el once de septiembre de 2001, al atacar las torres gemelas del World Trade Center.  El momento cúspide para acabar con el capitalismo. Para algunos, como Slavoj Zizek,  fue una ilusión televisiva, el punto de palanca en donde se apoyaba el sistema que buscaba ser legitimado.

Pero, vamos, el punto es: hace mucho se pensó que ya todo se detendría. Y, ¿si así fuera realmente? ¿Si la guerra entre Israel y Hamas, un Estado inventado a mediados de los cuarentas, con el fin de la  Segunda Guerra Mundial, con otro que no tiene un representación territorial real, fuera el nuevo modo de guerra? Los fantasmas de una batalla. Con rivales que se desconocen, que alarmantemente, desde la televisión o el periódico, vemos que se bombardea sin tener en claro qué, quién o dónde.

¿No podría ser la guerra en la franja de Gaza el prototipo de la Tercer Guerra Mundial como un gran guerra civil? No entre países, sino entre formas de vida. ¿Y si los de “la tercer ola” no se equivocaron, y realmente el mundo se detuvo en algún lugar de la historia, y hoy sólo continuamos con movimientos de imágenes que remiten a una guerra sin sentido?

Porque finalmente todas las guerras no tienen sentido. Y si lo llegaran a tener, entonces escuchemos la voz de Nutmeg, en Crónica del pájaro que da cuerda al mundo, de Haruki Murakami, cuando dice: <<Todos piensan que la guerra tiene la culpa de todo. Pero no es así. La guerra no es más que una de las muchas cosas que pueden ocurrirle a uno>> . O, por eso no podríamos, como dice Manuel Cruz, citar jamás a Primo Levi; o, como dice R. Hilbert, nunca más volver a poner un pie de página después de Auschwitz.

O nunca más decir guerra después de Gaza, porque esto es algo que pasa, algo entre muchas cosas que pueden pasar. Claro, y tenía que pasar eso.


Ale.

La vida inicia en el infierno. Es como decir que inica con el caos. El infierno es el primer velo que cae. Y para el director francés Jean-Luc Godard, proveniente de la nueva ola de mitad de siglo XX, el infierno es la guerra.

Nuestra Música es uno de los filmes más maduros y complejos de Godard, y talvez el más diferente. Inicia con un empalme de imágenes que no somos capaces de distinguir entre lo real y lo falso. Son imágenes de guerra que se repiten incesantemente, conjugados con una hermosa voz de mujer reflexionando sobre la condición humana. El purgatorio es, de acuerdo con Godard, nuestro mundo: así como lo conocemos y vemos. El mundo que vivimos, tan lleno de nosotros, se convierte en el espacio de limpieza para nuestras almas. El cielo es un lugar hermoso, pero lejano. Talvez lleguemos ahí, seguramente, pero el purgatorio nos ha dejado una huella imposible de borrar: el cielo es un lugar terriblemente deshumanizado.

¿No son las tres visiones de los niños de la Virgen María de Fátima un representanción de los estados por los que pasa Nuestra Música de Godard? Recordemos las profecías que en 1915 diría Lucía de Jesús dos Santos: una visión del infierno, del inicio de la Seguna Guerra Mundial y el atentado del Papa en 1981. El infierno, el purgatorio de la guerra, y el cielo de la muerte.

Y si los niños se encuentran con esta visión, y son tocados con la magia del mundo por venir, entonces Godard seguirá siendo el profeta favorito del cine.

Por los motivos que atañen a mi ciudad, y por la culpabilidad que nos involucra a todos, me veo en la necesidad de guardar silencio.

Dedicado a quienes no podrán ver los mejores buenos día que vienen

Nadie puede decir que la vida de un pato es fácil, y menos un humano egoísta que se pasa toda la vida siendo un humano.

No, la vida de un pato nunca es fácil, y, en caso que lo fuera, no debería correspondernos a nosotros juzgarlo. Y es que con tantas cosas alrededor de la ciudad en donde vivimos, se nos ha olvidado preguntar por ustedes. Talvez porque creemos que somos los únicos que sufrimos gravemente, mientras ustedes se la pasan nadando en el agua, preocupados de comer y dormir lo suficiente. Incluso llegamos a pensar que si tienen un problema con algún hermano pato, sólo se mueven a otra sección del parque. Lo cual sigue siendo ese pensamiento egoísta de humanos insolentes. Incluso hemos llegado a pensar que todos los patos son iguales, y, por lo tanto, todos deberían llevarse bien siempre. Si uno de ustedes enferma y fuera retirado de su lugar habitual, no nos importa pensar en qué lugar lo recogimos: lo dejamos en un montón de otros patos que talvez ese pato enfermo nunca había visto en su vida. Entonces, además de convaleciente, no tiene a ningún amigo cercano con quien compartir sus experiencias, para luego andar solitario picando en el suelo una comida que no pretende encontrar

Qué pena me da mi especie cuando me comparo con ustedes y la manera en que los hemos convertido por nuestra necesidad de no tomarlos enserio.

Recuerdo aquella vez que Mayra y yo íbamos corriendo cerca del lago artificial y encontramos el cuerpo de un pato tirado junto un árbol, muerto, con la cabeza hundida en el agua. Por varios días el cuerpo permaneció ahí, estático, pegado al árbol y con la cabeza en el agua. Nadie se había preocupado por recogerlo, y nosotros tampoco nos molestamos en avisar. En ningún momento nadie midió las consecuencias de estas acciones en la comunidad patuna del parque.

Qué pena me da ahora que lo recuerdo.

Porque no hemos comprendido qué es ser un pato en una ciudad como esta. Sabemos qué es ser ingeniero, panadero, mujer golpeada, obrero de maquila, cura, violador, hotelero, narco, sicario, policía, soldado, incluso sabemos qué es ser pocho y chicano, jarocho y torreonero. Pero nunca un pato. Y nuestra única comprensión se reduce a “qué bonito pato, mamá” o “mijito, llévale este pedacito de pan”. O sólo “pobrecito, se murió”, para luego subirnos al automóvil y meternos en la ciudad humana que hemos construido. Una ciudad humana en la que a veces no podemos vivir ni siquiera nosotros. No quiero pensar cómo lo hará un pato.

Qué pena nuestra ciudad humana inadecuada para todos.

Pero lo sé, y por eso mismo, de un tiempo para acá, he tratado de comprenderlos. Talvez por la razón que yo también me siento como un extraño aquí, no igual a un pato que camina perdido en una ciudad llena de motores y luces, pero algo parecido. Siento que deberíamos detenernos un poco a escucharlos para preocuparnos más por ustedes y menos por nosotros. Talvez necesitamos más patos y menos Prozac; más pan molido y menos deudas; más lagos artificiales y menos maquiladoras; más cuac cuac y menos bang bang.

Es difícil conseguir cosas de la joven escritora mexicana Georgina Gudiño, y esto creo es de lo último, espero les guste.

Génesis

Nos invetamos el primer día

Nos soñamos en el segundo

Nos preguntamos por nosotros en el tercero

Nos extrañamos en el cuarto

Nos dejamos en el quinto

Nos olvidamos en el sexto

Descansamos en el séptimo

Luego volviste

A contar los días que habían pasado

Rápidos

Como culpas

Y volví

A contar tus días

Con sus respectivas ausencias

Y entonces

El primer día regresaste

El segundo huí

El tercero me buscabas

El cuatro te esperé

El quinto nos besamos con los ojos

El sexto nos decidimos

Y el séptimo, cansados de la semana,

Caímos dormidos.

Cartas para el hombre de mi vida

Fuimos nuestro pasado. Desapareciste en él en cuanto nos tocamos. Como si fuera la primera vez. ¿Te acuerdas de la primera vez? Nos vimos en secreto, era de noche y hacía frío. Nos capturamos rápidamente, como si algo nos estuviera cazando. No dijiste nada ese día, no sea que se fuera a escapar. Tu amiga me confundió con otro y nos reímos después. ¿Por qué nos olvidamos de reír? Esa noche nos fuimos a dormir un poco, con los ojos abiertos, dando vueltas en la cama, ¿tú también diste vueltas en la cama? La cama era grande, pero no había ausencias. Apenas y nos veíamos y ya estábamos seguros de que seríamos eternos. Sabía que un día volverías, y también eso nos mataba de risa. Ahora ya no ríes tanto. Ni yo. Y parece que habrá algo más allá de nuestros dientes blancos al final de contar nuestro pasado.

¿De quién sobrevives? Fuimos nuestros días juntos, y nuestros días separados: y los días separados nos daban muchas historias fantásticas. Soñábamos con estar juntos; ahora ya no sabemos qué hacer con nuestras vidas paralelas. Era mejor cuando dedicábamos canciones a la lejanía y veíamos a la distancia para capturarnos. Ahora somos extraños en una tierra cercana donde todos son familia. Te prometí una flor sin decírtelo, y nunca te la llevé, ni pienso hacerlo.

Cuando decidí escribir esta carta sabía que era para decir adiós. Pero nunca será fácil decir adiós, y menos cuando te duele tanto decirlo. Se te escapa de las manos, inaprensible. Te escapaste de mi vida y ahora ya no me queda nada. Te escapaste porque algo más grande que nosotros, y esta casa, y el pasado que vivimos, son más grandes, y ahora ya no me queda nada. Me queda decir adiós a pesar de no decir adiós; me quedas tú con abandono y la sensación de fugacidad. Fuiste mi pasado, ahora seamos inteligentes y definamos nuestras vidas sin cuestiones cronológicas. Di hasta luego, y márchate, que no volverás, que no me esperas. Vete y me iré. No será la primera vez, y no será la última. Olvida que estuvimos juntos y quédate con lo que nunca fuimos: con la promesa de nuestros pasados. Quédate si quieres, pero yo no, no puedo. Cuando lo sepas será demasiado pronto, ¿pero, qué será lo que queda en un día de extrañas cercanías en un mundo de eterna distancia?

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