Miro a mi alrededor. Lo que veo es tan similar a mí y tan diferente. John N. Thompson, en su libro sobre coevolución, dice que estamos más cerca de todas las especies que habitan en el mundo de lo que creemos. Compartimos casi la misma estructura genética de todos los mamíferos de la tierra, mi cuerpo tiene la misma cantidad de partículas que un cuerpo a muchos kilómetros de distancia, incluso uno que ya está muerto, los elementos que necesito para vivir se encuentran hasta en las galaxias más lejanas.

Recuerdo esta frase de la película I love Huckabees: ¿en dónde termina mi nariz y comienza el universo? No sé. Alejandro Jodorowsky se hacía la misma pregunta a través de sus fabulas: si un hombre entra al mar, ¿cómo saber que su cuerpo sumergido no es una extensión del agua?

¿No es la vida un fenómeno biológico sobrevalorado? Lynn Margulis, a diferencia de Charles Darwin, dice que la cooperación entre especies es la que permite la vida. Una célula que transforma el alimento con una que transforma el oxígeno.

Qué simple.

Y digo que la vida es un fenómeno sobrevalorado porque somos el resultado de un accidente. ¿Pero no es todo, más allá de la misma vida, también un accidente? Jorge Wagensberg, en La rebelión de las formas, llama a la incertidumbre como la mayor fuerza de resultados. Es decir, la incertidumbre de que todo puede ser y no. De que es por muchas razones, y tantas, que si una faltara, ya no sería lo que es. Así de delicado.

Tan simple también.

Las dos células de Margulis también se movieron bajo acuerdos inexistentes de incertidumbre.

Entonces, ¿dónde termina mi nariz y comienza el universo? ¿De qué material ajeno a este mundo puedo estar hecho como para pensar que soy sólo el tiempo de mi vida, que ser es esto que me empeña a pensar que soy tan diferente, tan único?

De nuevo veo a mi alrededor. No necesito ver con demasiada profundidad. Mi mano es como la piedra de la montaña. Las dos comparten algo dentro de ellas.

Tal vez por eso la vida es un fenómeno biológico sobrevalorado, como dijo el Dr. Manhattan en la novela gráfica de Alan Moore, una manera en que se expresa el caminar de las cosas.

ale.

Conocí a Mariano hace unos cuatro o tres años. Vive enfrente de mi restaurante, y resulta que su mamá es amiga de la mía desde la primaria. Algo así. Desde el principio me cayó bastante bien. Es muy formal, tiene un bigote bastante representativo y es muy chiquito. Le apasiona la revolución mexicana, siempre está leyendo, no dice groserías (nunca), ni hace alguna alusión a ellas, es buen amigo y tiene una risa bastante contagiosa.

Cuando comenzamos con la idea del documenta, recuerdo que Julián y yo fuimos a su casa, nos sentamos en su cama muy serios y le dijimos: “Mariano, queremos hacer una película sobre ti. Una película donde cuentes lo que haces, lo que piensas… Lo que tú quieras. ¿Qué te parece?” No lo pensó mucho para decir que sí. Dijo también que iba a escribir algo sobre eso y a sacar la música que le gustaría que saliera.

Ahora que lo veo, que he pasado tanto tiempo con él, y que pasará todavía mucho más, me he dado cuenta que mucha gente debería conocer a Mariano, y, bueno, tal vez es hora.

Les dejo el trailer para que tengan un pequeño acercamiento con él.

Ayer, platicando con Turo, recordé esta campaña financiada por un grupo de ateos que adornaba algunos autobuses de transporte público en Londres, Barcelona y Madrid. “Probablemente Dios no existe”. La frase, en vez de recordarnos a Nietzsche, que argumentaba “Dios ha muerto”, debe hacerlo a una figura de la historia mexicana: Ignacio Ramírez, El Nigromante.El problema es que esta frase en vez de fortalecer la argumentación ateísta, sólo demuestra el liberalismo multicultral de la actulidad, en donde se asume con debilidad una postura ideológica. Cualquier materialista renegaría rápidamente de esta frase (que de hecho  lo hicieron).

Pero, ¿a quién le importa?

Leía una página cristiana en donde argumentaba a favor de la existencia de Dios que cómo se podía explicar el enorme número de creyentes si Dios no existía. Es cierto, aunque también hay unos científicos que argumentan haber encontrado un gen dentro de la estructura humana que nos empuja a creer en Dios. ¿No es esto igual de tétrico que la predestinación religiosa? Gianni Vattimo dice que el discurso religioso que se impuso como hegemónico, fue retomado por la ciencia. Esto, para Vattimo, es igualmente terrible. ¿No es lo mismo que dice Lacan del movimiento de 68 en Francia en donde se deja un Amo para retomar otro?

Pensaba hoy en la tarde esa pregunta. ¿Existe Dios? Qué difícil. Mientras tanto sé que no me voy a casar en la iglesia (o ningún otro tipo de rito religioso), incluso no sé si me voy a casar algún día (se lo prometí a Danny, pero no sé, tiene que convencerme de las ventajas).

Tal vez soy un tíbio, pero probablemente Dios no existe. De hecho, creo que en todo caso, no le importa mucho que pensemos eso, ¿o sí? Daniel Gamper dice que si Dios nos ayuda para hacer de la vida un lugar más llevadero, ¿por qué no creer en él?

En fin, el punto es que probablemente no existe, así que deja de preocuparte y disfruta tu vida.

El País.

Tal vez ya no me quede mucho tiempo. Pero, ¿es que cuándo hemos tenido tiempo? Lo que tenemos es una vida para llenarla de cosas, de personas, de días buenos y días malos. Tenemos una vida que se parece más a una canasta de mimbre. Entonces, a veces, cuando miro dentro, y veo todas esas cosas acomodadas sin ningún orden en mi canasta, me siento aliviado. Aliviado de cargar tan poco y mucho a la vez. De meter con la misma libertad con la que saco cosas.

Si muero pronto, que tal vez sea pronto, o tal vez sea nunca, quiero saber que jamás dejé de pensar en lo que busqué siempre: la eternidad. Pero no la eternidad de la vida que me prosigue, sino la que me queda aquí. Que sea como lo que una vez dijo Elena Garro, “Yo soy sólo memoria, y la memoria que de mí se tenga”. Como dice Thoreau, un lector de eternidades.

Si muero pronto, es decir, si muero, es porque no me he llevado nada. Porque voy tranquilo, sin prisa. Porque lo único que me lleva de la mano es el mismo destino que me trajo aquí. Solo y lleno de alegría.

Si muero pronto, entonces es porque era el lugar donde debía morir.

“M” is for moustache.

Una vez escuche en el radio a un hombre, no recuerdo bien su nombre, pero hablaba sobre la violencia, y dijo: Sólo el que carga el muerto, sabe cuánto pesa. Y se refería a esos espacios en donde la violencia ha incrementado terriblemente y la respuesta de las autoridades centralistas por hacer lo que mejor saben: tomar decisiones equivocadas. Hoy vamos a una marcha cargando uno de los pesos más grandes: el de la responsabilidad social, ciudadana, humana. No sé si algún partido haya  organizado todo y estamos asistiendo a las butacas de un teatro, pero yo voy porque en mí (en mi ser histórico), nadie sabe lo que pesa el muerto que vengo cargando. Claro, comparto ese espacio con un millón y medio más, pero al final somos uno, es decir, fragmentos de coincidencia. Nadie sabe lo que pesa hasta que lo carga. Por eso salimos hoy, a pesar de que nuestros cuerpos estén enfermos, o los cuerpos de los demás lo estén, o que tienes que pagar los impuestos, y los niños, y la escuela, y la tubería rota. Por eso es importante: porque a pesar de nosotros, de ser sujetos entretejidos en otras instancias de violencia, contamos con un poco de ánimo para ir.

Tengo un perro blanco del tamaño de una aspiradora personal. Es muy exigente, porque siempre quiere tu atención. Se para en sus dos patas y te ve fijamente a los ojos como si se fuera a meter en ellos. Es muy observadora, y si algo se mueve, va hasta el fondo para saber por qué.

Recuerdo que un día mi amigo Poncho (aquí le diré el chico, porque tengo dos grandes amigos a los que les decimos Poncho, y uno es grande, y otro es chico) me dijo que una clase el maestro comentó que los perros no pueden apreciar el futuro: piensan sólo en términos de pasado y presente. Saben que no estás ahí porque normalmente estás, saben van a comer porque normalmente comen a esa hora. O, en su efecto, comen porque tienen hambre o te saludan porque te ven. Mi perro, que realmente es una perra, no sé si no es capaz de apreciar el futuro como ese señor que desconozco dijo.

Y cuando la veo, y pienso en eso, trato de imaginar cómo sería no apreciar el futuro, no distinguirlo entre los demás tiempos. Qué sería si el humano desconociera esa incertidumbre de lo que aún no sucede.

Me recuerda una canción de Bob Dylan que dice: “¿cuántos caminos necesita el hombre cruzar para que se le llame hombre?”. No sé, pero qué extraño. Pero tal vez no ha pasado, tal vez tenemos el cerebro de un perro y el corazón de una víbora. Tal vez no distinguimos el futuro, sólo que ese miedo, esa alegría, esa incertidumbre de lo que ignoramos, hemos comenzado a llamarle, de una forma, futuro.

Ya pueden revisar los documentos y trabajos del colectivo en el blog : www.colectivovagon@blogspot.com

Logo Vagon

Estas fotografías del impactante Roberto Sáenz, le han dado la vuelta al mundo. La sencillez y frescura, junto con su experiencia, dan como resultado un producto único. Les dejo una pequeña prueba.

A la que se robó mi nombre.

No puedo escribir lo que necesitas. No puedo por la simple razón de que no lo sé. Podría ser un abrazo, un amigo, unas palabras de aliento, una nieve, un golpe, una caída. ¿Cómo podría saberlo si para un ser infinito como tú, las posibilidades de existencia también lo son? Podrías recomenzar la lista, pero nunca acabaríamos. Y qué bueno que no acaba. Si un día le ves fin a la lista de tus posibilidades infinitas, entonces sabré lo que necesitas: volver a mirar, con más detenimiento, con los ojos claros de que esa pared al fondo es sólo una ilusión.

Ahora parece que te estoy diciendo lo que en un principio aclaré que no podría. Pero créeme, no puedo. Sigo sin pensar que pueda decírtelo. Una vez escuché que todos necesitamos un buen final. Un buen final para limpiar lo que no pudimos mientras nos encontrábamos presentes. Seguramente eso lo tengo bien claro, y te lo digo: piensa en un buen final. Algo por lo que te recuerden. “Ah, mira, aquí yace Cynthia, o Felipe, o Carmencita, tan buen chico, tan amable muchachita. Lástima que al final se volvió loco, o ya no le quedaron fuerzas.”

No me mal interpretes. No es que yo crea eso. Para nada: debemos de ser holistas en la forma en la que vemos a los demás. Pero a veces la vida es más que lo que pensamos. Más que muchas cosas que nos gustarían fueran así.

Soy una persona reservada. Tal vez lo sabes. No tengo tantos amigos, y me he visto perseguido por una paranoia de quedarme solo. Me persiguen muchos fantasmas que poco a poco se han ido acumulando a lo largo de los años. A veces pesan, dice Mario Benedetti, como culpas. A veces, lo admito, me he dado el lujo de no ser feliz. Deja tú el  lujo, el privilegio. El privilegio de pensarme sólo en distancia. Veo el mundo, y no me encuentro en él. Soy como una isla naufraga en la enormidad del océano. ¿Qué podría decirte yo sobre la vida, sobre tu vida? Soy del tipo de persona que cree que nadie puede dar un buen consejo. No dudo que a veces lleguen personas que con un par de palabras nos regresan a la orbita de la que nos habíamos alejado. Lo sé, y se los agradezco. Pero al final, sólo era yo el que decidía. Era yo el que me la jugaba, el que se exponía, el que dejaba la piel y el corazón. Nadie más. No ellos, ni él, ni Dios, ni nadie. Era yo. No solo, con muchos alrededor. Pero era yo el que soportada los golpes. Y eso nadie lo puede negar. Si el caso fueras tú, lo sabría, entendería perfectamente que por momentos te sintieras el humano más desdichado y feliz del planeta.

Ves, otra vez parece que sé lo que digo. Pero no lo sé. No sé qué decirte. Puedo cantarte algo, el Hallelujah, de Leonard Cohen, por ejemplo. Puedo quedarme callado, si es lo que  pides, eso lo sé hacer bien. Puedo recitar un poema de memoria que seguramente inventaré en el momento. Te puedo llevar de viaje y sentarte frente a alguna playa. No sé. Pídemelo, lo que quieras, y lo haré. Pero no me preguntes cosas que sabes no podré contestar. No me preguntes por mi silencio, que ya es tuyo, siempre lo fue, siempre lo ha sido. El resto sólo el espacio entre tú y el cielo, nada más.

Ale.

No puedo escribir lo que necesitas. No puedo por la simple razón de que no lo sé. Podría ser un abrazo, un amigo, unas palabras de aliento, una nieve, un golpe, una caída. ¿Cómo podría saberlo si para un ser infinito como tú, las posibilidades de existencia también lo son? Podrías recomenzar la lista, pero nunca acabaríamos. Y qué bueno que no acaba. Si un día le ves fin a la lista de tus posibilidades infinitas, entonces sabré lo que necesitas: volver a mirar, con más detenimiento, con los ojos claros de que esa pared al fondo es sólo una ilusión.

Ahora parece que te estoy diciendo lo que en un principio aclaré que no podría. Pero créeme, no puedo. Sigo sin pensar que pueda decírtelo. Una vez escuché que todos necesitamos un buen final. Un buen final para limpiar lo que no pudimos mientras nos encontrábamos presentes. Seguramente eso lo tengo bien claro, y te lo digo: piensa en un buen final. Algo por lo que te recuerden. “Ah, mira, aquí yace Cynthia, o Felipe, o Carmencita, tan buen chico, tan amable muchachita. Lástima que al final se volvió loco, o ya no le quedaron fuerzas.”

No me mal interpretes. No es que yo crea eso. Para nada: debemos de ser holistas en la forma en la que vemos a los demás. Pero a veces la vida es más que lo que pensamos. Más que muchas cosas que nos gustarían fueran así.

Soy una persona reservada. Tal vez lo sabes. No tengo tantos amigos, y me he visto perseguido por una paranoia de quedarme solo. Me persiguen muchos fantasmas que poco a poco se han ido acumulando a lo largo de los años. A veces pesan, dice Mario Benedetti, como culpas. A veces, lo admito, me he dado el lujo de no ser feliz. Deja tú el lujo, el privilegio. El privilegio de pensarme sólo en distancia. Veo el mundo, y no me encuentro en él. Soy como una isla naufraga en la enormidad del océano. ¿Qué podría decirte yo sobre la vida, sobre tu vida? Soy del tipo de persona que cree que nadie puede dar un buen consejo. No dudo que a veces lleguen personas que con un par de palabras nos regresan a la orbita de la que nos habíamos alejado. Lo sé, y se los agradezco. Pero al final, sólo era yo el que decidía. Era yo el que me la jugaba, el que se exponía, el que dejaba la piel y el corazón. Nadie más. No ellos, ni él, ni Dios, ni nadie. Era yo. No solo, con muchos alrededor. Pero era yo el que soportada los golpes. Y eso nadie lo puede negar. Si el caso fueras tú, lo sabría, entendería perfectamente que por momentos te sintieras el humano más desdichado y feliz del planeta.

Ves, otra vez parece que sé lo que digo. Pero no lo sé. No sé qué decirte. Puedo cantarte algo, el Hallelujah, de Leonard Cohen, por ejemplo. Puedo quedarme callado, si es lo que pides, eso lo sé hacer bien. Puedo recitar un poema de memoria que seguramente inventaré en el momento. Te puedo llevar de viaje y sentarte frente a alguna playa. No sé. Pídemelo, lo que quieras, y lo haré. Pero no me preguntes cosas que sabes no podré contestar. No me preguntes por mi silencio, que ya es tuyo, siempre lo fue, siempre lo ha sido. El resto sólo el espacio entre tú y el cielo, nada más.

El comienzo del artículo sobre la liberación de los supuestos indígenas responsables de la masacre en Acteal, Chiapas, hace doce años, de 45 tzotziles, en el periódico El País, dice: “¿En México qué es una verdad? Una mentira con dos testigos.”

El caso se extendió entre dudas, pruebas ambivalentes que incluso tenía su referencia en Wikipedia (sí, en la enciclopedia que todos hacemos de manera libre), la cual fue utilizada por el juez Martín Rangel Cervantes, inocentes que luego terminaban en la lista de culpables y asesinados, culpables que morían en libertad.

Si tuviera que leer de nuevo el artículo, seguramente pensaría que la respuesta a la pregunta de ¿qué es en México una verdad? Una mentira, un sombrero colgado de una estatua, un niño corriendo por la calle, una paloma cagándose sobre alguno de nosotros. Por eso en México la justicia es sinónimo de verdad. Cincuenta hombres encarcelados sin pruebas suficientes para estarlo, y cuarenta y cinco personas asesinadas sin que nada se haya resuelto.

Mariano Luna Ruiz, sobreviviente de la masacre, identifica a los presos como los responsables de la masacre. Pero los jueces han decidido otra cosa. Incluso el presidente Felipe Calderón ha dicho, desde Colombia, que estará atento de la comunidad de Acteal, aunque, admitió, no conoce mucho del tema. ¿No es eso también la verdad de un país? Nunca se conoce suficiente. La verdad es que no existe la verdad. Tal vez Terry Eagleton se echaría a reír si escuchara que México es un país posmoderno. No lo culpo.

Esto definitivamente no es Ruanda, no es equipara en los resultados y la cantidad de homicidios, pero es que ayer ganamos en el fútbol al país más poderoso bélica y económicamente (si nada sale mal), y en algún lugar de mí todavía sigue habiendo un poco de remordimiento.

Porque, ¿qué es una verdad en México?

Ale.

He decidido, por un montón de buenas y malas razones, separar El Diario de Campo: la columna, de este blog. Ahora lo pueden consultar en ésta página: Diario de Campo: EntreCaos.

Gustavo Foto.

Este país está hundido. Es como el hoyo del cementario después de que se ha robado una tumba. Hay gusanos y polvo. Nada más.

Hoy estaba en Recaudación de rentas para que me reestablecieran la cuota fija (que es de mil pesos, subiendo más de lo doble  a la pasada).Pero antes de esto,nos hicieron mandar una carta de pidiendo casi casi perdón por ser unos ciudadanos de cuarta (en serio, nos pidieron una carta donde teníamos que decir por qué somos un jodidos que no podemos pagar impuestos). Fue un señor a tomar nota de nuestros gastos y ganacias. Es decir, fue a comprobar que en serio somos jodidos. Nos dio un papel para hacer una cita y llegamos bien temprano. Después de una hora y media de esperar, viendo el programa Hoy, en donde desfilan los personajes más irónicos de la farandula, nos llamaron. Era una chica sin chiste. Hernández, se apellida. Tiene cara de que no ha tenido sexo en varios años.

Leyó la carta que habíamos mandado. Claro, hasta ahorita. Se fue un rato y regresó. Me preguntó si fui yo quien había hecho el trámite pasado. Dije que sí. Dijo que entonces no sabía que había dicho yo para que subiera tanto. No sé si me explico. La chica insinuaba que era yo el culpable. Le dije que dí las mismas cantidades que esta vez, y que la persona que me atendió dijo que no se podía hacer nada, era lo menos. Se volteó y volvió a la computadora. Le pregunté por qué había subido tan drásticamente. Insistió en que no sabía que había dicho yo. Yo también insistí en que había dicho lo mismo, que si algo había cambiado, era en el aumento de los gastos y la reducción de la ganancia.

Al final lo dijo. Después de mucho tiempo. Dijo que había un nuevo impuesto, y que los anteriores habían subido para este año. Ah, pensé, todo es más claro.

Se fue de nuevo y regresó. Dijo que no podía hacer nada, que lo iba a consultar con sus jefes/dioses para ver lo que se podía hacer. ¿Qué? ¿Cómo? ¿En qué momento? Después de la carta, de la humillación, del tiempo perdido, sólo viene a decirnos que no puede hacer nada. Me enojé un poco y le pregunté. ¿Y dónde veo reflejados los impuestos que pago? Repitió la pregunta en voz baja. Sí, dije, en dónde. Pues se van a la federación. Pensé que la chica estaba sorda, o sólo un poco tocada. Sí, pero dónde se ven reflejados. Yo como contribuyente dónde veo lo que pago. Bueno, dijo mientras se reía, por ejemplo, en la seguridad. Ah, dije, entonces aparte de los cinco robos que nos han hecho en el año, aquí también nos roban. Cambió la cara por una muy seria. Mi mamá se molestó que hiciera esa pregunta, por eso fuimos discutiéndo en el trayecto a la casa. Dijo que fueramos en agosto, que pagaramos y ella vería.

Eso fue todo. Regresamos.

Mi mamá seguía con los reclamos. Estoy harto de que siempre seamos nosotros los que nos tenemos que hincar, los que tenemos que pedir perdón, y que sean ellos los que no tienen que dar respuestas sobre su trabajo, y nosotros, cuando estamos en esas situación, estamos condicionados a decir la verdad,aunque ésta sea humillante.

Conocí a mi burócrata favorito. Se apellida Hernández y trabaja en Recaudación de Rentas, y es un robot, tan frío como la computadora que se ha vuelto indispensable para hacer su trabajo. Un robot ajeno a lo que pasa a esta ciudad, a este país, a este mundo. Que sólo sabe decir “sí, señor” “no, señor”. Que no le gusta dar respuestas, y si las da, lo hace de mala gana, enfadada, incluso molesta.

Es cierto, tengo que ser más moderado, mucho más mesurado e inteligente. Mi mamá puede tener cierta razón en eso. Pero la vida es incertidumbre, y  no sé cuánto me quede en ella, por eso hago esto, exijo y no me quedo callado. Para que cuando muera, y llegue con el buen dios, él me diga “Diste mucha guerra allá abajo”, y yo conteste “bueno, pero no más que tu hijo, ¿estás de acuerdo?”

Alejandra.

Con mucho cariño para Hugo, mi primo.

Me dijo mi carnal. Más bien, mi medio carnal. Estábamos cenando para el Día de Gracias y me llamó desde mi cuarto.

–Mira, carnal, ya estuvo de estar de jodidos. Siempre preocupados de que falta el alimento, los billes, que nos agarre la migra, los hijos…

Teníamos viviendo en un pueblo en Oklahoma ya para cuatro años, y el único trabajo que pudimos conseguir, sin que nos la hicieran de emoción por ser mojados, fue en la obra. Dejamos Real de Catorce, en San Luis Potosí, cuando mi hijo tenía apenas dos años. El canijo ahora ya me ayuda con la mezcla, pero todavía no aprende inglés. Como quiere ser jugador de hokey. Y la mera verdad no lo he mandado a la escuela por miedo que nos deporten, y ni modo que le enseñe uno si está igual o más pendejo que los hijos.

–Con feria, carnal, se acabaron nuestros problemas.

–Pues yo sé, carnal—le respondí mientras me sobaba los pelos de la cabeza—pero no hay. Puro camello y bien poca lana.

–Mire, carnal, tengo un amigo que nos va a ayudar, dice que es muy fácil.

–No nos vaya a meter en una bronca, carnal.

–No sea pendejo. Esto es seguro.

–¿Pos qué hay que hacer?

–Mire, pelada; bien papita. Fíjese bien. Nos van a dar unos pasaportes gabachos…

–No chingue, carnal, si estamos de mojadotes aquí—me acerqué por la ventana para ver la entrada de la casa tráiler.

–No, carnal, déjeme le explico. Si esto es bien seguro. Mire que se lo digo yo…

–¿Tú, cabrón? Si has estado en el bote tres veces.

–Escúcheme bien. Es sencillo, y muy seguro. Nos van a dar unos pasaportes gabachos pa cruzar droga—casi interrumpiéndose así mismo—.Pero no crea que va a ser complicado, porque los pasaportes que nos van a dar, me dice mi amigo, se parecen harto a nosotros. Dice que igualitos.

–¿Y cómo sabe que semos igualitos?

–Porque vio las fotos de la carne asada de Joaquinsito y…

–¿Y qué chingados le está enseñado las fotos de la fiesta de mijo?

–Eso es lo de menos, carnal, lo importante es que dijo que nos parecemos bien canijo, y así, si eres gabacho, ni quién te la haga de tos.

–Pos eso sí—me pasé de nuevo la mano por los pelos de la cabeza—Pero de todos modos está cabrón. Imagínese que nos cachan, a la chingada con toda nuestra vida aquí, todos los años de trabajo.

–¿Nuestra vida? Llevamos cuatro años chingándole como pinches burros para vivir como ciudadanos de quinta. Cuatro años escondidos, jalando sin seguro, sin prestaciones, sin nada. Con unas casas tráiler que parecen latas de atún.

–¿Y la troca qué, carnal?

–Carnal, vea allá afuera. Todo el mundo tiene muebles del año, de lujo. La troca ésa, seguramente era de un güero que la cambió por algo mejor, y usted ya se siente soñado porque se come las migajas del plato de un pinche gringo racista. ¿Qué no quiere vivir bien? ¿No quiere que sus hijos crezcan con buena educación, con salud, con buenos juguetes? ¿No quiere que conozcan Disneilandia? ¿No quiere una casa grande para su señora, carnal?

–Sí, sí quiero.

–¿Se acuerda cuando vivíamos en Real? Pura pobreza y hambre. ¿Se acuerda cuando estábamos en Matehuala, buscando trabajo en un restaurante, y que, sentado frente a la plaza, dijimos que nos íbamos a ir para el otro lado para buscar una vida mejor? Pinche chinga que nos metimos con el pollero, y vamos con todas las mugres, las viejas y los niños. Esta es nuestra oportunidad, carnal, nuestra oportunidad de vivir bien, por fin, nos lo merecemos.

–Pos sí.

­–Mire, piénselo y luego me dice

–¿Y cuánto pagan?

–Harto, carnal, harto. Na’más por cruzarla, 30 milas.

–¿30 milas? ¿Para los dos?

–Y si nos la aventamos a California, me dijo mi compa que nos dan otros 15.

–¿45 mil dólares para los dos? O sea que como… veinte, por ahí, ¿no?

–Sí, carnal, le digo, de aquí a vivir bien, como reyes.

Me raspé la barba con la palma de la mano. Era mucho dinero. Lo suficiente para mi familia y yo. Me sentí el bigote un poco largo, fuera del lugar. Mi carnal tenía razón, era vivir como reyes.

–Déjeme lo pienso y le digo mañana—contesté mientras salía del cuarto.

–Ya dijo.

-*-

Al día siguiente hablé con mi carnal por teléfono para avisarle que le entraba, pero que si algo salía mal, él sería el culpable de todo.

–No se preocupe—me dijo detrás de una pequeña carcajada—Yo le pago con lo sea si nos agarran.

A la semana llegó a la casa con los pasaportes. Eran azules, del tamaño de una cartera. En el lomo decía United States. Olían a cebolla cruda, y el mío tenía una mancha por atrás que ya había comenzado a arrugarse. Lo abrí y me fijé en el rostro del hombre.

–Ahora se llama Jaime Ruíz Gómez, carnal.

–No mame, carnal, pos si éste cabrón está bien gordo.

–No sea exagerado, no está tan gordo. Aparte, mire, también tiene bigote, como usted—puso el pasaporte, abierto en la fotografía, en seguida de mi cara—lo de la gordura se arregla, todavía tenemos dos semanas.

–Chingada madre, lo que me faltaba, subir de peso—dejé el pasaporte en la mesa de la cocina—Y para todo esto, ¿a dónde vamos?

–A  Ciudad Juárez

-*-

Dos semanas en McDonald’s. Subí lo que nunca en mi vida, pero el condenado de la foto seguía estando más gordo que yo. Parecía que la fotografía comía lo mismo. Mi esposa me preguntó que por qué tanto McDonald’s.

–Pos se me antoja, vieja. Aparte está bueno, y a Joaquinsito le gusta mucho.

–Tú andas muy raro, Ramiro, algo traes.

–Pero cómo crees, vieja. ¿Ya vas a empezar de celosa?

–Mira, mira, mira… ¿celosa? Pos serás Brad Pitt, cabrón. Tú andas tramando algo, Ramiro, lo sé. Tu hermano es muy pendejo, y tú no te quedas atrás.

–¿Le estás diciendo pendejo a mi carnal?

–No, cómo crees… les estoy diciendo a los dos.

–Ah, pues no le digas así, y menos a mí que soy tu esposo.

–Serás cabrón.

Dejé la soda en la mesa y me metí dos papas a la boca. Levanté la mirada para encontrarme con los ojos de mi vieja. Aunque ya no era la misma de antes, sus ojos conservaban muchas cosas de ayer. Era como volver al tiempo.

–Vieja, fíjate que un amigo de mi carnal nos consiguió un trabajito en la pizca, allá por Texas, y nos queremos ir esta siguiente semana, ¿cómo la ves?—le tomé de la mano tiernamente, como la primera vez que nos conocimos.

–Estás pendejo, no vas.

–¿Por qué no?—le solté la mano y eché los hombros para atrás.

–Porque ya tienes muchos años que no haces eso, de seguro te partes la madre.

–Vieja, no digas esas palabrotras en seguida de Joaquinsito—tomé del hombro a mijo y lo mandé a jugar afuera—es mucho dinero. Dice que un amigo de él ganó hasta veinte mil dólares.

–Ah, chingado ¿Pos qué robó?

–Puro camello, vieja, ándale, na’más son unos días.

–Deja veo, porque si te agarra la migra yo no te voy a estar juntado pa’l coyote otra vez.

Era en la mañana, muy temprano, cuando sonó el claxon. Por la ventana vi la mano de mi carnal recargada en la puerta con un cigarro. Me despedí de mi vieja y agarré mis cosas. Iba en una camioneta nada nueva, de hecho, estaba bastante cateada. Con unos choques en el frente y la puerta de otro color.

–Está madreada, pero sí aguanta. Súbete.

Eché la mochila y nos fuimos manejando hasta El Paso, Texas. En cada gasolinera, mi carnal me compraba un litro de soda, unas papitas grandes y un rol completo de canela.

–No se queje, cabrón, todo es un sacrificio por el bien de nuestras familias.

–Pues tú también sacrifícate, carnal.

–Ya con ver cómo engordas estoy pagando mi precio.

-*-

Cruzamos a Ciudad Juárez. Me dijo mi carnal que si nos preguntaba, la troca era de un primo que vivía en El Paso, pero que había sufrido un accidente y ahora le teníamos que comprar el mandado acá, en Juárez. Hacía un calor del demonio, y con los kilos que había subido, sentía como si trajera una chamarra de koala.

En el centro, un joven nos encontró y nos dijo que lo siguiéramos. Él caminaba por la banqueta mientras nosotros íbamos atrás de él en el mueble. Se paró en un garaje negro en donde comenzó a gritar. Pasó una patrulla, y yo sentí que me desmayaba. Pero el joven volteó y levantó la mano en forma de saludo. Los de la patrulla también levantaron la mano y se fueron. Un hombre corpulento abrió el portón y nos dijo que entráramos. Ya adentro, otro hombre, mucho mayor que los otros dos, nos saludó de manera bastante cordial. El hombre corpulento nos revisó de pies a cabeza, mientras el otro nos invitaba a pasar a lo que parecía una oficina.

–¿Se van a aventar todo el jale, verdad, cruzar y transportarlo hasta San Bernardino?

–Sí—dijo mi carnal.

–Muy bien—sonrió—, me imagino que ya saben qué hay que hacer, ¿verdad? Llegan a la línea, esperan a que los llame el migra, y enseñan el pasaporte. Es muy importante que digan “American, sir…”. Que no se les olvide—hizo una pausa para tomar agua y revisar por la ventana que todo fuera bien—Luego se van a San Bernardino. Aquí tienen un mapa. Ya allá, van a hablar a éste número. Hagan todo lo que les digan—me acercó un pedazo de papel que yo le di inmediatamente a mi carnal.

–¿Y el dinero dónde nos lo dan?—interrumpió.

–A eso iba. El dinero se los van a dar en cuanto se revise que todo está completo.

–Muy bien—dije yo.

–Eso sí—su voz cambió drásticamente—si me juegan chueco, la van a pasar muy mal. Nos gustan las cosas derechas, nada de tranzas. Si se van con mi mercancía, los voy a buscar y, créanme, los voy a encontrar. ¿Entendido?—levantó el dedo señalándonos—Ahora vamos para afuera.

El joven y el hombre corpulento habían terminado de subir todos los paquetes en un compartimiento en el fondo de la camioneta. El más fuerte, con una cajita en la mano, dijo:

–Jefe, faltó esto—no era muy grande, apenas y cabía en su mano—si lo metemos abajo, se revienta todo el marrano.

–Chingado—dijo el hombre quitándosela de las manos—Haber, préstame tu cachucha—le dijo al más joven. Luego tomó el paquete y me lo puso en la cabeza—No te muevas, gordito—la ajustó con la cachucha—Ya estuvo. Los gringos son bien pendejos, no se van a fijar. Y no se te ocurra quitártelo, porque te la corto—con el dedo hizo una línea en su cuello—Buena suerte y buen viaje.

-*-

Mi carnal me jaló a la camioneta y puso la reversa.

–No mames, ya valió madre, pinche macetota que se me ve en la cabeza.

–No se nota. Aparte, qué no oyó, son bien pendejos los gringos.

–Pero para esto no hay que estar pendejo, sino ciego.

–Ándele, no se mueva, que se le va a caer.

Condujo hasta el puente, en donde esperamos más de una hora. Aunque no era muy pesada, sentía como la cajita me iba hundiendo en el asiento como si fuera un ancla. Antes de llegar con el migra, mi carnal se volteó, tomándome del hombre, y me dijo:

–Todo va a salir bien, no se apure.

Sentí más calor de repente. Los ojos se me cerraron sin querer.

–Deme la mano, carnal.

–No sea pendejo, van a creer que somos jotos.

–Esos gueyes caen bien, ándele.

–Aquí no. Ya no se esté moviendo tanto.

Me miré de nuevo en el espejo. Me dio la impresión que había aumentado de tamaño. El semáforo está en verde. El hombre de la migra movió la mano para que avanzaramos. Saqué el pasaporte y miré por última vez el rostro. “Pinche gordo, deberías de estar tú aquí y no yo”, pensé.

–American, sir…

–¿Qué llevan de Juárez?

–Nada, sir.

Tomó los pasaportes y entró en la cabinita de revisión. Los pasó por la computadora. Comencé a sudar aún más. Las gotas se escurrían hasta mi barbilla. Por un momento pensé que iba a vomitar. El migra, vestido de azul, con una placa en el pecho que decía Campbell, dio la vuelta a la camioneta hasta donde estaba yo. Metió la cabeza por la ventanilla. Como pude, eché la cabeza hacia donde estaba mi carnal. “No vaya a oler algo, este cabrón”, pensé mientras recorría la mirada.

–Bájese, por favor—me dijo mientras abría la puerta.

Me desabroché el cinturón y bajé con cuidado. Me quedé parado frente a él, mirándolo a los ojos, eché la cabeza para atrás de nuevo. Sentí cómo el paquete se ladeaba conforme la movía.

–Párese allá—señaló con el dedo la parte trasera de la camioneta.

Mientras caminaba, apreté bien la cachucha a mi cabeza. A mi carnal también lo mandó hacia donde estaba yo. Nos quedamos muy juntos, cruzados de brazos, viendo con detenimiento cómo esculcaba en nuestras mochilas y revisaba por debajo de los asientos.

–Me voy a mear, carnal.

–Cállese, que nos va a oír.

–Esta madre me está matando, carnal.

–Chingada madre, que se calle.

El migra se levantó de repente. Caminó tranquilamente hacia nosotros, con sus ojos mirando directamente nuestras caras. Pensé que todo se había acabado.

–¿Qué es esto?—dijo mientas estiraba la mano.

–¿Un mango? –dijo mi carnal.

–Esto no puede pasar. Es ilegal.

–¿A poco? Chirriones, no sabía… No sabíamos, ¿verdad tú? –me dio un codazo.

–No, jefe, no sabíamos, me agarré el bigote—Digo, no sabíamos, sir.

–Lo voy a confiscar.

–Confísquelo—dijo mi carnal—ni modo, todo por un mango.

Se acercó a mí lentamente. Eché de nuevo la cabeza hacia atrás como si buscara algo en el techo que cubría las garitas.

–Si vuelve a pasar, los llevo adentro y les pongo una multa. ¿Entendido?

–Sí, señor—dije sin dejar de ver el techo—Yes, sir.

–Súbanse.

–Claro que sí, sir.

Nos trepamos en chinga y nos fuimos. Sentí mi cuerpo liviano, como una pluma. Me quité la cachucha y la dejé, con todo y paquete, en el asiento de atrás.

–Ve, le dije, carnal, pa-pi-ta. Nombre, ya me estoy viendo con la lanota que nos van a dar.

Tomamos la interestatal diez con rumbo a California. “Sólo diez horas más”, pensé, “y ya estuvo”.

-*-

En San Bernardino nos detuvimos en el primer teléfono público que vimos. Sacó mi carnal el pedazo de papel y marcó. Sonó unas cinco veces hasta que surgió la voz de una mujer quien nos dijo que manejáramos hasta un Home Depot que se encontraba por la misma calle. No estaba lejos, y sólo esperamos unos cuantos minutos hasta que llegó una camioneta bastante lujosa llena de gente. Aún era de noche y hacía frío. Al final, después de una serie de hombres que bajaban del vehículo, descendió una hermosa mujer. Tenía el cabello hasta los hombros, unas piernas largas y unos ojos grandes que le cubrían casi toda la cara. Me pidió las llaves y mi carnal se las dio inmediatamente. “Mamacita”, pensé, “está rebuena”.

Abrió la camioneta y, dudando unos segundos, quitó la falsa cubierta en el fondo. Con una señal rápida, tres hombres comenzaron a descargar todo. Se movían como cerillitos guardado el mandado. “¿Por qué aquí no hay cerillitos?”, pensé mientras los veía. Cuando terminaron, la mujer nos dio las gracias y se subió. Estaban a punto de irse cuando mi carnal se acercó a la ventana.

–Oiga, ¿y nuestro pago?

El hombre que ocupaba el lugar del piloto, lanzó un discreto gruñido. La mujer, sentada en medio, en el asiento de atrás, le tocó el hombro.

–Tenga—dijo mientras le daba las llaves—quédese con la camioneta.

–Pero si esta madre está bien vieja.

–Nadie me habla así—dijo la mujer en un tono bastante serio.

–Discúlpeme—dijo mi carnal—pero nos dijeron que iban a ser 45 mil dólares.

–¿Y esa camioneta cuánto cuesta?

–Pues—echó una mirada rápida, sosteniéndose la barbilla-como mil o dos mil dólares, algo así.

–Mire, así ya sólo les faltarían 43 mil más. Porque si no, entonces también me la llevo.

–No, pues no. Pero, ¿no tendrá para la gasolina, tan siquiera?

La mujer soltó una carcajada mientras volteaba a su derecha, en donde encontró una sonrisa cómplice.

–Claro—dijo—haber muchachos, ¿cuánto tienen?

Todos se movieron rápidamente. Sacaban monedas, billetes, recibos viejos. Entre todos juntaron unos doscientos dólares.

–Con eso, y ya no la lloren, que pa’l pinche jale que hicieron. Dale Manuel—y se fueron.

Mi carnal se sentó en el marco de la puerta trasera de la camioneta. Una lágrima rodó por su mejilla que inmediatamente limpió con la manga de su camisa.

–Pinche vieja puta. Ojalá que se embarren y se muera—dijo mi carnal, con la mirada puesta en sus botas viejas.

–¿Ve, carnal? ¿Ve? Somos jodidos, y la gente nos trata como jodidos. Así somos y así nos vamos a morir, y nuestros hijos serán unos jodidos como nosotros cuando crezcan. Y si queremos hacer algo para dejar de serlo, sale peor. Somos unos pinches jodidos.

Levantó los ojos. Movió la cabeza arriba abajo.

–Vámonos, carnal, tengo sueño, y todavía falta un huevo.

Me recargué en la camioneta.

–Sí, ya es tarde—le puse la mano en el hombro—pinche vieja puta.

Nos subimos a la camioneta, y mi carnal se detuvo en un McDonald’s.

–No, carnal, no chingue. Lléveme a un Subway, que éstas pinches hamburguesas no las puedo ver ni en fotografía. Pinche engordadera dioquis.

–Pues haga ejercicio, carnal, no sea huevón.

El Subway estaba cerrado. A lo lejos pude ver que comenzaba a amanecer. Eché la cabeza para atrás y cerré los ojos. Mi carnal hizo lo mismo.

–Vamos a aventarnos una rolita, carnal—le dije para que se animara—total, na’mas nos costó un viaje y como quince kilos darnos cuenta que somos unos pendejos.

–Y jodidos, carnal. Echele Hermoso cariño, pues.

Cantamos hasta que el sol se coló por la ventana. El aire fresco comenzaba a desaparecer por una brisa cálida, pero mi carnal y yo seguimos cantando.

Alejandra.

Yo voy a votar por nadie, definitivamente. Creo que hace tiempo no estaba tan seguro de algo, como en esto.  La razón—o debería decir, las razones—es muy simple: porque se puede, es decir, es una figura política real, y porque estoy cansado de que de otra forma no suceda nada por parte de la clase política que ha monopolizado el accionar del poder.

La primera razón, que más bien sería la primera parte de una única razón, tiene que ver con la visión que comparto con otras personas de que anular el voto es una acción política necesaria. No se trata solamente de abstención, que de alguna manera refleja la poca confianza en el sistema democrático, sino de expresar que ninguna de las opciones que se nos dan abiertamente nos convence.  Porque si hacemos un viaje introspectivo de la democracia, no encontraremos con lo que Slavoj Zizek llama la “libertad obligada”, la cual argumenta desde una crítica a las propuestas del riesgo y la tercer vía de los sociólogos Anthony Giddens y Ulrich Beck. Para Zizek, la propuesta de estas teorías es que la supuesta libertad que se nos otorga en la actualidad se encuentra condicionada siempre para que escojamos la respuesta correcta. Abiertamente somos libres de escoger a cualquier candidato (así como somos libres de cambiar de empleo rápidamente o de preferencia ideológica…), pero siempre que escojamos  bien. De otra forma, el accionar de nuestra elección democrática es sólo una ilusión. Sin estar completamente de acuerdo, aceptamos que las opciones que llegan sean las opciones de quienes han decidido por nosotros. De ante mano están de acuerdo que ellos son los mejores y más competentes candidatos ante nuestra libertad. Al salir a la casilla y llenar la boleta, nuestros grados de libertad son tan pocos, que sólo podemos pretender accionarla escogiendo lo que nos queda.

¿No se convierte así la no-elección en un verdadero acto de libertad al escoger la única opción no condicionada? Llevemos el término no-elección al utilizado por Michel Maffesoli de la no-acción como una propuesta verdadera de acción crítica. La no-acción consiste en no hacer lo que tenemos que hacer. No sólo no respetar las reglas que no hemos decidido jugar, sino hacer todo lo contrario ante la imposición ideológica: hacer sin hacer nada. Esta acción contestataria la encontramos de manera gráfica en Job, el personaje bíblico, quien adopta una postura estática como accionar a los problemas que le acechan. No cae en provocaciones, no duda, no cuestiona su fe. Sabe que la única acción posible es la de no hacer nada. En éste sentido, la no-elección, o la propuesta de elegir la ausencia, es un ejercicio completamente propio. La ausencia es, en pocas palabras, la única figura política verdaderamente democrática.

Elegir la ausencia no sólo debe ser llamado anular. No, creo que más bies esto es  un error semántico terrible. Anular suena como a neutralizar, envolver en una consigna fría. Mi voto no está nulo, al contrario, está parcializado, vivo, tiene una intención bastante clara. Dice muchas cosas, como, por ejemplo, que no estoy de acuerdo con lo que los partidos políticos hacen del poder y con la preocupación mediática e interna de la clase política por resolver o enaltecer sus diferencias ideológicas en vez de una verdadera preocupación por el país.

Estaba pensando, por último, enla delicada situación por la que pasa Irán en este momento. Porque nosotros, o yo, entre muchos, buscamos un voto blanco, y ellos viven un voto rojo. Es decir, sin o con lo que elegimos, los votos siempre tienen colores. Pero qué bien se siente ser uno el que se los dé.

Estación Washington, del tren lijero, en Guadalajara.

Georgina Gudiño. Ciudad Juárez, Chihuahua.

Metió el dedo en la espuma caliente de su café. Estaba frío. Poco a poco lo introdujo hasta el fondo, y se encontró con un suave calor que lo envolvió hasta el nudillo. Lo sacó rápidamente cuando escuchó a Fernando a su espalda decir “¿Qué haces?” Le miró a los ojos en busca de alguna complicidad. Pero no, Fernando ya estaba cansado, y era la sexta vez que iba al baño desde que llegaron a la cafetería.

–¿Ya te quieres ir?—pregunta ella.

–No, ¿por qué?

–Pregunto.

–Estoy bien, en serio. Ya deberías de creerme, tan siquiera de vez en cuando.

La punta de su dedo tocó la comisura de su labio. Sintió el calor del café como si su cuerpo fuera una extensión de él. Cerró los ojos por un par de segundo. Los abrió sorprendida.

–No creas que estoy cansada. Sólo cerré los ojos para imaginar algo. No tengo sueño; me la estoy pasando muy bien. Te lo juro.

–No te preocupes; nunca pensé eso.

Fernando sacó de nuevo el teléfono móvil. Lo dejó en la mesa, junto a su vaso.

–En todo caso lo entendería, porque ya es tarde.

–No es tarde. ¿Tú te quieres ir?

–¿Otra vez?—respondió Fernando—No me quiero ir. Deja de hacer esa pregunta.

Se sintió ridícula. Es verdad, ya había formulado muy seguido esa pregunta. Si la hacía de nuevo, era porque estaba esperando que él respondiera que sí, que estaba cansado, que toda esta salida había sido un error y que nunca, en toda su vida, volvería a invitarla de nuevo.

–Parece que estás esperando que diga que sí me quiero ir—dijo Fernando.

“¿Me habrá escuchado?” Pensó ella.

–¿Dije algo?—preguntó.

–Pues preguntaste que si me quería ir.

–Pero después de eso—respondió ella.

–¿Cómo? No, sólo dijiste eso. ¿Por qué no hablamos de otra cosa, mejor?

–Sí, cuéntame de tu vida. Algo de ti.

Fernando limpió el borde de la taza con su dedo. La crema dulce se había transformado en una débil costra color marrón. Con la uña reparó los relieves.

–¿De mí vida? ¿Qué te gustaría saber?

–Lo que quieras.

–Es algo muy general, ¿no crees?—dijo Fernando con una voz que se hundía poco a poco en un abismo entre los dos.

–De tu relación con tu familia. ¿Es buena?

Fernando dejó la taza en la mesa, como el ancla de un barco. Junto con ese movimiento abrió los ojos, grandes, clavándolos en los de   ella. Era un gesto de cansancio.

–Es buena. Son unas personas bastante agradables, a decir verdad. Me llevo bien con todos.

–¿Con todos?

–Sí, con todos.

–Qué bien. Digo, qué bien por ti.

–Gracias –responió aliviado–Voy al baño rápido. No tardo.

Apartó la silla en donde estaba sentado y marchó por un largo pasillo hasta perderse entre la gente. Miró alrededor, barriendo cada rincón del restaurante italiano que ella había escogido. A su lado, una pareja se tomaba de la mano y reía. Pensó en las cosas que él debía decirle a ella, y en las otras que ella debía imaginar con él. Los podía ver desnudos bajo las sabanas, jugando como niños. Luego volteó a una pareja más joven. El hombre, un jovencito de no más de dieciocho años, levantaba las manos en el aire diciendo: “entonces el pájaro se echo hacia atrás y  fue el momento en que tomé la foto. Cuando la veas no vas a creerlo.”

A su otro lado unos amigos  reían. Atrás alguien contaba una historia. Un camello, un hombre y una mujer entrada en años salen de un bar. El hombre dice: yo voy con mi esposa e hijos. La mujer: yo voy con mi madre y mi padre. El camello: yo regresaré al bar; un camello alcohólico no se ve todos los días.

Fernando regresa. Extienda las manos en la mesa.

–Mariana, será mejor que nos vayamos.

–¿Pasa algo?—responde ella asustada.

–No, pero será mejor que nos vayamos. Te dejaré en tu casa.

En el coche Fernando no dice nada. Ella mira por la ventana capturando los neones que brillan como estrellas en la noche. El cielo está oscuro. Sus manos no pueden estar en un lugar, fijas. Las mete en su bolso. Entre su cabello. Las cruza. Nada parece ser lo suficientemente cómodo. Voltea hacia Fernando.

–Me la pasé bien hoy. Gracias.

Fernando detiene el coche ante una luz roja del semáforo.

–Qué bueno. Me da mucho gusto—regresa la mirada hacia el frente.

Ya en su casa ella dice lo mismo para que él también responda igual. Se baja del coche como un espectro es arrojado fuera de su cuerpo. Sus pies encuentran el piso y comienzan a caminar. Cada paso la aleja de él. Cada paso es como un pez que ve vaciarse su pecera. Voltea una vez más y se despide con la mano. Fernando levanta la ceja, discretamente, y pone en marcha el motor.

Mariana abre la puerta. A su espalda la lluvia se detiene. El cielo está oscuro como una garganta profunda. Se sienta en el suelo, ya dentro, y comienza a llorar.

Alejandra.

Estaba sentado en frente de la coordinación de literatura, esperando a una secretaria para que me diera un oficio (qué raro decirle oficio a un papel). Saqué la cartera y la dejé enseguida de mí. Y, claro, la olvidé. Regresé a los veinte minutos y la cartera no estaba. Nadie vio nada. Nadie supo quién fue. Me jodieron con 700 pesos y todas mis identificaciones (no podré votar estas elecciones, bien por mí). Me jodieron la licencia de manejar, la identificación, un pase doble para el teatro, una credencial de ATM de un banco en El Paso, la credencial de la biblioteca de UTEP.

Es cierto, 1/3 parte de la gente que habita en el mundo ya le caes en los huevos, te odian y sienten rabia por ti. La razón: tu nacionalidad, tu dinero, tu físico, tu religión, tu existencia. Una parte del mundo te quiere ver jodido y muerto. yo descubrí hoy a uno de los tanto que me odia sin conocerme (igual que el pendejete que hizo que me pusieran una multa, los que me han robado cosas del carro, etc. ). Y todos en algún momento nos encontraremos con ellos.

No sé si les ha pasado, pero a veces llegan a un lugar y la persona encargada les trata mal: no es cortés, hace malas caras, te minoriza, te ignora. A mí me pasa. No mucho, pero cuando menos lo espero surge el hijo de la chingada.

Y lo sé, porque ellos lo saben, porque soy más alto, porque hablo sin haiga y sin fuistes, no digo siñora, estudio, hablo inglés, hago viajes de negocios, no me importa la fama, ni las mujeres, ni el poder, ni el dinero, soy más feliz con menos y ellos no saben cómo lo hago (Zizek diría que es una envidia de mi goce que los excluye del suyo). Porque tengo más amigos, y los que tengo son más inteligentes que los de ellos. Porque leo y escribo más, porque hice un cortometraje, escribí una obra de teatro y publiqué un libro.

Pero el problema, el grave problema de todo esto, es que ellos no lo saben. No saben quién soy. Y aún así, sin saber quién, lo hacen. Ahora soy un desconocido sin credenciales, tengo que ir por la licencia de manejar y la identificación, sacar de nuevo la credencial de la escuela y del banco, esperarme a la electoral. Todo. Y sólo porque un pendejo (o pendeja, no quiero ser machista), me robó la cartera.

Lo primero que pensé cuando lo supe, fue: ojalá los soldados lo paren, y uno, el más feo y chaparro de los milicos, le dé una patada en los tanates como si fuera a tirar un penal. Con eso estoy feliz, porque ese puto ya se ganó a un enemigo: Dios (¿yo?, para nada, tengo una vida demasiado pacífica como para ponerme a odiar).

Diana.

Tal vez era una mañana fría de marzo. Una fría mañana del 6 de marzo de 1916, y Frank Scotten, alcalde de la prisión de El Paso, Texas, mandó la instrucción, junto con el director médico, para que cincuenta prisioneros fueran desinfectados en el patio central. En esa fría mañana, seguramente era temprano, los cincuenta prisioneros, la mayoría de origen mexicano, fueron desnudados y bañados con una mezcla de querosén y vinagre. La práctica ya era bastante común en el tránsito de Juárez a El Paso como medida higiénica. En la prisión también ya se había vuelto como algo inherente al ser mexicano: en un sentido racial se cargaba con una suciedad que requería de todos los elementos para ser limpiada, aunque se sabía que tarde o temprano volvería a ensuciarse. Pero es que esa fría mañana de marzo, cuando los hombres yacían desnudos en el centro del patio central, un accidente causó un incendio inmediato: los hombres bañados con la sustancia higiénica ardieron rápidamente hasta volverse ceniza.[1]

Y como el holocausto judío, este también fue amenazado indirectamente al olvido. “El Paso, como un todo, pareció ponerse de acuerdo en echar tierra al hecho como para hacerlo invisible a la memoria colectiva.”[2] Una amenaza con impactos diversos en ambas regiones de la frontera: un nacionalismo reforzado por parte de México, y una actitud victimaria y de olvido por parte de El Paso (unos días después, Francisco Villa atacaría Columbia. Suceso que luego sería utilizado por Estados Unidos para opacar el incidente en la cárcel: “En menos de dos semanas, el asunto dejó de ser el holocausto en la cárcel paseña y se convirtió en la entrada a territorio mexicano de una fuerza expedicionaria enviada por el gobierno estadounidense y que, si bien era de carácter punitativo contra Villa, no dejó de ser una invasión de una nación a otro.”)[3]

La memoria es exigente a lo que sucede, pero quien la hace hablar puede poner o quitar lo que se le antoje. Y eso, sin duda, es lo que encontramos en esto: el olvido del suceso crudo imborrable, desplazado en una memoria de corto plazo. El filósofo esloveno Slavoj Žižek dice que cuando algo es demasiado crudo, demasiado terrible, lo convertimos en ficción.[4] ¿No sucede lo mismo con el holocausto paseño, que puso en jaque no sólo la vida de los internos gracias a la explotación, sino a todo el sistema carcelario y de vigilancia? El error, o la mala intención, depende cómo se mire, tenía que ser olvidado rápidamente. González Herrera argumenta que El Paso se encontraba en el proceso de una ciudad ideal, con claros ejemplos de vigilancia y detonación económica (a pesar de localizarse en seguida de México), y una mancha de este tipo no podía traer nada bueno. Entonces, como dice Žižek, había que volverlo ficción, o, en su efecto, olvidarlo.

Similar a lo descrito por Wajcman y Primo Levi sobre la policía secreta amenazando a los judíos al olvido, ellos no lo hacían en un sentido autoproteccionista. No pretendían que el olvido imperara para salir bien librados en el futuro, pues los hornos eran máquinas, como escribe Wajcman, de odio y exterminio. “Un borramiento integral, de los cuerpos y de la memoria de los cuerpos. Fábricas para borrar los cuerpos y para tachar las almas. Máquinas de rayar lo eterno de los sujetos.”[5] Mientras en el holocausto paseño, el odio era disimulado en operaciones gubernamentales justificadas: los mexicanos son sucios porque son pobres, y por lo tanto había que limpiarlos. El discurso era diferente, pero partían de una misma base. Unos querían que se olvidara para siempre al enemigo, los otros que se recordara lo menos, o lo que más convenía.

¿Pero no son los dos finalmente una representación de lo que Wajcman llamó el “crimen perfecto”? Eso que se hace creer que nunca sucedió. No lo que se ha olvidado, sino lo que ha sucedido y nunca tuvo lugar: el crimen que nunca ocurrió, que no queda ni un rastro mínimo de memoria ante él. Tan impune que no han quedado rastros. El crimen perfecto de alguna manera no es un crimen, porque nunca tuvo lugar. ¿No sería el efecto contrario con la fotografía como escribe Barthes: una fotografía que ha tomado algo que no existe, que nunca pasó, y que el único rastro es una fotografía en blanco?

Fotografía, Diana.


[1] Carlos González Herrera, La frontera que vino del norte, Taurus, México, 2008: 234-244.

[2] Ibíd.: 243.

[3] Ibíd.: 244.

[4] Una referencia directa y clara sobre este punto, es posible encontrarlo en el video The pervert’s guide to cinema, de 2006, dirigido por Sophie Fiennes.

[5] Gérard Wajcman, El objeto del siglo, Amorrortu editores, Buenos Aires, Argentina, 2001: 220.

De un tiempo para acá, es decir, un gran tiempo para acá, la economía parece ser lo único serio en las ciencias sociales. Max Weber, autor de Economía y sociedad, cuando pensaba en la sociología, lo único que veía era economía, escribe Wolf Lepenies en Las tres culturas. Y aunque parezca que lo digo con un halo de tristeza, no es nada con lo que se avecina: es sólo una punta de lanza que se ha vuelto inherente en la gran parte de la humanidad. Si hay crisis económica, hay crisis humana. Así de indispensable se ha vuelto.

Estaba leyendo un artículo en la revista Times que de acuerdo al incremento de la propagación de crisis económica, hubo un aumento en la compra de armas en Estados Unidos. Tal vez éste breve fragmento del artículo, citando a una jovencita de 27 años que acababa de comprar un arma, aclare las cosas: “The economy played a large part in my decision,” says Baker, 27. “When people don’t have jobs, they might go breaking into people’s homes. I want to be safe in my home.”

Recuerdo las palabras de Raúl Flores Simental, que cuando la gente tiene hambre, es capaz de hacer cosas violentas. Tal vez tenía razón, aunque todavía no estoy muy consciente de qué tanta hambre puede tener esta gente en un país tan rico (encima de la mayoría del resto del mundo).

Estando en Barcelona, recuerdo que me topé con notas periodísticas impresionantes: padres de familia, normalmente de clases altas, que se suicidaban por haber perdido su trabajo, que mataban a  su esposa e hijos por lo mismo, o que entraban en depresiones por no poder mantener un estilo de vida.

De acuerdo al artículo, una de las razones para que se detonara la compra de armas se debió a la entrada del presidente Obama, quien probablemente, se pensó, regularía de manera más estricta la compra y venta de armas (de manera más estricta a la de Bush). La otra queda más que claro con el ejemplo propuesto por la revista, donde una madre justifica la compra de armas de su hijo debido a que la policía, con la explosión de la crisis económica, no podría defender a la sociedad.

Ignacio Ramonet escribió que había tres razones para explicar esta crisis: créditos vencidos, demanda alimenticia y crisis energética. La primera, porque los grandes bancos, principalmente de Estados Unidos, otorgaron créditos que no podían ser pagados por los deudores. Mientras la crisis alimenticia tiene que ver con más gente pidiendo más comida: que ya no le era suficiente media comida al día, sino una completa, incluso dos (sumando al incremento de la población, y tomando en cuenta que el año pasado, de acuerdo a informes de la ONU, había más de 900 millones  de personas sufriendo hambruna). Y, por último, el incremento de los combustibles, principalmente el petróleo, condenando a la industria de producción y distribución. Tal vez lo que Ramonet trata de decirnos es que esta es la crisis más democrática (pero, vamos, no hay nada democrático realmente, porque sólo se reacomodan las escalas sociales y económicas con los de abajo y arriba). Pero y si sí, y si realmente es el momento de una equidad a la mala, con sus consecuencias terribles.

No, mejor no.

Volvamos al artículo de Times. Esto me recuerda a lo que un conductor de radio de apellido Turner, famoso por sus ideas conspirativas, daba como recomendaciones para este año, cuando la crisis económica pegara de manera tajante, comprar un arma. Su idea era defenderse de los pobres que seguramente irían a robar pan y agua de las casas ricas. Lo que Turner no sabía cuando dijo esto, es que la gente pobre, normalmente, ya hacía esto ¿Por qué?, bueno, porque ellos ya viven diariamente en crisis. Lo que Turner tampoco sabía, es que el que probablemente entraría a robar sería el ex ejecutivo de una gran compañía inmobiliaria, y que no iría a robar pan y agua, sino una televisión de pantalla plana o un traje negro bastante caro

A mí lo único que me suena de todo esto es que la crisis económica, como se legitimó hace muchos años, cuando el lado social quedó desplazado por el económico (arreglar la estructura para que ella arregle a las personas), es el ruido detrás del silencio: la voz que se dedica a escuchar. Es verdad, qué terrible es la crisis, pero nada como pensar que perder lo que se tiene es perderlo todo.

Slavoj Žižek dice que el racismo tiene como base la envidia del goce del otro: saber que gozas cuando yo no, me hace ir a quitarte o estigmatizar tu gozo. En otro sentido: cuando todo vaya mal, seguramente tú sentirás envidia de lo que aún conservo, por eso necesito un arma. O tomar la enseñanza que las teorías de la conspiración nos han dejado: no importa que sea verdad o mentira, con el simple hecho de crear una versión alternativa es que nos encontramos en un estado paranoico.

Por eso, como decía Henry Miller: no tengo nada, y soy el hombre más feliz de mundo. Y es que estos que compran armas, con el velo de la crisis económica por encima, son como lo dicho por Facundo Cabrál: el conquistador, por cuidar su conquista, se vuelve esclavo de lo que conquistó, es decir, por joder se jodió. ¿Y no es lo mismo con esta actitud de los países ricos que han logrado su riqueza gracias a la pobreza de los demás países (eso que Marx llamó la desacomulación originaria) y que ahora creen que porque ellos están viendo la pobreza más cerca es porque sus logros a costa de ellos están en juego?

Tal vez sí, y ojalá que así fuera.

Foto, Alejandra.

Hoy tenía una plática con los alumnos de un amigo, el Dr. Howard Campbell, en una clase sobre cultura mexicana, en UTEP. Y digo tenía, porque llegué bastante tarde gracias a las casi dos horas y media que hice en el cruce de Juárez a El Paso. Lo cual me molestó mucho, pues sabía que esto era por la situación de inseguridad y violencia, y me molestó porque sabía que era una medida de seguridad fronteriza por parte de EU para frenar a los “grandes narcos” de México. Y es que cuando la gente del poder hace algo, nosotros somos los que pagamos: si se cierra la frontera, la cierran para ti y para mí. La gente de poder se ríe, mientras nosotros llegamos tarde a nuestras citas.

Entonces llegué tarde. Buscaba desperadamente estacionamiento en UTEP, porque con eso de que cobran una cantidad impresionante por estacionarte dentro, busqué por las calles aledañas, que son una zona residencial. Entonces veo un lugar y me estaciono, pero noto que la punta sobresale un poco. La verdad no mucho, la cochera era grande, y si alguien hubiera querido salir, fácilmente lo logra. En fin, me fui, corriendo porque llevaba cuarenta minutos de retraso. Cuando entré al salón, quedaba menos de la mitad del grupo, pero Campbell entendió que la lógica del puente es bastante ilógica. Leí unas cosas que luego comentamos, y ya, diez minutos y adiós, aunque Campbell me dijo que fuera el miércoles para que estuviera todo el grupo. También me pidió que lo acompañara a su otra clase donde iba haber una exposición sobre Heavy Metal.

Al terminar, ya con paso tranquilo, veo que el dueño de la casa de la cochera obstruida por mi coche, estaba afuera. Subí mis cosas al carro y se acercó. Un joven alto, bien parecido, con barba y cabello largo, con una bonita casa, una camioneta nueva, color negra. “Estás tapando mi cochera”, dice en un pésimo inglés. Le contesté que lo sentía mucho, que iba tarde y nunca imaginé que no iba poder salir, que había tenido un mal día. El joven, de unos 28 ó 29 años, con su novia, o esposa, o novio, tal vez, a su espalda, sentada, le decía cosas (la verdad no sé qué). Me contestó que no le importaba, que ya había llamado a la policía y que estaban a punto de llegar. Y sí, llegó la policía, y le dije de nuevo que lo sentía, que le pedía una disculpa, y que obviamente me estaba haciendo responsable de todo, y que sólo le pedía que entendiera mi situación. Su respuesta fue, de manera fría y directa, “no me digas eso a mí, dicelo a la policía.”

El agente Álvarez se acercó y escuchó lo que pasaba. Creo que le dio un poco de pena la situación, tal vez porque sabía que la cochera no estaba siendo totalmente obstruida y que el dueño de la casa no parecía tener la más mínima intención de cambiar su postura a pesar de que el involucrado y causante de todo, o sea yo, estaba en una postura tranquila, aceptando su culpa y que además extendía constantemente una disculpa. El policía me dijo “bueno, pues, tengo que poner una multa.”

Me la dio y me fuí, y me fijé que el joven se metía a su casa, con su novia, o novio, o esposa, no sé. Me esperé un poco para saber su prisa, y no, nada, no salieron: no había prisa, sólo era el cumplir con el deber. Y sí, probablemente eso es lo que pensaba, que estaba haciendo la buena obra del día, que era un buen ciudadano, un buen patriota. Alguien que habla a la policía porque no está dispuesto a preguntar o saber nada más, porque necesita alguien que hable y juzgue por él. Felicidades por el buen ciudadano. Ahora tengo que pagar 52 dólares, y todo por ser un mal ciudadano.

Pienso qué hubiera hecho yo si estoy en la misma situación que él, y creo que lo mismo, sólo que sin hablar a la policía. Porque me ha tocado pasar situaciones en la que yo tengo el poder, y, sinceramente, no lo uso, o lo uso por el bien de los dos. No quiero enseñarle a nadie cómo ser un buen ciudadano, sólo no quiero joderlos más, es todo. Me vale si aprenden de la ley, o de las multas, o si para la otra lo pensarán dos veces, sólo quiero evitarle un problma más en un ciudad llena de tantos problemas. Que no pague por algo que se me haría ridículo, y si en verdad lo siente, perfecto, porque de la otra forma, aunque tuviera que lavarme el coche por un año de castigo, no cambia nada.

Y es que soy buena persona, en serio, y por eso aprovecho para decirlo: no seamos culos con las buenas personas, algún día los vamos a necesitar, y, de seguro, como me ha tocado a mí, te vas a setnir muy bien que un desconocido te trate como si fueran amigos de toda la vida, y que te entienda sin necesidad de alguien en medio.

Página siguiente »